Resumen: Desde muy joven, Yeison entendió que nada le sería regalado. Creció entre carencias, pero también entre valores, disciplina y una fe inquebrantable en sí mismo.
La música popular nació para contar verdades que duelen y sueños que cuestan. Es el canto del barrio, del campo, de la madrugada difícil y del anhelo de salir adelante. En ese camino de lucha y esperanza se forjó la historia de Yeison Jiménez, un artista que convirtió la pobreza en fortaleza y el sacrificio en melodía.
Desde muy joven, Yeison entendió que nada le sería regalado. Creció entre carencias, pero también entre valores, disciplina y una fe inquebrantable en sí mismo. A pulso, con talento y carácter, fue abriéndose camino en un género donde solo sobreviven quienes creen cuando nadie más lo hace. Su voz no solo interpretaba canciones: contaba su propia vida y la de miles que se vieron reflejados en sus letras.
La fama llegó, pero no le robó la esencia. Al contrario, su autoestima y su claridad interior lo llevaron a conquistar lo impensable: escenarios llenos, millones de seguidores y el respeto de un país entero. En muchas entrevistas, con la serenidad de quien había cumplido sus metas, hablaba de descanso, de familia, de una vida plena. A sus 35 años decía haber luchado lo suficiente para disfrutar lo construido, consciente de que la palabra tiene poder y que cada mensaje deja huella.
El 10 de enero de 2026, lo impensable ocurrió. La noticia cayó como un golpe seco en el corazón de la música popular y de Colombia entera. Yeison Jiménez partió, dejando un vacío imposible de llenar. Quedan su familia, sus amigos, y una multitud de seguidores que hoy lloran su ausencia mientras sus canciones siguen sonando, más vivas que nunca, en cada rincón del país.
Su partida deja dolor, pero también una enseñanza profunda: la vida es frágil, impredecible, y debemos estar preparados para aceptarla tal como es. Nos recuerda la importancia de abrazar a quienes amamos, de disfrutar el presente y de aportar, desde lo que somos, a la construcción de un mejor país.
Yeison no se fue del todo. Vive en cada acorde, en cada letra cantada con el alma y en cada persona que encontró esperanza en su historia. La música popular seguirá siendo su casa, y su legado, un testimonio eterno de que sí se puede salir adelante cuando el corazón no se rinde.
Paz en su tumba.
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