Resumen: e mi madre aprendí que una mentira sólo se sostiene con otra mentira, y la democracia la están convirtiendo en eso, en una mentira, de ahí que con una facilidad increíble algunos políticos degenerados, acuden a las fábricas embusteras para desacreditar al otro
En medio de tanto alboroto y escándalos por corrupción, las redes sociales han generado un entorno donde ya no se sabe qué creer. Lo que sí está claro es que, en esta época electoral, regresan los mismos con las mismas, en nada han cambiado sus discursos, sus promesas. Sin lugar a duda la democracia la tienen secuestrada las redes sociales, porque la moda es trabajar en sitios web reproduciendo mentiras sin importar el daño que se pueda causar a la sociedad. De mi madre aprendí que una mentira sólo se sostiene con otra mentira, y la democracia la están convirtiendo en eso, en una mentira, de ahí que con una facilidad increíble algunos políticos degenerados, acuden a las fábricas embusteras para desacreditar al otro, hiriendo de muerte cada vez más la pobre y desvencijada democracia. Aprovecho para aclarar que democracia, para mí, es uno de esos términos o conceptos que todos creemos saber explicar y del cual pensamos que es algo sencillo de entender y practicar, pero, debemos admitir que no es tan fácil esclarecer su esencia debido a las diferentes interpretaciones y, porque no, acomodaciones que ha tenido en el transcurso de la historia. El reconocido y ya desaparecido politólogo italiano, Giovanni Sartori, en su libro ¿Qué es la Democracia?, nos dejó la siguiente definición, “hay democracia cuando existe armonía entre gobernantes y gobernados y el Estado está al servicio del pueblo y no lo contrario”.
Puede sonar fuerte, pero, nuestra clase política ha vulgarizado la democracia, y lo digo porque el voto de opinión, aquel voto racional, consciente e inteligente, está cada vez más lejos de los electores, no de todos, pero sí de la mayoría. El agravante es que no dejan de existir los que tienen voto de estómago, unas veces votan por aquel que da lechona y en las próximas elecciones por quien da tamal, para después votar por el sancocho o el refrigerio, se pasan la vida votando con el estómago y no con la cabeza; triste realidad, donde el hambre se impone al cerebro. Imposible negar que los últimos meses de campaña, o mejor los últimos días, abundan las reuniones con líderes barriales. Como por arte de magia, los políticos suben a los barrios más empinados de las ciudades, abrazan a la gente, reparten besos a diestra y siniestra, sonríen, ¡ah!, con seguridad que nadie, absolutamente nadie, se queda sin estrechar la mano del político, lógicamente, una vez cada cuatro años. Terminada la reunión, el político se despide con la misma frase de siempre: “ustedes saben que yo no los olvido y que las puertas de mi oficina están abiertas de par en par, me buscan a la hora que sea”. De mi parte los invito a reflexionar y a elegir bien; es momento de escuchar propuestas y dejar de reproducir este circo electoral.
Lo malo de todo esto es que a pesar de las advertencias y malas experiencias la ciudadanía sigue eligiendo los mismos con las mismas mañas; la mayoría corruptos, pícaros, descendientes de los mismos caciques o varones electorales; para mí, no sé para los demás, es muy triste saber que le estamos dando tan mal ejemplo a los niños y jóvenes de este país. Me parece desagradable que la democracia se esté convirtiendo en una fábrica de mentiras, y, digo fábrica de mentiras debido a las calumnias que se difunden en cada proceso electoral. Como he citado en otras ocasiones: “quien no conoce la historia está condenado a repetirla, unas veces como comedia, otras como tragedia”. Cada cuatro años repetimos el mismo ejercicio democrático y el país sigue igual o peor; la corrupción campea por todos lados y, algo más grave aún, los ciudadanos tributamos para mantener un gobierno corrupto y derrochador. Con una facilidad espeluznante, borramos la historia, desconocemos los engaños del pasado y volvemos a las urnas como si nada hubiese sucedido.
Aunque parezca reiterativo, retomo una pregunta que mis estudiantes suelen hacerme en época electoral: «Profesor, ¿qué sistema es mejor: el socialismo o la democracia?». Con cautela y respeto, siempre respondo que el problema no son los sistemas sino las personas que están al mando de estos. Si el socialismo fuera la panacea, no habría existido el Muro de Berlín, ni los cubanos escaparían en balsas, ni los venezolanos abandonarían masivamente su país. Por otro lado, tampoco la democracia actual es perfecta, ya que bajo su manto se esconden dictadores disfrazados de demócratas que solo buscan perpetuarse en el poder. Insisto: entiendo la democracia como participación, pero hoy el pueblo no participa; unos pocos deciden por las mayorías. Es grave que el ciudadano no ejerza su derecho al voto. Finalmente, tampoco comulgo con los extremos; esos discursos de extrema derecha o extrema izquierda carecen de fondo y suelen dejar a su paso una estela de violencia. Mejor dejemos así.
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