Recordando a Carlos Castro Saavedra

Por: Iván de J. Guzmán López

Me gusta recordar a nuestros compatriotas que entregaron sus vidas a dar lustre a nuestras letras, y uno de ellos es, sin duda alguna, Carlos Castro Saavedra, cuyo nombre de pila responde a Carlos Benjamín Castro Saavedra, hijo del antioqueño Eduardo Castro Jaramillo y la tolimense María Saavedra Rengifo. Nació el 11 de agosto de 1924 en Medellín, y, aunque ya estamos finalizando septiembre, no puedo dejarlo olvidado en la bruma del tiempo. “Uno se muere cuando lo olvidan”, decía mi maestro Manuel Mejía Vallejo, y yo no quiero que muera este cantor de las cosas elementales, que tanto amaba a nuestra Antioquia.

Carlos Castro Saavedra, fue poeta, prosista, periodista, pintor y antólogo, estudió en el colegio San Ignacio de Medellín y en el liceo de la Universidad de Antioquia. Colaborador desde muy joven en revistas y periódicos de la ciudad, publicó su primer libro, Fusiles y luceros, en 1946; Mi llanto y Manolete, en 1947; 33 poemas, en 1949; Hojas de la patria, en 1950. Le siguieron: Camino de la patria (1951), Música de la calle (1952), Despierta joven América (1953), Escritura en el infierno (1953), Selección poética (1954), Donde canta la rana (1955), El buque de los enamorados (1957), entre 27 poemarios más, cerrando su producción con Poesía rescatada ( 1988) y La voz del viento (1989), libro en el cual la Universidad de Antioquia recogió una selección de sus columnas en distintos diarios de la ciudad.

Su poética es una pedagogía del amor por la patria, por el padre y por la madre; en ella, el amor, la amistad, la paz, la justicia social y el hombre, son temas recurrentes, tratados con sencillez, frescura y alta dosis de pedagogía poética aprendida ella en buena parte de la experiencia de leer a su amigo, el premio Nobel chileno Pablo Neruda:

Te quiero así, mujer: sencillamente,
como quiere el pastor a sus ovejas,
el caminante a las encinas viejas
y el río matinal a su corriente.

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Te amo como las casas a la gente
y como la colmena a las abejas,
y los ojos dormidos a las cejas
que vuelan en el cielo de la frente.

Voy a tu corazón como las olas
a los buques cargados de amapolas
y de maderas claras y sencillas.

Doy con tu beso al fin, con tu ternura,
como el río con toda la llanura
y la sed con el agua sin orillas.

Su poesía es sentimiento, fina sensibilidad, amor transparente por las cosas elementales:

Una extraña ternura me conmueve,
cuando veo la sal sobre la mesa,
cuando se vuelve dulce la tristeza,
cuando brilla la luna, cuando llueve.

Su religiosidad, contraria a los poetas místicos, está representada con sencilla fluidez y cargada de una dialéctica vital y precisa:

Enséñanos, Señor, a amar la muerte,
a contemplarla como vida eterna,
como infinita protección materna,
como infierno que en cielo se convierte.
(…).

Entre 1946 y 1986, recibió 10 premios que dan cuenta de su constante trabajo poético y su invaluable aporte a la cultura regional y nacional. No podemos dejar de lado su obra pictórica que suma, entre 1956 y 1987, 3 exposiciones; a más de la novela Adán Ceniza, 10 libros de prosa poética, 2 obras de teatro y 40 cuentos infantiles. Mediante columnas llenas de poesía, cotidianidad y temas cercanos al ciudadano de a pie, pero también al hombre letrado, Carlos Castro Saavedra mantenía una comunicación constante con nosotros; columnas periodísticas entre las cuáles es preciso destacar: Zona Verde, en El Tiempo; Luminaria, en El Diario; y La voz del viento, en El Colombiano y en El Mundo, ambos de Medellín.

El poeta, que sabe que la muerte no es más que la germinación definitiva de su paso por el mundo, advierte en uno de sus poemas:

Los muertos vuelven, vuelven con frecuencia
y cruzan invisibles y callados
por aquellos lugares desolados
en donde no se advierte su presencia.

Son la brisa, la luz, la transparencia
que los caballos miran asombrados,
y los astros lejanos y apagados
que casi se confunden con la ausencia. (…).

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De Carlos Castro Saavedra es preciso decir que supo madurar las palabras para encontrar la poesía en cualquier recodo del camino; su vida fue una larga y paciente caminata de 65 años por la tierra, por las cosas, por el tiempo y por los hombres. Su sonrisa y su sensibilidad eran la levadura que frecuentemente aplicaba para hornear la poesía, que en él, era lo mismo que decir el pan nuestro de cada día.

En su poema, Callémonos un rato, nos invita a dejar madurar las palabras, para encontrar su almendra; para comprender la esencia semántica, que constituye su existencia real:

Hemos hablado mucho, compatriotas,
¿por qué no nos callamos
para que las palabra se maduren
en medio del silencio
y se vuelvan arroz,
cajas de pino, escobas,
duraznos y manteles?

Hacemos mucho ruido
y repetimos la palabra muerte
hasta que la matamos.

Decimos mucho corazón
y gastamos el fruto más hermoso del pecho.
Lo que importa es el río,
no su nombre.
Lo que interesa es pan
y no discursos
sobre las propiedades de la harina.

El mar es bello porque es mar
y no porque lo cantan los poetas,
y existirían piñas
aunque no se llamaran como llaman.
Bajo la tierra crece la semilla
porque el surco no habla
ni le pone adjetivos a la espiga.

Un hombre que se calla largamente
se convierte en camino,
y si guarda silencio su mujer
puede volverse viaje.

Callémonos un rato,
al menos para ver qué le sucede
a la palabra uva.

Es posible que crezca y se derrame
hasta llenar el mundo de dulzura
y cascadas de vino.

Sirva pues, esta columna, para invitar a mis lectores a no dejar morir a Carlos Castro Saavedra; sirva esta recordación para honrar la memoria del poeta que hablaba y escribía con la naturalidad del viento y la transparencia del agua.

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