Legados epistolares

Sin lugar a dudas, uno de los especímenes más fascinantes de las profundidades abisales del océano narrativo es el género epistolar. Tan esquivo como inexplorado, el arte de redactar una carta es, tal vez, la habilidad estilística más subestimada en la actualidad, muy seguramente alimentado por el frenetismo contemporáneo de nuestras comunicaciones escritas.

Aunque, paradójicamente, el mayor reto no es componer literatura empacada en el estuche de una esquela, pues son muchos los autores que han dominado esta técnica con maestría, sino todo lo contrario: escribir cartas reales que, una vez que el tiempo haya secado la tinta de sus sellos de correo, se transmuten en literatura.

Dentro de este escurridizo segundo grupo hay pocos títulos que podemos reseñar y encontrar en las librerías, no tanto porque el material sea escaso, sino porque la relevancia literaria de estos volúmenes compuestos por fragmentos tan íntimos de papel es, cuando menos, cuestionable y son desplazados por productos de mayor atractivo comercial como artículos periodísticos o ensayos producidos por autores de referencia.

Eso sin entrar a polemizar sobre el debate, tanto ético como editorial, que se esconde tras estos libros que se escriben sin saber que se están escribiendo, pues prácticamente todas las antologías epistolares que se lanzan al mercado son posteriores a la muerte de sus remitentes. La convulsionada “Correspondencia (1945-1970)” entre Yasunari Kawabata y Yukio Mishima, la cual se corta tras el suicidio de este último; la dolorosa “Carta al Padre” de Franz Kafka que nunca se llegó a entregar a su destinatario; o las castizas “Cartas Escogidas” de William Faulkner, son algunas de las recopilaciones que sobreviven en las estanterías y que vieron la luz sin el consentimiento de quienes las redactaron.

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De esta última solo tengo una cosa que decir: es sencillamente magnífica. Una espectacular cacería de correspondencia encabezada por Joseph Blotner que desembocó en un texto palpitante de más de 600 páginas donde nuestro hombre del Mississippi desnuda su alma por extractos y nos regala un interesantísimo viaje temporal que abarca desde el William errante y sin dinero que vagaba por Europa buscando inspiración hasta el Faulkner consolidado que con un Nobel y un Pulitzer encima viajó a Venezuela en misión por órdenes del Departamento de Estado norteamericano.

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Un libro pensado para sus fanáticos más fervorosos, ya que disecciona exquisitamente la obra de éste en su propia voz, pero que cualquier lector casual puede disfrutar igualmente, pues hasta en sus cartas William Faulkner exudaba literatura.

Con permiso o sin él, estos documentos son legados epistolares que nos permiten ahondar hasta el nivel más profundo en el conocimiento de un escritor. Una ventana a los miedos e inseguridades que le acompañaron a lo largo de su camino hacia la inmortalidad y que el éxito resonante de sus célebres manuscritos no consigue reflejar, aunque para podernos asomar a ella tengamos que cometer una indiscreta violación de su privacidad.

Me causa cierta curiosidad pensar qué testimonio publicarán en el futuro sobre los autores contemporáneos de esta generación. Chats de Whatsapp, a lo mejor, serían un justo equivalente.

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