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Las palas que faltan, las armas que sobran

Por: César Augusto Bedoya Muñoz

cesar augusto bedoya munoz
Las palas que faltan, las armas que sobran

Resumen: La verdad corre por las redes sin censura y hay que decirla con todas sus letras: todo esto es culpa, responsabilidad y gracias a algunos venezolanos que hipotecaron el país por más de 27 años

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Las imágenes satelitales, los videos capturados con drones y las transmisiones de última hora en portales web configuran un panorama que no es solo de desastre, sino de una profunda, rabiosa e indignante realidad. Como columnista, pero ante todo como un ser humano que atestigua el dolor a través de las pantallas del mundo, me invade el rechazo absoluto hacia un régimen que convirtió la negligencia en su política de Estado. Ver en las redes sociales los videos de algunas ciudades venezolanas cubiertas de polvo, y leer los testimonios desesperados de quienes buscan a sus familias en edificios pulverizados, activa una furia incontenible: la naturaleza descargó su fuerza con el sismo, pero fue la tiranía la que garantizó que el golpe fuera mortal.

La verdad corre por las redes sin censura y hay que decirla con todas sus letras: todo esto es culpa, responsabilidad y gracias a algunos venezolanos que hipotecaron el país por más de 27 años. Aquellos que, seducidos por promesas populistas, vendieron su patria y sus recursos a una corporación criminal vestida de ideología. Hoy, los hambrientos de poder que ostentan el mando se gastaron hasta el último centavo de la bonanza petrolera más grande de la historia, derrochando el dinero público y dejando al país sin un sistema de salud o de rescate funcional, incapaz de resolver la tragedia de miles de damnificados a los que el doble sismo les derrumbó la vida.

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Es una lección histórica pagada con sangre: uno jamás puede vender su nación a los tiranos. Ahora, los reportes informativos muestran el descaro absoluto: el gobierno chavista y madurista clama por ayuda internacional para la reconstrucción. Los mismos que expulsaron a las organizaciones humanitarias y soberbiamente insultaron al mundo, hoy extienden la mano porque sus arcas están vacías, saqueadas por ellos mismos. Su incapacidad logística quedó desnuda desde las primeras horas del desastre, evidenciando casi tres décadas de desinversión absoluta en gestión de riesgos y en el mantenimiento de la infraestructura nacional.

La desidia de las primeras horas fue criminal, un hecho que inundó los portales de noticias. Mientras la gente escarbaba los escombros con las uñas en estructuras icónicas venezolanas. La Fuerza Armada estuvo completamente desaparecida. Así lo confirmó Ángel Rangel, exdirector de Protección Civil, al señalar el «lamentable» estado de desprotección nacional. Es asqueroso constatar que el aparataje militar de Nicolás Maduro no fue diseñado para salvar vidas, sino para perpetuarse; los funcionarios solo están capacitados para recibir órdenes de “reprimir a la población”. Hoy, los venezolanos olvidados repiten una crítica dura: se han visto militares en las calles, sí, pero se han visto con armas y no con palas.

A pesar del abandono oficial que se denuncia en cada muro digital, la luz de Venezuela emerge de sus propias ruinas, despertando mi más profunda solidaridad y admiración por las víctimas y la ciudadanía. Los primeros días la ayuda tardó por la parálisis del Estado, sin embargo, los informes vecinos confirman que la comida y el agua ya comienzan a entregarse con mayor celeridad gracias a una roja conmovedora civil. En las zonas devastadas, los voluntarios han llevado grandes cantidades de alimentos, medicamentos y ropa, demostrando que el tejido social del país sigue vivo y se niega a morir bajo el peso de la bota militar.

Las palabras de Beatriz Rueda, una sobreviviente que espera con el alma en un hilo los cuerpos de sus familiares y cuyo testimonio recorre los portales web, resuenan como un veredicto implacable contra la dictadura: “No ha sido el Gobierno, han sido los mismos venezolanos quienes no nos han dejado solos”. Esa frase resume la tragedia y la grandeza de una nación entera. Mientras el palacio de gobierno calcula políticamente el desastre y militariza los centros de acopio, el ciudadano de a pie, el vecino exhausto y el voluntario cubierto de polvo sostienen el país sobre sus hombros, demostrando que la dignidad no se transa.

“Hay vida”, se escuchaba entre los escombros de La Guaira según los videos compartidos en plataformas digitales, un grito que es a la vez un milagro y un llamado a la resistencia. Eso es lo que aún le queda a este pueblo golpeado: la esperanza inquebrantable de encontrar a la gente y de reconstruirse desde las cenizas. Acompaña el dolor de cada damnificado y exijo el fin de un régimen indolente que solo sabe empuñar fusiles cuando el pueblo suplica por herramientas de rescate. Venezuela no está sola porque se tiene a sí misma, y esa reserva moral será, tarde o temprano, la que se enterará para siempre a sus opresores.

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Redacción Minuto30

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