¡No busquemos floreros para incendiar el país!

No sé si cesó o no, la horrible noche; lo cierto es que en peores abras (en peores cañadas, decía mi abuelo) nos ha cogido la noche.

Es claro que (como el mundo entero) estamos paliando la pandemia, y la vacunación avanza de forma esperanzadora; adicional, estamos enfrentando un paro que parece que se muere por falta de oxígeno, o por cansancio de esos incendiarios que abundan en Colombia, desde el episodio mismo del florero de Llorente, cuando, el viernes 20 de julio de 1810, calculando que ese día era el día de la semana en el cual acudía más gente a la plaza para hacer mercado, los intelectuales criollos, en cabeza de Camilo Torres y Jorge Tadeo Lozano, entre otros, le echaron al ingenuo comerciante español José Gonzáles Llorente, a los criollos Pantaleón Santamaría y a los hermanos Morales (tres perlitas reconocidos como pendencieros y camorristas), intuyendo que Llorente daría la negativa de prestar un florero para adornar la mesa del banquete que se le ofrecería a don Antonio Villavicencio, porque de antemano se sabía que él no prestaría ningún objeto a los criollos para atender a otro criollo. Por eso, una vez se dio la intuida negativa del préstamo del florero de Llorente, los criollos, tal como lo tenían planeado desde el día anterior, utilizaron la ocasión para caldear los ánimos del pueblo en contra de los españoles; de esta manera, el florero fue la excusa para generar la revuelta, mientras el amigo José María Carbonell, le echaba aceite al incendio, arengando a los habitantes para que se unieran a la protesta.

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Es decir, la cosa no es nueva. Se sabía que la salida de Alberto Carrasquilla del Ministerio de Hacienda estaba más cantada que la Marsellesa; era un secreto a voces que circulaba por las oficinas del gobierno. Todos pensaban que se produciría a través de una renuncia formal, después del 20 de junio, luego de lograr la aprobación de su tercera reforma tributaria en esta administración, pero “no tuvo tiempo de montar en su caballo”, como dicen los mejicanos, pues la Reforma, que metía la mano al bolsillo, bastante menguado, y hasta raído, de los menos afortunados, fue el florero que usaron los hermanos Morales de hoy, para empezar las despiadadas protestas.

Lo que se sigue, es claro. El gobierno debe afinar uno a uno los ministerios; enfilar todo el potencial disponible en este último año largo de gobierno y enderezar el rumbo de un barco que venía navegando por aguas turbias, infestadas de corrupción, pillaje, narcotráfico, violencia y desempleo, casi que desde que Llorente se negó a prestar el florero para que la mesa de Villavicencio no se viera tan desnuda.

Es claro que la paz social es un imperativo, y el gobierno lo sabe. Afortunadamente, cuenta para ello con toda la institucionalidad, la fuerza de la democracia y ministros estrellas como Rodolfo Enrique Zea Navarro, quien ya puso el mercado agropecuario colombiano en la cuenca del Pacífico, y un nuevo Alto Comisionado para la Paz, como el doctor Juan Camilo Restrepo Gómez, a quien se le abona su don de gentes, su capacidad para escuchar y quien se venía destacando ampliamente en el proceso de diálogo que el Gobierno Nacional ha adelantado con diferentes sectores sociales en la búsqueda de acuerdos y consensos.

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Nos parece que el barco llamado Colombia, tiene un faro democrático muy claro y luminosos, y que la reciente designación de la doctora Marta Lucía Ramírez Blanco, vicepresidente, y ahora como ministra de Relaciones Exteriores de Colombia, con amplia experiencia en la política internacional, en tanto fue ministra de Comercio Exterior durante el gobierno del doctor Andrés Pastrana Arango, de forma exitosa, augura que se enderece el rumbo hacia puertos de progreso social, comercial y democrático, aupado por los gobiernos amigos.

Es hora de que “todos a una”, como en Fuenteovejuna, trabajemos con honradez, dejemos a un lado ambiciones personalistas, enterremos la politiquería y las mezquindades, nos sacudamos de todo lastre ominoso a Colombia y especialmente de todos aquellos que huelan a corrupción, y emprendamos el camino verdadero de la paz y el bienestar de nuestras gentes.

Colombia es de todos; hasta de los millones de venezolanos que hoy disfrutan de nuestro cobijo, por cuenta de un gobierno y un pueblo que ama la democracia y es solidario con las dificultades de los ciudadanos del mundo.

Busquemos la ruta del bienestar para todos los colombianos; ¡no busquemos floreros para incendiar el país!

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