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Opinión

¿Necesito saber sobre Neurociencia y Filosofía, para acertar más conmigo?

Publicado

el

Nubia Leonor Posada Gonz%C3%A1lez Bio%C3%A9tica al instante

Tal vez uno de los saberes que más estamos valorando es la Neurociencia. Pero, ¿es suficiente? ¿lo abarca todo? ¿Basta aplicarla para que el mejor neurocientífico sea feliz?

Con cierto desarrollo neurológico se pueden experimentar sensaciones placenteras. Pero en los cuerpos humanos es posible vivir cierto grado de resonancia de la felicidad espiritual -¿Un estímulo extra en el genoma humano?- compatible con situaciones biológicas de placer y displacer, incluso de intenso sufrimiento, porque hay bienes que trascienden la mera biología, y para ser feliz no es suficiente la ausencia del dolor.

Bienestar es poco para quien es persona: se necesita serlo plenamente.

El ser humano es una realidad corporeoespiritual y vive una breve etapa biofísica y bioquímica de su cuerpo que, sin aplazamientos ni interrupciones intermedias de su identidad, inicia en la fertilización y termina, con el final de su ciclo vital biológico.

En el artículo “Inicio de la vida de cada ser humano. ¿Qué hace humano el cuerpo del hombre?”, de la revista española Cuadernos de Bioética, Natalia López, Esteban Santiago y Gonzalo Herranz, estos científicos señalan: “La Ciencia no puede dar razón de por qué cada hombre es un viviente libre, ni del origen de ese atributo. No obstante, la biología humana aporta un conocimiento de gran riqueza: la trayectoria vital única de cada hombre está intrínsecamente potenciada por la capacidad de relación personal que posee. Lo específico humano, venga de donde viniere, es algo inherente, ligado a la vida recibida de los progenitores; no es mera información que emerge del desarrollo”. (http://aebioetica.org/revistas/2011/22/2/75/283.pdf).

El neurocientífico puede aprender de la Antropología Filosófica, que hay realidades personales de las que la Biología es solo cauce, no causa.

Hay una diferencia en el modo de conocer, entre el plano filosófico y el de la Neurociencia, porque la hay entre las dos perfecciones constituyentes de cada ser humano desde el inicio.

El filósofo necesita conocer sobre Neurociencia, especialmente en temas como libertad, conciencia, moralidad, percepción, intimidad, etc., porque es uno de sus referentes para retroalimentar y ampliar los contenidos científicos con los que se aproxima mejor a las realidades de que trata la Antropología Filosófica, que es base de la Ética o Filosofía práctica.

La Neurociencia amplía el conocimiento biológico de la interacción entre cuerpo y espíritu, abriendo grandes horizontes al desarrollo de muy variados saberes, como la Neuroética, Neuropsicología, la Neuropsiquiatría y Neuroeducación.

Al mejorar el conocimiento de la conducción electroquímica, en y desde el cerebro, se puede lograr una depuración de productos culturales para lograr señalamientos mas precisos de la realidad, desde las ciencias biológicas, sociales y humanas, y la Filosofía, que ahora tiene más respaldo científico para concluir la unidad de cuerpo y espíritu en que consiste cada ser humano durante su ciclo vital completo.

Es necesaria una profunda, amplia y continua educación en Antropología Filosófica, durante la etapa consciente de la vida de cada ser humano, para que logre su pleno desarrollo y aporte lo mejor que pueda al de los demás de su especie, en un entorno sano.

La Filosofía trata sobre el ser y la ciencia indaga cómo son los seres del universo.

Las ciencias de las que la Neurociencia es una parte, se centran en lo observable y se relacionan con una causalidad en el tiempo, empírica, insuficiente para llegar a lo esencial.

La Neurociencia es señalada por algunos como ciencia mixta o híbrida, porque estudia también la base biológica de las realidades psicológicas, por eso llega al umbral de la espiritualidad abordándola desde los máximos alcances de la biología que es en la que puede buscar relaciones causales bioquímicas y biofísicas. La interpretación que hace la Neurociencia del ser humano, se encuentra con la vivencia espiritual del hecho biológico.

