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Opinión

¡Quitad la toga al juez!

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Nelson Hurtado Obando

¿”Usted no sabe quién soy yo”? Eso dijo el señor Gaviria en Colombia y eso mismo, presuntamente, le dijo Andreas Lubitz al mundo, al determinar, “motu proprio”, el “punto de no retorno”, de un avión a uno de sus destinos cotidianos; al determinar el punto de no retorno de 150 seres humanos, que esperaban un descenso seguro en Alemania y quizás, el encuentro felicísimo, con los abrazos y los besos, en las salas de los aeropuertos, con nuestros seres más queridos y cercanos y los amigos.

Nelson Hurtado Obando

Qué bien por el piloto, que en medio de la tragedia y rompiendo los protocolos de la voz fría de las grabaciones de “altitud, latitud, grumos, máscaras de oxígeno, cinturones de seguridad, tiempo de vuelo…turbulencias”, decidió dejar salir, de viva voz, su alma, para dirigirse a los pasajeros del avión que tripulaba, tan solo para decirles: “no temáis, yo estoy con vosotros”, en la reafirmación de su bondad, desde el más elevado nivel de moral y de ética, personal y social, como ser humano y como “piloto” de hombres. Qué tan sencillo es hacer felices a los demás, desde la simpleza de toda eticidad, como supremacía de la bondad y la virtud y la distinción práctica entre el bien y el mal y resumida por los romanos, en los brocardos: “Vivir honestamente”, “No hacer daño a nadie”, “Dar a cada quien lo justo”.

Pero, eso que hizo en “los cielos”, Andreas Lubitz, en la tierra-cotidiana, se repite a la “enésima potencia”, en lo que se atreve uno a pensar, que la distinción práctica entre bondad, virtud y entre el bien, el mal, perdieron sus linderos, confundidos entre las nebulosas, de la codicia, la avaricia, el desafecto y los infinitos “ánimos de lucro” instalados en el corazón del hombre, un hombre asediado hoy por todas las soledades y todos los silencios, donde por más que se le conozca y se “conozca”, ya siente que es un “extranjero”, en su hogar, su escuela o universidad, su trabajo, su ciudad, su país, un hombre, que siente que su “proyecto de vida” es irrealizable, en cuanto “sus gobernantes” han asumido el trágico destino de diseñar y modelar su “plan general de negocios”, con independencia de su bondad y virtud, como persona, como entidad única e irrepetible, en la perspectiva de una “igualdad material, real”, producto de su instrumentalización.

Como personas y como conglomerado, pues es imposible la referencia actual a comunidad o a sociedad, estamos enfrentando infinitos puntos de no retorno y como en la aviación, “por falta de combustible”.

Y la “falta de combustible”, en los actuales “conglomerados de humanos”, no es por falta de “insumos morales o éticos”, que todos venimos al mundo, como “equipados” para discernir en la practicidad del diario vivir, entre lo bueno y lo malo, si se quiere y para evitar polémicas siempre incendiarias e inextinguibles, para distinguir entre lo que hace daño y lo que no hace daño.

Al punto, me vuelven a la memoria, las “clases de ética”, recibidas en la Facultad de Derecho, de un hombre, que como profesor, nos fue presentado como juez en ejercicio, muy inteligente, impoluto, Maestro, virtudes de las que no dudé en mi condición de alumno, cuyos discursos, sin duda alguna, encendían el alma, como para que en su propio fuego, surgiera el “alma de noble acero”, que debe habitar en cada abogado.

Hoy, años después, recuerdo, que quizás fui el “alumno problema” para aquél “maestro de ética”, como lo fui, para el de “Introducción al derecho”, obsecuente, acólito incondicional de H. Kelsen, a quienes unía como un mismo discurso, con frases calcadas, como de “ sus profundas reflexiones y hallazgos”, del tipo de: “el derecho y la justicia, son productos sociales”, “el derecho, la justicia y la ley, son imposiciones de la sociedad”. Algo feo, ya intuía, en medio de “tanta belleza”.

En primer orden, siempre sentí en este binomio, “clase de ética- introducción al derecho”, como un aparato que aún no se había inventado, pero, que estaba ahí. Para entonces, pensaba en el dispensario estatal de la administración de justicia…y les cuento que aún no habían celulares, ni tablets, aún los pesados computadores eran marca IBM, con tarjetas perforadas y por lo general solo los tenían “los más ricos” que eran: los bancos, el I.S.S. y alguna Caja de Compensación Familiar.

Pero, como no hay binomio sin su terna, al siguiente año, vino la “cátedra” de “informática jurídica”, la dictaba un novel “abogado informático”, muy “exitoso” por lo “innovador”, “algoritmos, lógica binaria, campos, códigos fuente, fuentes, software, hardware…rendimiento, pulcritud, transparencia, eficiencia, eficacia…bla, bla, bla”.

Por fortuna, mis “alucinaciones” del tiempo como estudiante de derecho, las he ido patentizando, como “…el lento e imperceptible retiro de las aguas…”. En los “PC-judiciales”, prácticamente se instaló el profesor de “introducción al derecho¿?”, bajo el software de “norma, solo norma y nada más que norma”, adviniendo posteriormente, “la toga”, la “oralidad” y Dios no lo permita, los juicios “breves y sumarios” o hasta la “justicia popular”.

