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Medellín necesita un alcalde

Por: Iván de J. Guzmán López

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La pipa de la paz, fumada entre Petro y Uribe, no alcanzó para Daniel Quintero, quien definitivamente tiene en estado de coma a la ciudad. El expresidente Uribe no se dejó sofocar por la fumarola y el aura amorosa del hombre de Ciénaga de Oro, para pedirle “sacar a Daniel Quintero del diálogo con los empresarios antioqueños y que se cumplan a cabalidad los plazos de Hidroituango”; y pidió ñapa: solicitó que los empresarios antioqueños tengan un diálogo directo con el gobernante (con Petro) sin ninguna intermediación del alcalde de Medellín, Daniel Quintero, debido a los inconvenientes que han tenido (los empresarios) con él, situación que les ha llevado al desinterés en que el burgomaestre local participe de estas conversaciones.

¡Jaque, mate!, como gustaba de decir a mi querido y admirado Sergio de La Torre, en nuestras deliciosas tardes de ajedrez, literatura y periodismo, en el viejo y recordado Club de Ajedrez Maracaibo, de la hoy sucia, maloliente e invadida calle Maracaibo, de Medellín. De paso, confieso que el doctor Sergio, en palabras de su sobrina y columnista de El Tiempo, María A, García de la Torre, era “un hombre cuya integridad no tenía precio. Su paso por la diplomacia como cónsul, como embajador –y en la política como representante de Antioquia en el Congreso de la República– siempre lo caracterizaron por su rectitud a toda prueba y por la fortaleza de sus principios liberales”. Parece que los muchachos de ahora, nunca se vieron en estos espejos.

Daniel Quintero, no es el alcalde que necesita Medellín. Y su separación del cargo, antes que permitirle enderezar su actitud ante la ciudad y ante los ciudadanos, sirvió para ganar malquerientes aquí, allá y acullá, en el orden parroquial y nacional. Se dice que el propio Petro, prefirió recibir a viejos contradictores antes que a él, a quien puso en manos de Alfonso Prada.

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Ni Medellín quiere a Quintero, ni Quintero quiere a Medellín. Parece que Quintero ha tomado la ciudad como comodín (cosa que es vox populi en todos los estamentos de la ciudad y muchos de la capital), para llegar hasta donde su voracidad política le señale.

La cosa no va por buen camino. Dice el periódico El Tiempo, en su edición del 20 de febrero de 2022, que, según la encuesta Invamer, «el alcalde Daniel Quintero Calle llegó a su nivel más bajo de aprobación, desde que inició su gobierno, con un 43 %». Y que conste que el período, desde que la Procuraduría lo inhabilitó, a esta fecha, está catalogado como su peor momento, dado que el comportamiento y el trato vergonzoso que su gabinete y él mismo, le dieron al doctor Juan Camilo Restrepo Gómez, alcalde en encargo, fue repudiado por la ciudad, todavía llena de valores como el respeto, la cultura y la responsabilidad. Medellín está enseñada a un gobernante preocupado y ocupado en el bienestar de la ciudad, no en asuntos de retaliaciones y comportamientos pendencieros.

La cosa va mal: debo decir que de la antigua tacita de plata, poco queda, pues las Empresas Varias de Medellín ya no dejan sus calles limpias como antaño (ya no existen) y en consecuencia, su Centro es un caos de basura (de residuos, según la moda eufemística de ahora). El Tránsito Municipal, antes garante del orden en las vías y educación para conductores y peatones, hoy no aparece, no existe; trocó en Movilidad, pero esta secretaría aparece cuestionada, ausente, moribunda, con funestas consecuencias para la ciudad y la vida citadina: problemas de movilidad inconcebibles para una capital que se precia moderna.

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El espacio público se ha perdido y hoy es espacio irrebatible de ventas ambulantes, todo tipo de delincuencia, prostitución, micro tráfico, contrabando y abandono; sus calles, peatonales o no, están convertidas en parqueaderos públicos, gratis. El aire se torna irrespirable, y Medellín ostenta el deshonroso primer lugar entre las ciudades colombianas más contaminadas.

De su industria, la misma que daba tranquilidad y sustento a miles de antioqueños, poco queda: baldada por la quiebra del modelo económico, dejó a miles de personas en la calle obligadas al subempleo, la economía informal, la indigencia, la prostitución o la delincuencia. De contera, Uribe solicitó a Petro, que los empresarios antioqueños tengan un diálogo directo con él (Petro), sin ninguna intermediación del alcalde de Medellín, Daniel Quintero.

La violencia, que semana a semana mata a los jóvenes de la ciudad, a sus dirigentes, a sus agentes de paz, me repite, con una constancia casi dolorosa: se necesita un alcalde. Se busca un alcalde para Medellín. Un alcalde que realmente quiera a la ciudad; que invoque menos a las comunas y haga más por ellas; que hable menos de los agentes de violencia y ataque más a los delincuentes; que pontifique menos sobre emprendimiento, redes de crédito, fondos de financiación, nodos de incubadoras, y trabaje más por la fundación de empresas en el sector privado y público. Que le guste menos la televisión y la prensa, y más el bienestar de la población.

¡Medellín necesita, con urgencia, un verdadero alcalde!

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