Síguenos

Opinión

Sobre la importancia de pensar y entender el fútbol como metáfora de la vida

Publicado

el

victor luna

victor luna

En lo personal siempre he querido pensar en el fútbol como una metáfora de la vida. Cuando me preguntan sobre táctica o sobre los errores que le valieron al equipo de turno el marcador del último encuentro, normalmente me veo tentado a responder otra cosa, a hablar de otra cosa, así sepa que no es eso lo que se me está preguntando. Posiblemente se deba a que yo mismo terminé de educarme con el fútbol, no lo sé. Lo que es claro es que este rasgo me ha valido la reprobación de algunos periodistas e incluso de algunos aficionados, pues lo interpretan como una tentativa de evasión a sus preguntas, como un amaneramiento tendiente a la excentricidad o como una burla de mi parte: nada más alejado a la realidad que eso.

Digo metáfora, porque, según como yo lo veo, el fútbol funciona tanto para el deportista que intenta ver en el juego el reflejo de otra cosa, y, a partir de ahí, armado con sus interpretaciones, construir su vida, como para el deportista que con su juego expresa, propone, y por este camino invita a otros a que hagan lo que él hizo primero.

El asunto es tan simple como que siempre he pensado que en la cancha se dan cita los caracteres humanos y que es la sociedad, en pleno, la que presencia los encuentros. Creo que no hace falta explicar por qué el fútbol condensa, en su dimensión de espectáculo, de contienda y de negocio, eso que yo llamo la sociedad en pleno. En él se dan cita idiosincrasias, nacionalidades, formaciones (y deformaciones, claro).

Hechas estas claridades, ahora sí me gustaría tratar de explicar por qué de un encuentro me interesa más que el juego, lo que está en juego, que, a mi modo de ver, no es un marcador, la oportunidad de un ascenso o de un campeonato.

Empecemos por lo evidente, el fútbol es un espejismo que te da cuerda para vivir otro rato. Ir al estadio es como querer tener demencia senil. El fútbol regala instantes para convencerse de que la vida puede ser distinta. Cuando aparecen los equipos que hacen que la tribuna ruja de alegría, se vuelve fácil tener esperanza; se hace sencillo confiar en que los seres humanos somos generosos, no mezquinos, y en que queremos y podemos compartir con el otro, sin importar quién sea.

Tampoco podemos pasar por alto que el fútbol ofrece a los desahuciados la posibilidad de construir una vida ficticia; ficticia, pero con efectos reales. Digamos que el fútbol los adopta y una vez los tiene allí, los invita, como no lo hicieron en ningún otro lugar, a construir una rutina. Una rutina que, aunque básica, les resulta eficaz. Lo que quiero decir es que esta les regala confianza en que serán capaces de someterse a nuevas y más exigentes rutinas; en otras palabras, confianza en que, de ahí en adelante, serán capaces de construir sueños. Esta primera rutina los arropa de manera tal, que, a veces, salen convencidos de que son capaces de hacer milagros.

Si lo pensamos, podríamos decir que su sentimiento no es desfasado, pues de alguna manera todo coopera para que lo crean. Especialmente de joven, el fútbol te ofrece la oportunidad de acercar lo lejano. De golpe estás en condiciones de sentir que el mundo está al alcance de tus manos. De hecho es posible que lo abrupto de esta sensación sea una suerte de compensación, aunque compensación vertiginosa, por la experiencia brutal que implica debutar.

Te convocan, no hay cómo recusar, pues lo venías pidiendo. Sin embargo, una parte de ti emite un mensaje lapidario: “no vas a ser capaz, no vas a poder”. Si te equivocas, sabes que la tribuna no vacilará en masacrarte, todas las condiciones del espectáculo son propicias para que salgas destrozado. Lo más escalofriante es el hecho de que el aprendizaje en el fútbol no es paulatino ni acumulativo, o lo es, pero como todo se condensa en encuentros y momentos decisivos, tienes la impresión contraria. Habría que considerar que el futbolista dedica horas de preparación que exceden en mucho la duración de los partidos y, durante estos, siempre se ve obligado a presentar una síntesis, que, aunque puntual idealmente debe dar cuenta de toda la inversión, de toda la siembra. El único recurso de que el futbolista dispone es, entonces, la confianza en el esfuerzo, en la preparación; no obstante, como garantía, esta tiene el inconveniente de que nunca puede cuantificarse con certeza el progreso al que conduce la asiduidad, la recurrencia.

Otra característica interesante del fútbol es que quien se dedica a él como jugador no tiene posibilidad de volver sobre manuales o enciclopedias, su aprendizaje no es como el de la escuela, en la que, si el niño olvida las tablas o se equivoca, puede volver sobre ellas para consultarlas. En el caso del deportista la única fuente de consulta es él mismo y de antemano sabe que su repertorio es limitado. Es limitado, sobre todo, porque solo podrá echar mano de lo que recuerde de momento en el juego. Al partido el hombre sale desarmado, va solo con su cuerpo: el aprendizaje que no haya sido significativo, difícilmente se traducirá en un gesto, nunca se trata de memoria.

Ahora bien, si superas esa primera prueba y alcanzas a acumular algunos partidos de éxito con los cuales constituir algo parecido a un capital psicológico, así lo podríamos llamar, es indiscutible que el fútbol te dará la oportunidad de aprender a manejar el miedo a la crítica, el miedo a perder, a ser rechazado, a ser descalificado, a no ser titular, a salir abucheado. Te enseñará a construir un mundo interior, valga la redundancia, con independencia del exterior y eso es valioso.

Quizá lo único a lo que no te enseña el fútbol es a triunfar o a lidiar con la fama. Como persona famosa, el deportista se sabe admirado, reconocido. El problema es que, a veces, se sabe admirado por personas que está convencido de que no tendrían por qué admirarlo (paradójico que todos creamos, incluidas las estrellas, que hay otros, de naturaleza muy diferente a la nuestra, que después de haber trasegado cierto camino, ya no se ven tentados a admirar, ya no necesitan admirar a nadie: creencia infundada). El punto es que usted desconfía todo el tiempo de la admiración que suscita, y como toda cosa gratuita causa desazón, como figura pública, usted básicamente se mueve entre la credulidad complacida e ingenua y la incredulidad que compromete a no defraudar, la incredulidad que esclaviza.

Con respecto al triunfo, diría que es un asunto tan complejo, que ahí radica mi resistencia, mi miedo a las celebraciones. Estas parecen estar orientadas a suspender en el tiempo, cuando fútbol te demuestra, en todo momento, que ninguna cosa es eterna, mucho menos un estado. Todo es renovable, especialmente los ídolos.

Publicidad
Publicidad

Medellín