Siempre me he preguntado: ¿Puede “enseñarse” la ética en las universidades? Y no es en vano la pregunta. ¿Tuve “maestros” de “ética e introducción al derecho? ¿Es suficiente al “maestro” de ética y de introducción al derecho, el acopio personal de abundante bagaje cultural, que le permitan la distinción social de “intelectual”, en un mundo altamente competitivo? ¿La diferenciación “intelectual”, es inherente a la eticidad personal y profesional? En materia de administración de justicia, la diferencia “intelectual” ¿es garantía, para el no quiebre de la eticidad del derecho en las providencias judiciales? Es probable, pero no es condición suficiente, cuando el acceso como juez, pone como meta, laudatoria, la llegada a las Altas Cortes.

Pues bien. Aún antes de la Constitución del 91, ya teníamos “abogados informáticos” y formación en una “ética”, fundada en el “clasismo del derecho” y en el “eficientismo judiclal” y desde el pragmatismo, para evitar toda reflexión ética, “adentro” del dispensario de justicia y bajo el “algoritmo judicial”, de que por fuera de la norma y del Estado, nada existe.

Después de la Constitución de 1991, a la “pócima”, se le agregan los “excipientes, saborizantes, estabilizadores y conservantes”, que han sido necesarios y de manera especial, el de la autonomía del juez, bajo el rótulo que: “en sus decisiones solo está sometido al imperio de la ley”, en su sentido restrictivo, con desprecio de los tratados, los precedentes etc.

Así, en alguna medida, nos tocó asistir al parto de los llamados, “nuevo derecho”, “derecho alternativo” y en gran medida, bajo el auge del “neoconstitucionalismo” en Latinoamérica.

El escenario al que nos enfrentamos hoy, no es otro que el que se incubó pacientemente en las facultades de derecho, en aquellas que subestimaron la reflexión filosófica jurídica, aquellas que nunca estimaron valiosa la epistemología jurídica, aquellas que privilegiaron jurídicamente la relación costo-beneficio y la lecturabilidad y práctica económica del derecho y la ley, aquellas que privilegiaron el eficientismo judicial, para la disminución estadística del no-derecho, de la no-justicia, como impunidad, aptas a la necesidad de robustez, de un Estado en crisis.

Aquellas, que la cátedra universitaria, solo la confían a “altos burócratas”, por el solo hecho de serlo, sin importar sus pequeñas estaturas intelectuales, su visión no-holística del mundo, en sus clases, negación misma del alumno, como “otro” y de su libertad, para adherirse o no, “éticamente” a una u otras cosmovisiones del derecho y de la justicia, no “envasadas y servidas al vacío”, precisamente, en los discursos de “la ley de los contrarios, la lucha de clases…etc” y menos para ser sembradas en la tierra fértil de la cátedra universitaria, donde las únicas semillas que deben sembrarse, protegerse y germinar, son las propias de la vida, la libertad y el respeto por el pluralismo, pues la libertad de cátedra, como la autonomía del juez, no pueden ser instrumentalizadas, desde una cátedra, con una sola ventana al mundo, algo así, como para la siembra única de “semillas jurídicas Monsanto”.

Y, “pasó lo que tenía que pasar”, como dicen algunas damas, en sus decepciones de ciertos “caballeros”; se forjaron muchos abogados, bajo la férula de algunos docentes de “ética”, (la de ellos) y bajo la visión de “caballos cocheros” de otros, respecto a un “derecho técnico”, bajo “software licenciado” por el Estado.

En el camino a la cima…en el “nuevo desorden”, no fueron nunca suficientes la ecuanimidad, la sindéresis, la probidad, la inteligencia, el mérito propio, el estudio, la investigación, la constancia, la disciplina y menos, mucho menos la VOCACIÓN.

El abogado-juez, se dejó instrumentalizar y lo convirtieron en gran medida en agente de política-partidista, hasta ser visible, cómo el acceso a algunas entidades de la administración de justicia, depende del real reparto burocrático partidista.

Los profesores de ética, de introducción al derecho, de informática jurídica, “coronaron” sus vidas profesionales en las Altas Cortes, la política, como procuradores delegados ante las Altas Cortes, etc.; hoy disfrutan de “sus retiros”, sembrados y cosechados, en el lodo, no inocente, que dejaron a su paso, en la carrera loca, por el poder. Hay quienes aún los anhelan, yo no.

Hasta tanto “el punto de no retorno”, en una de mis teorizaciones al respecto, encontró nueva demostración, un ingeniero, me ha dicho, públicamente: “los ingenieros también sabemos de leyes”, lo que es plausible y valioso, lo que nunca pudo decir el ingeniero, es, que: no sabe de derecho y lo más doloroso, es que ninguno de los abogados presentes y más “prestantes” dijo nada, confirmando de paso, que estamos “minados” de “ingenieros jurídicos” y así no es la cosa. Como abogado, de leyes, poco conozco.

La crisis actual de la Administración de Justicia, que afecta a la Justicia, al Derecho, a la legalidad y a la legitimidad y que sufre y padece el conglomerado social, tienen en común con el señor Gaviria y con Andreas Lubitz, el mismo punto de no retorno, pues muchos jueces, en muchas de sus decisiones, no declaran el derecho, sino que lo arrebatan y en “Nombre de la República y por autoridad de la ley”, más parece que en sus providencias, le dijeran a los ciudadanos: “¿Ustedes no saben quién soy yo”?.

Ante la fractura de seguridad humana, como seguridad jurídica y seguridad política que padecemos los colombianos, solo hay una salida:

Quitarle al juez, la Toga, para VER, si conserva el ALMA, que le puso Ángel Ossorio y Gallardo.

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