Resumen: La revaluación que estamos afrontando en Colombia, no es sana, y esta vez, no es por expansión de la economía, como tampoco, por la frecuente colusión de los intermediarios del mercado cambiario.
En las economías sanas la revaluación es síntoma de prosperidad y no de adversidad, siempre y cuando, el repunte del medio de pago sea el resultado de la libre interacción de las fuerzas del mercado y origine ensanche de la economía por factores de productividad o por el arribo de divisas fruto de la conquista de mercados extranjeros.
En esencia, la revaluación se da por sobreoferta de divisas, lo que de suyo desata expansión monetaria, pero esta no siempre es beneficiosa y sí puede resultar perjudicial para algunos sectores de la economía.
La revaluación que estamos afrontando en Colombia, no es sana, y esta vez, no es por expansión de la economía, como tampoco, por la frecuente colusión de los intermediarios del mercado cambiario. No, la revaluación que enfrentamos, es causada por el ingreso furtivo de divisas producto del narcotráfico, gracias a la política tolerante y complaciente del remedo de gobierno que padecimos y que deja considerables y graves secuelas económicas.
La nación está anegada de dólares ilegales que buscan afanosamente lavarse para mimetizarse en la masa monetaria y de ahí, la profusión de dólares y con ella el ostensible desplome de la tasa representativa del mercado (TRM).
El problema adicional que surge en épocas de revaluación, es que esta se dé en medio de un período de inflación desbordada como la que hoy registra Colombia, lo que hace que los instrumentos de intervención del Banco de la República para combatir la inflación, terminen estimulando la revaluación, como son, entre otros, el aumento de la tasa de intervención (TI) para contraer la expansión monetaria y cuya alza incrementa las tasas de interés y estas, a su vez, atraen capitales itinerantes o golondrinas ávidos de mayor rentabilidad, lo que termina causando sobreoferta de divisas y por ende, atizando más la revaluación.
Lo anterior, hace necesario que el Banco Emisor deba apelar al uso de otros medios de intervención, como son las operaciones de mercado abierto (OMA), mediante las cuales el Banco, como agente de mercado, sale a comprar grandes cantidades de divisas para promover su encarecimiento, instrumento eficaz en mercados lícitos de divisas, pero ineficaz para neutralizar los descomunales flujos de capitales ilegales que ingresan al país provenientes del narcotráfico.
Lo anterior pone de presente que, entre tanto no se reactive la política de erradicación y sustitución de cultivos ilícitos, y de represión ejemplar al narcotráfico, los esfuerzos del Emisor serán fallidos y en vano.
Ahora bien, si se quiere analizar en términos absolutos y académicos los efectos de la revaluación, extrapolando la que en la actualidad encaramos, es preciso renunciar al prejuicio ideológico, a la conveniencia coyuntural y al interés personal.
En condiciones de mercado abierto, una tasa de interés estable y una baja inflación, la revaluación mejora el poder adquisitivo de la moneda y provoca mayor dispersión económica en la sociedad; disminuye el ingreso por exportaciones y rebaja el costo de las importaciones; reduce el ahorro y la deuda en moneda extranjera; deprecia las reservas y favorece el endeudamiento externo; y, abarata bienes de capital, materias primas, insumos, mercancías, servicios y tecnologías provenientes del exterior.
También, estremece a los sectores acostumbrados a aumentar sus ingresos por efecto de la devaluación y no de la productividad, abocándolos a lograr mayores rangos de eficiencia, eficacia y economía en sus procesos industriales y comerciales.
De igual manera, alienta el comercio, estimula la competencia, expande la oferta y la demanda, abarata precios, genera empleo, disminuye la concentración de la riqueza y mejora su redistribución.
Por lo general, la industria aboga por el proteccionismo y la devaluación; mientras que el comercio lo hace por la liberalización y la revaluación. Si bien el comercio genera mayor empleo y mejor redistribución, los intereses de la industria prevalecen. Administrar estos intereses encontrados exige ciencia, virtud y sabiduría del Gobierno.
Es claro que, factores como la inserción al comercio mundial, la diversificación y aumento de las exportaciones, el crecimiento de la demanda interna, la estabilidad legal, la seguridad jurídica, la estacionalidad fiscal, el respeto por la propiedad privada y el arribo masivo de capitales a la captura de mejores tasas de rentabilidad y de oportunidades y exenciones, promueven la revaluación.
