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Las ruinas del taxi

Por: César Augusto Bedoya Muñoz

Las ruinas del taxi
Las ruinas del taxi

Resumen: El análisis técnico del estudio advierte sobre la urgencia de recuperar las condiciones económicas para que la actividad del taxi vuelva a ser viable, especialmente para los conductores que no son dueños del vehículo y viven del diario

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Un reciente macroestudio de Datexco reveló una cifra que, en el papel, genera un inmediato estremecimiento social: los taxistas en Medellín y en las principales capitales del país han dejado de percibir en promedio un millón trescientos mil pesos mensuales en los últimos nueve años. Para un propietario o un conductor que deriva su sustento diario, ver esfumados más de 120 millones de pesos acumulados en casi una década por cuenta de la irrupción de las plataformas digitales es un golpe demoledor al bolsillo y al patrimonio familiar.

Sin embargo, más allá de la fría estadística sobre la pérdida acumulada de 7,5 billones de pesos a nivel nacional, la pregunta incisiva y dolorosa que debemos hacernos como usuarios de a pie es tan inevitable como contundente: ¿qué ha hecho el gremio ante esta sangría económica más allá de quejarse y bloquear vías?

La respuesta se encuentra todos los días en la calle y produce una profunda indignación. Recientemente tuve la necesidad de movilizarme en taxi por Medellín y la experiencia no solo fue decepcionante, sino deplorable. El primer vehículo que abordé era un monumento al abandono: la cojinería manchada y rota, el piso oxidado por la humedad, el tablero deshecho y unas maniguetas caídas que amenazaban con dejar la puerta inservible. Pensé que se trataba de un caso aislado, de una lamentable excepción, pero el trayecto de regreso me demostró con severidad que se ha convertido en la norma. El segundo auto estaba en peores condiciones, proyectando una imagen de desidia absoluta que degrada de inmediato la calidad de un servicio público esencial.

Basta con detenerse unos minutos en cualquier esquina de la ciudad para analizar minuciosamente el estado de una gran parte del parque automotor amarillo. Latonería destruida a golpes, bómperes y guardabarros sostenidos milagrosamente con pitas o cabuyas, llantas completamente lisas que desafían la seguridad vial, vidrios sin retrovisores y carrocerías que perdieron su color original bajo capas de mugre. A esta decadencia material se le suma una presentación personal lamentable por parte de muchos conductores: pantalonetas, chanclas y camisetas rotas o sucias. Es inaceptable que en una metrópoli que pretenda posicionarse a nivel internacional, atrayendo turismo y capital extranjero, la primera cara de la ciudad sea un vehículo en ruinas guiado por alguien sin la más mínima disposición de atención al cliente.

Si bien es cierto que no se puede generalizar y que existen profesionales del volante honorables que cuidan su herramienta de trabajo, pretender tapar el sol con un dedo es un acto de cinismo. La mayoría del gremio quedó estancada en la soberbia de un monopolio que ya no existe, refugiándose en la excusa de la competencia desleal mientras destruían por cuenta propia la fidelidad del usuario. El ciudadano común no migró masivamente a las plataformas digitales como Uber únicamente por una novedad tecnológica, sino por una necesidad desesperada de dignidad, seguridad, pulcritud y buen trato. Ante la desidia del transporte tradicional, el usuario prefirió pagar por un servicio donde el carro no huela a humedad, las puertas cierren bien y el conductor entienda el significado básico del respeto.

El análisis técnico del estudio advierte sobre la urgencia de recuperar las condiciones económicas para que la actividad del taxi vuelva a ser viable, especialmente para los conductores que no son dueños del vehículo y viven del diario. Pero esa viabilidad no se logra por decreto ni mediante exigencias gubernamentales si no hay una reconversión hacia el usuario. La economía es una vía de doble sentido: para que un negocio genere los ingresos que permitan cumplir con sus obligaciones y sostener a una familia, necesitan pasajeros que estén dispuestos a abordar la unidad. Si el cliente huye atemorizado por el mal estado mecánico o la mala actitud del piloto, el sistema colapsa desde adentro por su propia negligencia.

Es un momento crucial para la reflexión y la autocrítica profunda dentro del sector transportador. La discusión sobre la regulación de las plataformas electrónicas y la búsqueda de reglas de juego equitativas es totalmente válida y necesaria dentro de un Estado de derecho, pero resulta estéril si el gremio amarillo no inicia una transformación cultural e infraestructural inmediata. No se puede exigir protección estatal ni solidaridad ciudadana cuando el producto ofrecido es deficiente, inseguro y desagradable a la vista. La modernización no es una opción de lujo; es un imperativo de supervivencia operativa en el siglo XXI.

Si el gremio de los taxistas no es capaz de asumir un compromiso real con la excelencia, la limpieza, el mantenimiento riguroso de sus flotas y la profesionalización de sus conductores, debe dar un paso al costado. Las ciudades colombianas avanzan decididamente hacia la innovación, el desarrollo tecnológico y la alta calidad en el servicio al cliente; Adaptarse a esa dinámica no es una sugerencia, es el único camino. O el taxi evoluciona a la altura de las exigencias del mercado moderno, o terminará sepultado por el peso de su propio descuido, viendo cómo la ciudadanía elige de forma definitiva a quienes sí entendieron que transportar a un ser humano es, ante todo, un acto de respeto y dignidad.

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Redacción Minuto30

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