En este sentido, el neurocientífico sabe que caería en un reduccionismo si se reduce a conclusiones meramente de ciencia empírica básica y técnica. Sabe de la unidad entre cuerpo y lo no meramente corporal, y no se excluye de la apretura a esto último. No reduce a un ser humano ni a sus neuronas, ni a su funcionalidad, ni lo psíquico a mera fisiología.

Los neurobiólogos sin cultura filosófica correrían el peligro de absolutizar o negar, sin conocerlos, errores y aportes parciales del trabajo filosófico.

Algunos temas clave de la Filosofía y de la Neurociencia, son la relación entre la causalidad y los actos específicamente humanos, como el de leer enterándose de las ideas que se quisieron expresar con símbolos, que tienen una causa material en la Biología y una causa inmaterial en la Psicología.

Un acto psicológico es una operación mental específica, por ejemplo, analizar diferentes conclusiones sobre algo, que puede llevar a una conducta coherente con un nuevo conocimiento. Pero se necesita la Filosofía para concluir asertivamente acerca de quién es el ser que obra todo esto, qué sentido tiene que sea y que siga siendo, y por qué la ignorancia acerca del sentido de la vida no le da derecho a hacerse daño a sí mismo o a terceros.

En el trabajo científico se procura llegar por un proceso sistemático, desde el conocimiento de los efectos hasta el de las causas físicas, químicas y sociales. Pero la causalidad es trabajada de modo diferente en la indagación filosófica, en la que la Antropología tiene en cuenta la Filosofía de la Naturaleza y la Ontología, especialmente en los subtemas relacionados con el viviente, el Ser que, porque lo es en plenitud, participa ser; y a los que se les ha participado ser.

La Filosofía nos ayuda, retroalimentándose con los demás saberes, de los que la Neurociencia es uno cada vez más relevante, y con la experiencia práctica, a centrarnos en todo ser humano. Es en función de cada uno, que vale la pena apoyarnos en todos los saberes y recursos que nos ayudan a conocerlo por medios siempre plenamente respetuosos, compatibles con su vida, integridad, salud y mejor desarrollo.

Esto reclama educar facilitando que las personas cuenten con los mejores aportes de la Filosofía, de modo siempre proporcionado a su desarrollo cerebral, para lograr ser lo más coherente posible y retroalimentar continuamente el conocimiento y el desarrollo personal, familiar, laboral y social.

El lenguaje de lo abstracto, como el expresado en símbolos matemáticos para hacer referencia a la noción mental de cantidad, es una de las principales evidencias de la relación coordinada entre espíritu y biología.

En el cerebro las secuencias de las sinapsis se dan en el mismo orden y con iguales componentes químicos, pero la resonancia psíquica y lo decidido y actuado personalmente, es muy diferente a la actividad molecular y anatómica, como lo es también haberse hecho mejor persona con las actitudes y las conductas realizadas.

Pero esto rinde más si respondemos con acierto a las preguntas filosóficas fundamentales, como ¿de qué modo avanzo más, hacia el logro del sentido de mi existencia, con alguna de estas posibles decisiones? Es una de las preguntas de quien ha optado por su bien mayor y el de los demás, con ocasión de lo que sucede en su cotidianidad.

En el universo conocido, el estudio de la arquitectura cerebral, es el más complejo. Este órgano tiene una continua autoorganización y un control de la información del estado vital, que incluye la gestión armónica de la informacón interna y la que se recibe del entorno.

Al estado vital contribuye el sistema de redes de información cerebral, la plasticidad de este órgano, la capacidad de regenerarse que tienen algunas de sus partes y que haya zonas que tengan varias funciones.

