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Letras por el oído

Por: Fuad Gonzalo Chacón

Fuad G Chacon 1200 x 720

Me considero un lector de confesas y dolosas costumbres conservadoras. Uno más de aquellos románticos irremediables de la imprenta que, todavía y sin pudor, profesan una fervorosa devoción hacia los libros de papel y que, a pesar de estar familiarizado desde pequeño con las inobjetables ventajas de la tecnología, siempre ha observado con recelo a los artefactos electrónicos de lectura y su infatigable pregón sobre el, tan inminente como incierto, apocalipsis digital de la tinta.

Son muchas las razones que pueden explicar esta renuencia a la modernización de mis arraigados hábitos (mi insostenible manía coleccionista, una considerable miopía heredada por el ADN materno o el simple deleite estético que me generan las estanterías pobladas), pero me decantaré por mi favorita: la satisfacción de meter las narices, literalmente, en un libro recién desempacado para inhalar su aroma a novedad. Un placer culposo que es solo ligeramente superior al otro mejor olor del mundo: el de un libro de segunda mano que ha resucitado gracias a la mano invisible del mercado para tener otra oportunidad de ser leído.

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Por eso, era más que razonable el terror literario que padecí cuando, dejándome convencer por una de esas publicidades callejeras que nunca he creído que sirvan para convencer a alguien, descargué una app de audiolibros e inicié una autoimpuesta prueba piloto de un mes para averiguar, de una vez y por todas, la gravedad patológica de mi tradicionalismo lector. El resultado final fue altamente impresionante y el diagnóstico más que esperanzador.

Y es que durante aquellos minutos solitarios que, desperdigados como retazos de tiempo, inundan nuestra cotidianidad (los trayectos a la oficina en metro, la última vuelta noctámbula a la cuadra con el perro o la espera de tu novia a la salida del peluquero) alcancé a escuchar cinco obras con una media de 10 horas de narración, que en nuestro plano físico se traducen, en total, en unas 2.000 páginas de papel: Terra Alta e Independencia de Javier Cercas, A Corazón Abierto de Elvira Lindo, ¿Dónde Estás, Mundo Bello? de Sally Rooney y Poeta Chileno de Alejandro Zambra. Un ecléctico popurrí de letras por el oído.

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En el fondo, disfrutar de un audiolibro no es nada diferente a la transmutación adulta del instinto infantil de escuchar cuentos y tal vez por eso es tan fácil engancharse a ellos. Aunque, como en cualquier otra profesión, la calidad del narrador (nunca mejor dicho) tiene una incidencia directa en la experiencia auditiva, y en esto mi consejo es optar por actores de voz en lugar de obras leídas por famosos o sus propios autores, ya que dominar las facultades camaleónicas del histrionismo vocal es una virtud digna de respeto y reservada para pocos.

Algo que quizás no había sabido apreciar hasta esta inesperadamente exitosa demo literaria que me ha sumergido sin flotador en una alternativa fresca y eficiente para absorber historias. Un descubrimiento al que seguramente seguiré recurriendo y que no tiene por qué competir por el amor casi religioso que siento hacia mis viejos compañeros de viaje de papel.

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