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Medellin, comuna 13, combo y muerte.

Para aprender de aritmética y geografía, Iván Darío Noreña, de catorce años, tiene que descender 723 escalones y recorrer los vericuetos de un camino que, enroscado en el dorso de la montaña, contradice la ley de la gravedad.

Publicado por: Minuto30.com

Para aprender de aritmética y geografía, Iván Darío Noreña, de catorce años, tiene que descender 723 escalones y recorrer los vericuetos de un camino que, enroscado en el dorso de la montaña, contradice la ley de la gravedad.

Antes, cuando había paz entre los combos, llegar de su casa a la escuela era cosa de minutos. Pero ahora debe caminar por trochas de fango, piedras y maleza, con tal de evitar ciertas calles prohibidas y poder llegar a salvo a su colegio, hoy custodiado por soldados aperados de chalecos antibalas y fusiles de largo alcance.

En aquella ruta que atraviesa las entrañas de La Torre, uno de los barrios incrustados en la parte más alta de la periferia de Medellín, hace poco el chico aprendió una lección, quizás más útil que las impartidas por los profesores de primaria en estos días de guerra: allá arriba, es mejor mantener la cabeza abajo.

Hace un mes, por evitar el trayecto más largo, a su hermana Johana Andrea, hasta entonces quinceañera de mejillas rosadas y cabellos largos, le rompieron la boca a puños, la arrastraron del pelo, le dieron patadas en el estómago.

“Abrite de aquí maricona, que éstas calles no son pa’ vos”, le gritaron los del parche de ‘Chimbilín’, mientras la niña indefensa rodaba por la acera con el uniforme deshilachado. A veces, los hermanos llegan tan sudorosos y cansados luego de haber corrido como fugitivos tras un día de escuela, que su mamá les permite pasar días enteros sin tener que regresar a clases.

Los chicos pues, se quedan encerrados en la casa, viendo televisión, jugando con un perro de bigotes retorcidos, sin que la mujer los apure para estudiar ortografía o historia o geometría, asignaturas al parecer inservibles de ese lado de la ciudad.

O eso es lo que dice ella, Alba Noreña, luego de contar que a Luis, el mayor de sus hijos, muchacho tan bueno como el pan que ya había terminado bachillerato, lo mataron hace seis años por estar en una esquina que no debía.

A 500 metros de allí, en la fachada de una casa abandonada que se cae sobre el camino que conduce a la escuela, un grafitti en tinta verde se lee desde lejos: “Aprendé, la muerte enseña”.

De acuerdo con cifras de la Personería de Medellín, por cuenta de la violencia sin tregua en las barriadas, en lo corrido del año mil estudiantes dejaron de ir a los colegios públicos en las comunas 1 y 13. En los estratos más bajos, las altísimas inversiones en educación realizadas por las dos últimas administraciones municipales, resultan un tiro al aire en épocas de guerra.

Parada en la puerta de su casa, a la orilla de un precipicio desde donde se divisa aquel reguero de techos de hojalata bajo los cuales 134.000 personas viven en la Comuna 13, Gabriela Obando, de 71 años, habla de bendiciones ahora que Santiago Álvarez, su nieto menor, está en la cárcel.

Él, un peladito que aparece sonriente en las fotos de la sala, fue capturado la semana pasada por porte ilegal de armas. Un policía que patrulla la zona, dice que ese era uno de los campaneros del combo de La Torre, trenzados en un combate sanguinario con Los Conejos.

Cuando se refiere a la disputa, el agente mira a lo lejos, donde está la nada y está todo, y señala balcones sobre el vacío, terrazas a cielo abierto, árboles en el filo de la montaña, gallinazos en las alturas. Desde allí, explica, uno y otro bando se disparan sin importar quién caiga en el medio.

A veces niños, en ocasiones ancianos, cada tanto un policía. Las autoridades de la capital antioqueña ya contabilizan 1.430 homicidios en el 2010. Entre las víctimas de los dos últimos meses, 81 menores de edad. La abuela implora que las rejas sean la salvación del chico.

Pero quién sabe. El pasado jueves, junto a él, fueron capturados otros catorce integrantes de La Torre, que tenían en su poder siete armas de fuego. El mismo comandante de la Policía Metropolitana, coronel Luis Eduardo Martínez, se refirió en particular a ese chico, reconocido con el alias de ‘Nariz’, ya que pese a tratarse de un eslabón en apariencia menor de la cadena criminal, “representaba un problema inmenso”.

Hace menos de dos meses ‘Nariz’ ya había sido capturado pero, ante la ley, de poco sirvió el esfuerzo. El chico tiene 15 años. En ocho meses, la Policía ha llevado a cabo 600 capturas en la Comuna 13. En ese tiempo, 133 armas fueron incautadas; entre ellas, un rocket, una carabina Remington con mira telescópica y una decena de pistolas con silenciador.

