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Opinión

Lecciones de Mocoa y la marcha

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rafael nieto

rafael nieto

Dos efectos muy desafortunados resultado del mismo hecho. Por un lado, las tres centenas de muertos y las decenas de heridos que ha dejado la avalancha que arrasó parte de Mocoa. Por el otro, la atenuación del impacto político y mediático que debería haber tenido la marcha del primero de abril.

La avalancha demuestra primero, la ausencia de previsión de riesgos y de planeamiento de la expansión urbana. Si bien es natural que, acá y en todo el mundo, las poblaciones queden cerca de fuentes de agua, no es explicable que no se consideren las posibilidades de crecidas y desbordamientos de los ríos. Los planes de ordenamiento territorial (POT) no contemplan estos riesgos, ni en Mocoa y ni en la gran mayoría de los municipios del país.

Segundo, las debilidades del programas de prevención y atención de desastre. El director de Corpoamazonía, la corporación autónoma regional con jurisdicción sobre el área, afirmó que “hace nueve meses se advirtió que podía pasar esta tragedia de Mocoa”. Si es así, ¿a qué funcionarios se hicieron tales avisos? ¿Cuál es la responsabilidad administrativa y eventualmente penal de los funcionarios que recibieron tal advertencia y no hicieron nada? ¿Más de trescientos muertos resultado de un homicidio involuntario? Además de la Procuraduría, que ha dicho que en Mocoa pudo haber “imprevisión, desidia”, ¿la Fiscalía está haciendo la investigación de rigor?

Tercero, hay que establecer si además de por las lluvias torrenciales, la avalancha se produjo, como dicen, por deforestación de la cuenca río arriba, y si esa deforestación es resultado de la tala ilegal de madera y de los cultivos de coca, que siempre han sido abundantes en el Putumayo y ahora son una verdadera epidemia, por cuenta del proceso de negociación con las Farc donde se establecieron incentivos para los narcocultivos.

Cuarto, es indispensable revisar el sistema nacional ambiental para incluir los impactos de los cambios climáticos extremos que ahora son comunes, para reducir las vulnerabilidades, y para coordinarlo adecuadamente con los POT y con el sistema de prevención y atención de desastres. Y todo ello debe hacerse ya y no esperar otra tragedia y otros centenares de muertos por eventos similares.

Por otro lado, la avalancha evitó la evaluación y discusión nacional sobre el tamaño, las causas y el impacto de las marchas del primero de abril. Centenares de miles salieron a la calle en dos docenas de ciudades en el país. En Medellín quizás nunca haya salido mas gente. En Bogotá se llenó la plaza de Bolívar y otros miles caminaron aunque no esperaron a los discursos. En Barranquilla y en Cali, ciudades no propiamente uribistas, fueron multitudinarias.

Las marchas dejan varias conclusiones: una, y es una gran noticia confirmarlo, que el centro y la derecha sí salen a la calle cuando la motivación es justa. Dos, que lo hacen con sentido cívico, de manera pacífica y respetuosa, a diferencia de las violentas manifestaciones de la izquierda. Tres, que los promotores de la coalición del No mantienen espacios de diálogo y coordinación y estuvieron muy activos convocando y participando en la protesta. Uribe, Pastrana, Ordoñez, Ramírez, Londoño, los pastores Rodríguez, Cañas, Arrázola, entre otros, militares y policías en retiro, víctimas de la guerrilla, todos marcharon.

Cuatro, que esa coalición se está reconvirtiendo con miras a las elecciones del 18. Los motivos de la marcha no se centraron solo en el rechazo a los excesivos beneficios que recibieron de parte del Gobierno los violentos marxistas leninistas ni en el altísimo costo de los acuerdos para el estado de derecho, aunque ese fue uno de los ejes comunes. Pero hubo varios más: la defensa de la democracia y de las instituciones republicanas, advertir que no toleraremos que nos lleven por los mismos caminos de Cuba y Venezuela, denunciar la corrupción y la crisis económica, y repudiar la gestión de Santos.

El grito de “fuera, Santos, fuera” estaba en todas las gargantas. Él pensará que tuvo suerte.

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