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Petro y Rodolfo: El Vengador vs. el Luchador

Por: Miguel Jaramillo Luján

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Colombia habló fuerte el 29 de mayo pasado y lo hizo contra la política tradicional, contra los cacicazgos, contra más de 50 años de modelos enquistados en el Sistema y a los que nos habíamos acostumbrado con sumisión y casi desde una lectura con hastío a pesar de que hace más de una década, la ciudadanía en diversos estudios regionales ya estaba diciendo que le generaba hastío y urticaria la forma de actuar de los políticos y cómo se hacía la política de manera habitual en nuestros países, desde Sonora hasta la Tierra del Fuego.

Sin embargo, en una lectura de la capilaridad de las regiones se devela que sigue habiendo modelos tradicionales que operan bajo el esquema de maquinarias políticas y quizá bajo el interés del metro cuadrado del ciudadano en periferias urbanas y zonas rurales de la Colombia profunda. Generalizar con un mapa es sencillo, pero al revisar palmo a palmo el territorio uno puede comprender la forma en la que la combinación de opinión, maquinaria, influencia o resistencia se dieron cita en los recintos electorales colombianos y permiten una explicación más clara del veredicto global en las urnas.

Sobre los aspirantes que se quedaron en el camino vale la pena destacar que Fico Gutiérrez logra una cifra no despreciable de 5.023.000 votantes que es un enorme capital con gran trascendencia hacia la definición del 19 de junio y un “cace” para un potencial poder local o regional en el 2023 o una hibernación de cara al 2026. Ojalá se digieran bien las lecciones en las toldas de Federico Andrés: se puede no tener visibles a los políticos pero tratarlos bien; hay que confiar en personas de otras regiones para liderar la estructura y el carisma de los videos se debe trasladar al trabajo de coroneles en terreno.

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Sergio Fajardo acumula una tercera aspiración fallida con un enorme desgaste a varios niveles y la gran paradoja de ver un electorado que eligió un cambio apolítico tan presente en su discurso pero tan poco creíble en medio de la desfiguración que terminó siendo la coalición de la esperanza, la migración cobarde de muchos de sus seguidores a mitad de camino y la implosión descontrolada y el desangre que generaron antes y después de marzo figuras como Ingrid Betancourt o Alejandro Gaviria.

Sobre John Milton Rodríguez cabe mencionar que su aspiración representa una permanente ruptura entre los matices de voto cristiano en el país, un abismo que parte el partido Colombia Justa Libres, herido de muerte por la arrogancia de Ricardo Arias. Finalmente, fue el pueblo cristiano el gran perdedor, pues miles de feligreses -votantes migraron a otras toldas con mayor probabilidad de triunfo y hoy se debaten entre dos aspirantes que no tienen en su agenda ninguno de los temas prioritarios para este sector ideológico.

Gustavo Petro Urrego acumula su tercera aspiración presidencial, fue el ganador de la primera vuelta pero le resultaba mejor enfrentar a un representante de su eterno villano, Álvaro Uribe. Petro se estancó en regiones donde debió haber crecido más como Antioquia o Bogotá, donde Rodolfo Hernández – al revisar las cifras- obtuvo el 86% de la diferencia para llegar a la segunda vuelta.

La estrategia del Pacto Histórico fue realmente brillante, estamos viendo a un Petro mucho más moderado que en 2018; sin embargo hay gregarios alrededor e incluso familiares que han dado portazos a la llegada de nuevos votos y desde hace 6 encuestas refleja un promedio que le impide subir más allá del margen de error.

Rodolfo Hernández llega a la segunda vuelta luego de hacer una campaña muy atípica, con un gran volumen de comunicación digital, con una lectura magistral de los tiempos y una medición acertada del humor social del país. Se trata de un personaje septuagenario que nos vende el hecho de estar por encima del bien y del mal, que maltrata la clase política colombiana y las formas tradicionales de relacionamiento entre las ramas del poder, bajo conceptos muy simples que fascinan a una ciudadanía que anhelaba este vengador, un hombre que lo fortalece la crítica y que incluso al borde de una imputación por corrupción, tiene un teflón más resistente que el de Petro.

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Luego de 24 años de enfrentarnos a un fantasma reiterativo de izquierda y derecha: hoy el panorama de la segunda vuelta en Colombia se dibuja más como una pelea en un lodazal entre un luchador y un vengador; ambos representan cambio a los últimos años, con la olla de la protesta social candente, sin tapa pero alerta a los resultados quizá para saltar de nuevo a la calle para enfrentar a las autoridades y en medio de enormes retos, pero con una economía que paulatinamente se ha ido recuperando a pesar de la profunda inequidad de esta sociedad.

Desde 1994 hay segunda vuelta en las presidenciales colombianas, instancia que se ha convertido en un abismo de posturas y un estadio propicio al voto castigo, al voto de odio, más que al voto que se cautiva desde lo programático. Llevamos 24 años en Colombia votando segundas vueltas en contra de y no por la mejor opción, bajo el terror que han tenido muchas caras y siendo presas de emociones extremas donde el centro político ha sido asfixiado por el sentimiento extremo a nivel vorágine en un ciclo de tragedia que más parece una novela de García Márquez.

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