Incluso hay cierta correlación entre las emociones propias del cuerpo, y el modo como la persona reacciona emotivamente ante ciertos fenómenos profundamente espirituales, como una oración cuando es un encuentro realmente interpersonal con Dios, que no es reducible a secuencias neurobiológicas pero que compromete la actividad de diversas partes del cerebro como órgano en su totalidad, y la de la persona humana entera, en su espíritu y con su propio cuerpo mamífero.

Vale la pena invertir horas en las respuestas clave que aporta la Filosofía, que nos salvan de reduccioniamos como el de considerarnos, con enfoques parciales de las ciencias, como el sistémico, que pueden ayudar a comprendernos pero, al ser productos humanos, no son suficientes para tratar a alguien a la altura de su humanidad.

Igual que la Neurociencia, la Filosofía presupone a la persona y al psiquismo, pero no se queda ahí, sino que indaga sobre el alma espiritual como principal perfección constituyente de cada ser humano, y su unidad con el cuerpo. La Filosofía trata aspectos de realidades espirituales no alcanzables con el método de la Neurociencia porque éste aporta el señalamiento de movimientos cerebrales que suceden en el tiempo físico, el de la medida del movimiento.

La Neurociencia puede ayudar a comprender los diferentes, avances de perfección que hay entre la vida vegetativa de los seres insensibles, los que tienen sensibilidad biológica y los enriquecidos con sensibilidad espiritual. También aporta sobre los avances entre la vida sensitiva de los animales y la del cuerpo humano, y lo que definitivamente corresponde a vida inetlectiva y volitiva específicamente humana, capaz de abstracción profunda, como la que ocurre en las definiciones metafísicas y otros actos personales -perdonar y pedir perdón, jerarquizar entre diferentes bienes espirituales, superar defectos morales y cultivar virtudes, entre otros-, de mayor intensidad de vida.

El valor de un ser humano es irreductible a lo que se puede hacer, a sí mismo o a terceros. Es un bien o perfección que reclama para todos, por parte de cada uno de los que tengan uso de razón, respeto, acogida y cuidado permanentes, porque la humanidad o realidad corporeoespiritual, es constante en cada uno, durante el ciclo vital completo.

Sin buena Filosofía, se corre el peligro de tratar a un ser humano como ejemplar veterinario más evolucionado y con ese reduccionismo se le violentaría en lo más grande y profundo de su ser.

A nivel farmacológico, la Neurociencia puede facilitar muchos aciertos pero no solucionaría químicamente los problemas específicamente espirituales, que pueden ser detonantes de trastornos psicosomáticos.

En Neurocomputación puede haber avances gigantes para estimular ciertas actividades cerebrales, con las que incluso se llega a dirigir a control remoto ciertos objetos informáticos, pero siempre hará falta, para acertar con estos recursos, que la realidad espiritual que es el ser humano tenga presente, de modo coherente, su infinitud y su propio cuerpo biológico finito, para reconocer su totalidad, de modo que toda decisión y acción confluyan en la consecución del mayor bien posible, que es el que en cada instante se puede lograr para alcanzar el sentido o razón de ser, de sí mismo, los demás seres personales y del universo, estimulando en cada uno, el auto y heterocuidado de las mejores perfecciones, y esto trasciende toda ciencia y técnica, además de requerir que se optimice su aprovechamiento.

La fidelidad, empatía, intuición, apertura a otros seres personales, saber acompañar, y demás formas de acertar consigo mismo, van más allá de la continua reorganización de los datos neurocientíficos sobre lo cognitivo, perceptivo y comportamental, que completan conocimientos sobre estados de conciencia, modalidades de memoria, la gama de las emociones, las actividades de las neuronas espejo y su relevancia en el cerebro social, entre otras realidades que se estudian en Neurociencia, pero conocerlas multiplica las oportunidades de ser mejor persona haciendo el mayor bien posible.

La Filosofía facilita una lectura de la realidad que sirva para el continuo cultivo de la vida más intensa y profunda, la de la intimidad personal, que es también el mejor modo de vivir y dignificar el cuerpo con todas sus estructuras y funciones, también las cerebrales.

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