El modelo devaluacionista promovido por los influyentes y, por ventura, decadentes economistas del “Decenio Perdido de los Sesenta”, acostumbró a las naciones pobres a tener moneda devaluada, al punto que pregonaban sin rubor ni escrúpulos, que su apreciación traía recesión y pobreza.
La competitividad del país ha estado supeditada a la devaluación que, aplicada al crecimiento de las exportaciones, aumenta el ingreso sin aumentar el trabajo, pero que, frente a las importaciones, fortalece la hacienda pública, encarece los precios, restringe el consumo y reduce la capacidad de compra de la población.
Nada más promisorio para una nación emergente, que su inserción al comercio mundial. Pero para que la inserción sea sostenible, debe afincarse en factores de productividad y competitividad, y no en obstrucción arancelaria y distorsión cambiaria.
Mantener la devaluación como política absolutista a ultranza, es provocar la reducción del bienestar general y la creación de más subsidios y exenciones que terminan aumentando el gasto, el déficit, el endeudamiento y finalmente los impuestos.
En medio de la desorientación del mercado, la revaluación le está enviando señales al país sobre la conveniencia de desplegar una cruzada sin precedentes contra los cultivos ilícitos y el narcotráfico, para que se revise a fondo el modelo económico y para que se estructure una reforma fiscal que genere una expansión económica que mitigue el desempleo y reduzca la informalidad.
Contrario a lo que se cree, la revaluación que tiene abrumado al país, más que una tragedia, es una provechosa oportunidad para revisar con rigor y en profundidad la verdadera sostenibilidad del modelo económico.
Los gremios económicos deben recapacitar sobre la conveniencia de perpetuar un modelo devaluacionista, y más que exigir ayudas de compensación cambiaria, deberían promover una reforma fiscal que disminuya la onerosa carga impositiva de las empresas, que elimine los impuestos a la nómina, el patrimonio y la doble tributación, que acabe con el impuesto a las transacciones financieras, que abarate el costo del dinero, que libere el endeudamiento en moneda extranjera y que reduzca los abusivos costos de los servicios financieros.
La disminución de ingresos de los exportadores es cuantiosa. Los que utilizan insumos extranjeros, si bien en algo se benefician de la revaluación, han tenido que asumir el aumento de los costos internos sin poder ajustar precios; pero, los que no los emplean, se ven amenazados por la ruina, pues, además de asumir la inflación, han sufrido disminución de sus ingresos en cerca de un 25%, producto de la caída del precio del dólar.
La situación de los exportadores es más grave de lo que aparenta. Es previsible que el gobierno los compense, y que lo haga de manera facilista y mediática, otorgando subsidios bajo la apariencia de programas de incentivo cambiario, que alivian, pero no resuelven el problema.
El origen del problema que agobia las exportaciones, no es la revaluación; es la insostenibilidad de un modelo que precisa de la permanente intervención del Estado para lograr una tasa de cambio que algunos llaman “competitiva”. En el fondo, la causa del problema es la terquedad del Estado al no aceptar su incapacidad para seguir alterando las leyes del mercado.
Se quiera o no, el país deberá abordar un debate sobre la inexorable dolarización de la economía; entre tanto, el Gobierno debe ser implacable con el narcotráfico, y el Banco de la República gradualmente reducir su tasa de intervención para abaratar el costo del dinero, y de contera, alentar el repunte de la tasa de cambio.
No olvidemos la prédica de Federico de Amberes: “Cuando las leyes, los precios y los medios de pago se unifiquen, habrá verdadera competitividad global, y se logrará mayor nivelación en la economía mundial”.
Antes que tarde, la unificación internacional de los medios de pago hará de las fluctuaciones cambiarias un referente del pasado. Entretanto, que no se olvide que existen instrumentos de cobertura de riesgo cambiario.
© 2026. Todos los derechos reservados. *Rafael Rodríguez-Jaraba. Abogado. Esp. Mg. LL.M. Litigante, Consultor Jurídico. Asesor Corporativo. Árbitro Nacional e Internacional en Derecho. Profesor de Derecho Económico, Comercial y Financiero. Miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.
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