Resumen: Samuel, a medida que vayas madurando y envejeciendo, debes saber cuidar no solo tu cuerpo sino también tus ideas. Te lo digo porque no quiero que tus hijos sientan que cuidarte es una carga, ni que tus nietos te vean como alguien que solo espera a que pase el tiempo para luego morir
Salí a caminar y a comprar algunas cosas de aseo personal que necesitaba. Delante de mí, a escasos dos metros, iba un joven —hijo o nieto, no lo sé— regañando a un hombre de avanzada edad por su andar lento. Aquel anciano tropezó en un desnivel de la acera y el joven le gritó irónicamente. Disimulé cuando el joven miró hacia atrás y, entonces, agachando la cabeza, preferí cambiar de acera. Esa forma brusca de tratar a aquel anciano me conmovió y no dejaba de darme vueltas en la cabeza aquella nefasta escena. Al llegar a casa, me refresqué, hice un buen tinto y me senté en la silla donde siempre reflexiono conmigo mismo. Sí, en esa silla leo horas y horas y saco múltiples conclusiones. Recordé a mi madre, que siempre decía: «uno viejo estorba en todas partes». Aunque trataba de convencerla de que eso no era verdad, en mi mente rondaba la idea de que no todos los ancianos eran bien tratados, y hoy lo puedo comprobar con esto que acabo de relatar. Me paré de la silla y me dirigí al escritorio, donde empecé a escribir una carta a ese joven maltratador que nunca volveré a ver y que, seguramente, nunca leerá. Lo llamaré Samuel, convencido de que de jóvenes como él está llena la sociedad.
Saludo, Samuel, te escribe una persona adulta, no anciano, pero si con la experiencia de muchos años vividos. No le temo a mi vejez; te lo digo porque nadie puede escapar de ella. Tarde o temprano, todos seremos viejos. Entendí que lo mejor de la vejez es que no envejezco solo, todos envejecen conmigo. Hoy eres un día más viejo que ayer. No te das cuenta, pero tu cuerpo, silenciosamente, se va transformando y perdiendo el brillo, como lo hacen todas las cosas del universo. Tu juventud, tus fuerzas y tu belleza no son eternas, todo se acaba, todo termina. Te cuento que, siendo joven, me tropecé con una frase del dramaturgo irlandés George Bernard Shaw: «La juventud es una enfermedad que se cura con los años». La frase no solo me cuestionó sino que pegó fuerte en mi vanidad, en mi orgullo y en esa forma petulante de creerme poseedor siempre de la verdad.
Samuel, a medida que vayas madurando y envejeciendo, debes saber cuidar no solo tu cuerpo sino también tus ideas. Te lo digo porque no quiero que tus hijos sientan que cuidarte es una carga, ni que tus nietos te vean como alguien que solo espera a que pase el tiempo para luego morir. Por eso, Samuel, estoy aprendiendo a cuidar de mí mismo, para no depender de nadie. La idea es no llegar a viejo con rencores y amarguras acumuladas, reprochando lo que no me dieron o reclamando atención a la fuerza. Lo mejor de la vejez es la paz y la tranquilidad; es saber que no hay deudas morales con nadie. Lo que más añoro es que, cuando mis manos tiemblen y mis pasos sean lentos, quienes me acompañen estén a mi lado porque quieran y no por obligación. Por eso hoy me preparo, ya que no quiero ser un estorbo. Quiero ser una persona que deje paz cuando esté y un buen recuerdo cuando me vaya.
Samuel mira qué gran ironía: nos pasamos la vida deseando vivir muchos años y, cuando alguien logra hacerlo, la sociedad lo castiga con burlas, malos tratos y, sobre todo, con desprecio. Algunos se burlan de los ancianos, de sus pasos lentos, del temblor en sus manos, de su ceguera, de la dificultad para entender y manejar la tecnología. Hacen chistes sobre su torpeza física o sobre lo repetitivo de sus palabras. Lo que no saben quiénes hoy se burlan de ellos es que se están riendo de su propio futuro. Burlarse o tratar mal a los ancianos revela una profunda falta de madurez y una desconexión con nuestra propia humanidad. Cuando despojamos a los viejos de su valor y de su espacio en la sociedad, nos despojamos a nosotros mismos de nuestra memoria y de las raíces. Nadie merece más respeto y buenos tratos que aquellos que van delante de nosotros, trazándonos el camino. Hoy, la cultura de lo rápido, lo nuevo y lo desechable asume erróneamente que envejecer es perder valor, cuando, en realidad, es la única prueba irrefutable de haber sobrevivido al caos de la vida.
Antes de tratar mal a una persona mayor, antes de burlarte de ella o ignorarla, recuerda que envejecer es un privilegio, no una derrota. El anciano ha superado enfermedades, miedos, pérdidas y desamores. Sus arrugas no son derrotas, sino cicatrices de experiencias acumuladas. Samuel, el cuerpo cambia y envejece, mientras que la dignidad aumenta. Detrás de esas miradas cansadas hay cúmulos de historias por contar. No olvides que la juventud es un estado temporal. Las energías de hoy serán las fatigas del mañana. Se me ocurre decirte que los ancianos son las raíces de aquel árbol que llamamos futuro. Y cuando algún día te toque caminar despacio, cuando tus manos tiemblen o necesites que alguien espere por ti, ojalá encuentres a alguien que tenga la paciencia y la humanidad que hoy te faltaron. Quizá entonces comprendas que nunca debemos olvidar que, detrás de cada anciano, hay una vida entera que merece ser escuchada, respetada y, sobre todo, tratada con dignidad.
Terminé de escribir y debía seguir con mis actividades, me quedó la sensación que Samuel nunca leerá este escrito, pero, seguramente otros lo leerán y aprenderán. Me merecía otro tinto, fui a la cocina y en mi perolcito despachurrado calenté agüita y…
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