Partidos políticos, Justicia y democracia

Por: Iván de J. Guzmán López

A punto de iniciar campaña en firme para presidencia, Senado y Cámara, es bueno recordar que nuestra democracia se ha sustentada (por muchos años) en que los ciudadanos podemos ir a elecciones regulares, y aspirando a que sean justas, limpias y transparentes, de tal manera que podamos así manifestar nuestras preferencias políticas, y con ellas, elegir a mandatarios con misiones claras de dirección y entrega a la labor gubernativa, con visión social.

Una verdadera democracia exige pues, elecciones limpias; a esto, sumémosle partidos políticos organizados, limpios y transparentes (cosa que hoy es dudosa), que se responsabilicen por la conducta de sus militantes, en especial los ungidos por el ciudadano, y que hagan una veeduría clara sobre estos, en gran manera sobre sus comportamientos y su actuar como gobernantes o miembros de las corporaciones públicas.

A mi modo de ver, unos partidos políticos fuertes, son obligados a toda democracias; los débiles o de garaje son, en muchos casos, nidos de corrupción y tolerancia con irresponsables y defraudadores que en algunos casos resultan electos; estos se constituyen en focos de debilidad democrática y prestos a corromper la justicia. Nada más antidemocrático que una justicia inficionada y manipulada por partidos o grupos politiqueros sin escrúpulos.

Es claro que los partidos políticos se construyen para influir en la opinión pública y ganar elecciones. Deben tener vocación de poder, en el sentido de ganar posiciones en la vida Nacional, para servir; no para hacer fechorías. Este comportamiento debe enmarcarse en estrictos límites legales y éticos, si lo que se quiere realmente es fortalecer la democracia.

“Cuando los partidos no tienen límites y responsabilidades, cuando el objetivo de ganar el poder político se impone brutalmente, la democracia deja de ser un sistema de tramitación pacífica de las controversias sociales agregadas y se convierte, en su lugar, en generadora de violencia y fundamentalismo”. Los partidos deben fomentar la paz, la justicia, la equidad; nunca la violencia y el caos.

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Los partidos fuertes contribuyen a la justicia y exigen su aplicación, colaborando con el ordenamiento jurídico y exigiendo a sus miembros el cabal cumplimiento de la ley. Entristece ver a gobernantes inmersos en gravosos entuertos judiciales, aferrados al poder. Deberíamos propiciar una justicia bien documentada, con acervo suficiente y necesario para dirimir corrupción o violaciones a la ley. Los partidos, defensores de la democracia, como deberían ser todos, están llamados y obligados a aportar a procesos bien documentados, tanto para decidir la detención de sus miembros, como para ordenar su libertad.

Esta visión de la democracia, nos está diciendo que todos los ciudadanos debemos apoyo a la justicia colombiana, como componente fundamental de nuestro ordenamiento democrático. Es claro que desde distintos frentes se viene soportando embestidas que buscan desconocer y acabar con la justicia, como forma expedita de eludir responsabilidades, por parte de unos; por parte otros, como tentativa de acabar con nuestra democracia, tan lastimada sí, pero tan necesaria a un país que sabe que sus dificultades se resuelven con diálogo, con voluntad política y con dirigentes honrados y comprometidos con la institucionalidad y la paz. Me pregunto ¿cuántos países en el mundo anhelan una democracia como la nuestra?, empezando por Venezuela, en América, pasando por Asia y terminando en África, llenas de dictaduras, esclavitud y pobreza.

La democracia no es ninguna forma nueva de gobierno; pero sí ha demostrado ser la mejor, no obstante las dificultades históricas que ha registrado, empezando por la norteamericana, una de las más antiguas. Según Heródoto (un maravilloso cronista, llamado justamente el Padre de la Historia), Clístenes es el creador de la democracia. En su quehacer “divide el Ática en diez tribus basadas en la residencia y no en el nacimiento, las cuales enviaban consejos a un nuevo Consejo, llamado De los Quinientos.

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Los consejeros sólo podían servir dos veces en toda su vida y en cada ocasión por el periodo de un año. Su sistema se define como demokratia, es decir, poder del pueblo, y en el Consejo de los Quinientos todos tienen isegoría, o sea, igualdad de palabra”. Así pues, la democracia es antigua y ha pasado ya por la forja de la historia. Hoy, nuestra democracia necesita que todos asumamos su defensa, entendiendo que para ello, la justicia es uno de sus pilares fundamentales.

Cuando hacemos nuestro mejor esfuerzo por defender nuestra democracia, estamos refrendando el histórico poder entregado por Clístenes al conjunto de la ciudadanía; y ello, en la práctica, se traduce en la defensa (y perfección) de un Estado de Derecho, de forma tal que el poder público quede regulado, con claro equilibrio de poderes, y en armonía con el ejecutivo, el legislativo y el judicial.

A mi parecer, la democracia colombiana crece superlativamente con partidos fuertes y respetables; se hace ejemplar cuando es capaz de fallar en derecho, y sus ciudadanos entienden que acatar la justicia es apoyar la democracia. Invito a que hagamos de las próximas elecciones, unas justas democráticas, con los ojos puestos en una Colombia con legalidad.

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