De miedos, apegos y creencias

Por: Carlos Mario Cortés Rincón

Si necesidad de parar la oreja, solo escuchando aquello que hablan cerca de mí, oí que un hombre de avanzada edad le decía a la mujer que estaba a su lado, “uno mantiene la cabeza llena de bobadas que en verdad no las necesita para vivir, cosas que en realidad no lo dejan a uno ser feliz”. El bus siguió su marcha, aún faltaba mucho para llegar a mi destino y aquel hombre seguía hablando, de su voz no solo salían sollozos y reclamos, sino que además parecía como si sus labios lloraran.

Traté de mirar a otro lado para no estar metido en aquella conversación. Mirando por la ventanilla empecé a rebobinar ideas a una velocidad espasmosa, estuve tan entretenido que no supe a que velocidad iba el bus o quien pudo haberse subido o bajado, como autómata llegué a mi lugar de destino sin dejar de pensar que serían esas cosas que uno no necesita para vivir y que por el contrario pueden restarle felicidad. Como por arte de magia concluí mi soliloquio mental diciéndome que esas tres cosas pueden ser, miedos, apegos y creencias.

Dejando a un lado los ruidos de una ciudad ensordecedora, la soledad ocupó todos los espacios que yo habitada dándome a la terea de analizar a fondo mis pensamientos. Apoyado en diccionarios me enteré que el miedo es una sensación de angustia ante la presencia indeseada de algo o de alguien, el miedo también lo definen como una emoción, es decir, una alteración psíquica.

Algo cierto es que el hombre va creando sus propios miedos, generalmente estos van surgiendo frente a lo desconocido, como es el caso de la muerte, la verdad es que muchos miedos son aprendidos, por ejemplo, pensemos en un niño de escasos dos años, él no teme a nada, pueden sentarlo frente a un león, un ratón o una cucaracha y, seguramente su actitud será la de explorar y conocer quien lo rodea, él no sabe de miedos. Es innegable que desde niños nos educan en el miedo, un miedo que domina, de ahí que los padres de familia acudan al “coco” al “chucho” o seres semejantes que induzcan a la pequeña humanidad al miedo y lo hagan obedecer.

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Pensando en la diferencia existente entre respeto y miedo, tomé en mis manos el libro de Frankz Kafka “Carta al padre”, y no niego que sentí un pánico horrible al imaginar al autor de tan magna obra escribiendo las primeras líneas, “hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo”. Así da inicio a la carta en la que relata a su padre el miedo espantoso que le tenía, un miedo narrado en pocas hojas de gran valor literario, lo triste es que la literatura se vuelve realidad en hogares donde algunos padres no han sabido hacerse respetar, pero sí hacerse temer.

Miedo y más miedo, el mismo que sienten otros pensando en los castigos eternos que infunden algunas religiones, nada más aterrador que pensar en el infierno, donde los espera Satanás para reprimirlos. Para terminar con el tema del miedo, como no referirme a la escuela, donde la señorita, Oliva, con unas uñas gigantes, pintadas siempre de un rojo intenso, nos arañaba y sentenciaba a dejarnos sin recreo con una voz ronca como salida de ultratumba, confieso públicamente que la escuela me producía miedo.

En cuanto a los apegos, siempre estuve de acuerdo con mi madre, mujer desprevenida y para nada apegada a las cosas materiales, era usual escucharla decir, “si eso no se necesita, se regala o se bota”, siempre consideró que el peor apego es a las cosas materiales, objetos que uno nunca se lleva cuando muere.

Hace pocos días murió en el país uno de los hombres más adinerados, los medios de comunicación, en especial el que fuera de su propiedad, solo atinó a destacar toda la fortuna amasada por el ilustre ciudadano, pero al final nada se llevó. En mi casa existe la política de no apegos, siempre he dicho a mis hijos que si después de un año hay algo guardado que no se usó y hace estorbo es mejor regalarlo, tal vez a otra persona le sea de mucha utilidad, siempre les enseñé que nada de apegos a cosas materiales.

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Por último, viene el tema de las creencias, algo complicado en un mundo cada vez más arraigado en teorías manipuladoras que hacen que las personas se peleen por cuestión de creencias. Lo más pertinente es y será la libertad para creer en aquello que da tranquilidad y hace la vida más liviana y llevadera, no importa el dios o los ritos que se deben realizar para alcanzar la felicidad.

Lo más notorio es la cantidad de personas que creyéndose poseedoras de la verdad revelada, atraen a los incautos para la venta de talismanes, collares u objetos semejantes que deben portar para mantener la buena suerte. No niego que pasé un buen rato pensando en aquello que dijo el señor del bus, “uno mantiene la cabeza llena de bobadas que en verdad no las necesita para vivir, cosas que en realidad no lo dejan a uno ser feliz”. Recordé al filósofo Aristóteles, quien escribió un texto hermoso a su hijo Nicómaco, en el que le dice, palabras más, palabras menos, que uno viene al mundo a ser feliz.

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