Las autoridades calculan que en Medellín hay trescientas bandas criminales nutridas por al menos tres mil jóvenes y que el 20% de éstos pueden ser menores de edad: tantos, como para llenar un colegio completo.

Todo bien es todo mal

Aunque muchos lo niegan, en esta ciudad resucitada –célebre por la belleza de sus mujeres, la eficiencia de su sistema de transporte, la pujanza de su gente, por haber sido capaz de reponerse de los estragos del narcotráfico– el recrudecimiento de la violencia en la periferia ha llegado a tal magnitud que, en la calle, cada vez parece menos fortuito escuchar alguna de esas acepciones macabras con las que en otros tiempos fue reconocida la capital antioqueña: “Metrallín”, “Metrallo”, “Ciudad de la eterna balacera”…

Abajo, a cuatro cuadras de la estación de metro que eleva sobre la Comuna los teleféricos del Metrocable, está el cementerio de San Javier, una construcción centenaria con pabellones levantados en circunferencia que asemejan la forma de un corazón estrecho.

Allí, ‘Chatarra’, uno de los cientos de lugartenientes que ‘Valenciano’ tiene en la zona para disputarse el control territorial con ‘Sebastián’, su enemigo declarado, utiliza uno de esos términos mientras visita uno de sus muertos. “Sí, éste sigue siendo Metrallo, niña…”

‘Chatarra’ tiene 23 años, tres cicatrices de tiros en la espalda y un escapulario colgando del cuello. La visita es para Daniela Alejandra Zapata, una chica de 15 años que el pasado 31 de julio fue sepultada allí, luego de haber sido violada y degollada por hombres de ‘Sebastián’, que la sentenciaron por tener un parentesco lejano con ‘Valenciano’, el otro capo criminal de la ciudad.

‘Chatarra’, que alguna vez se ganó la vida manejando taxi y que ahora es el comandante de un escuadrón de 150 hombres agrupados en los combos de La Independencia 2 y 3, La Urba, La Plancha, El Kilo, dice que de eso se trata: de una pelea sin tregua ni distinciones por el control total de las comunas.

Ambos patrones, sin importar el precio, piensa él, quieren heredar el poderío que una vez tuvo don Berna y por eso, allá arriba, no hay límites. “La guerra es así”, dice él, como disculpándose en medio de esa explicación que supera su entendimiento, el del barrio, el de la ciudad completa.

‘Chatarra’ cuenta que la disputa del territorio, las fronteras, las calles prohibidas tienen una única motivación: plata. Dependiendo del sector, asimismo son los impuestos cobrados. Arriba, donde hay menos comercio, apenas pueden ser extorsionados los dueños de casa, hombres y mujeres en su mayoría muy pobres que casi nunca tienen dinero.

Abajo, en cambio, hay graneros, almacenes, tiendas de ropa, rutas de buses, que significan fortunas en términos de vacunas. Los hombres de ‘Sebastián’, dueños de los filos y las cimas de las comunas, habrían roto el pacto hace siete meses y esa sería la razón del nuevo estallido de esta guerra, nutrida también por el dinero derivado del microtráfico que se mueve en la zona. Entre enero y agosto, 42.173 gramos de marihuana fueron decomisados por la Policía sólo en la Comuna 13.

‘Chatarra’ dice que eso de la inexistencia de límites no es una exageración. Hace un tiempo, cuenta como si fuera mérito en su reputación criminal, tuvo que disparar contra un amigo, parcero de infancia, que decidió pelear del otro lado del bando.

Se encontraron en un callejón luego de haberse gritado de una montaña a otra que se iban a matar así conocieran a la mamá del otro, así hubieran comido del mismo plato. “Cuando lo pillé me dijo que no, que no lo matara que todo bien. Pero perdió. Todo bien es todo mal. Allá arriba, es mejor mantener la cabeza abajo”.

En su oficina, una camioneta 4X4 que recorre las calles más empinadas escoltada por una patrulla motorizada, Fredy Buitrago, comandante de Policía en la Comuna Trece arruga la cara cuando le hablan de la imposibilidad de conjurar la violencia. El oficial, alto y fornido como oso, fue asignado después de ocho meses en la Comuna Uno, otra de las áreas difíciles de controlar en Medellín.

Bajo su mando, en los últimos días, han sido dispuestos hombres que acompañan la salida de los alumnos que aún van a estudiar, han sido montados nedio centenar de puestos móviles en los mismos caminos empleados por los‘combos en la montaña, se organizaron operativos disuasivos del Esmad, 400 de sus hombres fueron desperdigados por ahí. “Esto no es no es como lo pintan”, dice con el auto en marcha.

Abajo, sin embargo, todo se ve igual que siempre. Las casas apiñadas, los laberintos incomprensibles, las escaleras a ninguna parte, las ventanas convertidas en trincheras, el hambre, la gente en el medio, las balas sonando, los gallinazos en el cielo.

Vía ElPaís.com.co

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Redacción Minuto30

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