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Por qué Colombia necesita a Abelardo de la Espriella

Por: Jaime Andrés Puerto Rojas

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Por qué Colombia necesita a Abelardo de la Espriella

Resumen: El primer argumento es la seguridad, que es la madre de todos los demás problemas. Ningún país prospera bajo el imperio del miedo

Este resumen se realiza automáticamente. Si encuentra errores por favor lea el artículo completo.

Hay elecciones en las que se elige un matiz y elecciones en las que se elige un rumbo. La del 31 de mayo es de las segundas. Colombia no está escogiendo entre programas parecidos, sino entre seguir administrando un deterioro o decidirse a revertirlo. Y si uno mira las cifras con honestidad —no con consignas—, la conclusión se impone sola: el país necesita un giro firme, técnico y sin complejos. Ese giro tiene hoy el nombre de Abelardo de la Espriella.

El primer argumento es la seguridad, que es la madre de todos los demás problemas. Ningún país prospera bajo el imperio del miedo. Mientras la “Paz Total” le concedió oxígeno a los violentos —los grupos armados crecieron cerca de un 45 % desde 2022 hasta sumar unos 25.000 integrantes (Razón Pública, 2026)—, De la Espriella propone lo contrario: confrontación directa a las estructuras criminales, recuperación del control territorial y erradicación decidida de los cultivos ilícitos que financian esa violencia, hoy en récord histórico con 261.000 hectáreas (Infobae, 2026). No es belicismo; es restaurar la autoridad legítima del Estado donde hoy mandan los fusiles. Quien quiere paz de verdad empieza por garantizar que el Estado, y no el crimen, controle el territorio.

El segundo argumento es la responsabilidad económica. La rebaja de la calificación de Colombia a BB por parte de Fitch en diciembre de 2025, por déficits persistentes y deuda creciente (El Colombiano, 2025), no es un tecnicismo: encarece el crédito de todos, del Gobierno y de las familias. Frente al despilfarro y a un Estado inflado, De la Espriella plantea austeridad real: reducir el tamaño del aparato estatal, eliminar duplicidades y aliviar la carga tributaria para reactivar la inversión. Y lo respalda con una señal de seriedad técnica difícil de discutir: su fórmula vicepresidencial es José Manuel Restrepo, exministro de Hacienda con experiencia probada en el manejo de las finanzas públicas. No es improvisación; es un equipo que sabe dónde están los botones de la economía.

El tercer argumento es la decencia institucional. Hemos visto a exministros presos por orden judicial, fallos de la Corte tumbando decreto tras decreto, y un manejo del poder que confunde gobernar con mandar. El país está cansado de la política como botín. De la Espriella ha hecho de la lucha frontal contra la corrupción y del respeto a la separación de poderes un eje de su propuesta. Y aquí conviene ser claro: votar por él no es un acto de fe ciega, sino de exigencia. Es elegir a alguien con la determinación de poner orden y, al mismo tiempo, mantenerse alerta para exigirle que cumpla.

Habrá quien diga que su estilo es confrontacional, que promete demasiado. Es una crítica legítima, y conviene escucharla. Pero entre un discurso amable que nos trajo hasta este punto y una firmeza incómoda que promete sacarnos de él, la prudencia aconseja lo segundo. No se reconstruye una casa incendiada con buenos modales; se reconstruye con decisión, método y manos dispuestas a trabajar.

Vale la pena, además, recordar la aritmética. El voto del cambio solo sirve si no se dispersa. Cada sufragio que se fragmenta entre opciones afines es, en la práctica, una ayuda al continuismo. Quien de verdad quiere un rumbo distinto debe entender que la unidad alrededor del candidato más competitivo no es resignación: es estrategia. Dividirse es regalar el resultado.

No se trata de votar por inercia ni de seguir a nadie con los ojos cerrados. Se trata de votar con convicción y con información: mirar el estado real del país —la seguridad desbordada, las cuentas rotas, la institucionalidad maltrecha— y preguntarse quién ofrece la ruta más clara para repararlo. Esa ruta, hoy, la encarna Abelardo de la Espriella. Colombia no necesita más experimentos; necesita un timonel firme. El 21 de junio, el cambio no es un riesgo: es la única decisión responsable.

 

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Redacción Minuto30

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