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La Autoridad del Conocimiento

Por: Giovanny Ruiz

La Autoridad del Conocimiento

Resumen: El respeto verdadero –ese que hace que un deportista se la juegue por su entrenador en el minuto decisivo—no se decreta

Este resumen se realiza automáticamente. Si encuentra errores por favor lea el artículo completo.

En el fútbol existe una vieja tentación: creer que el respeto se impone. Que se construye a partir del reglamento interno, del control del horario, de la lista en la puerta del vestuario, de la multa o del castigo ejemplar. Se piensa que el entrenador se afirma cuando recuerda que la camiseta debe de ir por dentro, que las medias deben de ser largas, que las espinilleras son obligatorias incluso en el entrenamiento regenerativo, que nadie se levanta de la mesa antes que el resto y que todos deben lavarse las manos antes de comer.

Y todo eso, convengamos, está bien. El orden es una forma de respeto. La disciplina no es un enemigo del talento: al contrario, le da un marco. Sin embargo, el problema aparece cuando se confunde el marco con la obra. Cuando el entrenador cree que el respeto nace del control y no del contenido.

Durante años el fútbol ha cultivado la figura del conductor distante, del jefe severo que habla poco y sanciona mucho. La autoridad, se dice, no puede mezclarse con cercanía. El entrenador debe de ser un faro frío que ilumina, pero no abraza. Y así, en nombre de la disciplina, se levanta un muro emocional que separa al futbolista del hombre que lo guía.

Pero el respeto verdadero –ese que hace que un deportista se la juegue por su entrenador en el minuto decisivo—no se decreta. Se conquista. Y no se conquista con un silbato, sino con conocimiento.

Un futbolista puede obedecer por miedo, pero solo se entrega por convicción. Puede cumplir el reglamento porque así lo exige el contrato, pero solo se compromete de verdad cuando siente que el entrenador lo hace mejor. Cuando descubre que cada indicación tiene un sentido, que cada corrección lo acerca a una versión más lúcida de sí mismo.

Decía César Luis Menotti que “ante lo único que se rinde un futbolista es ante en el conocimiento”. La frase no es una consigna romántica; es una verdad funcional. El jugador, incluso el más joven, detecta con rapidez si quien conduce domina el juego o apenas lo administra. Sabe distinguir entre el que repite consignas y el que explica por qué. Entre el que grita para ordenar y el que enseña para transformar.

El entrenador que pretende ganarse el respeto únicamente a través de la disciplina corre el riesgo de quedarse sin discurso. Porque el control agota. La vigilancia permanente desgasta. Y cuando el equipo atraviesa una racha adversa, el reglamento no alcanza para sostener la fe.

En cambio, cuando el futbolista percibe que el trabajo diario lo mejora, algo cambia de manera irreversible. Empieza a entrenar con otra atención. Escucha con otra disposición. Pregunta. Se interesa. Descubre matices del juego que antes le eran invisibles. Comprende por qué perfilarse de un modo y no de otro, por qué temporizar en vez de acelerar, por qué ocupar un espacio que no figura en la pizarra, pero si en la lógica del partido.

Y entonces sucede lo más importante: el jugador empieza a ser más feliz. No feliz por el resultado —que siempre es incierto— sino por el proceso. Feliz porque entiende. Porque siente que crece. Porque el entrenamiento deja de ser una rutina impuesta y se convierte en un laboratorio de descubrimientos.

Ese es el momento en el que no hay vuelta atrás. Cuando el futbolista asocia la figura del entrenador con su propia evolución. Cuando comprende que detrás de cada detalle hay una intención pedagógica y no un capricho autoritario.

Nada de esto significa renunciar a la disciplina. Sería ingenuo pensarlo. El orden es necesario. Las normas organizan la convivencia y protegen al grupo. Pero la disciplina debe estar al servicio de la idea, no sustituirla. Debe ser el piso firme sobre el cual se construye el conocimiento, no el techo que limita la creatividad.

El respeto, en definitiva, no se sostiene en el distanciamiento emocional sino en la coherencia. En la capacidad del entrenador para demostrar, día tras día, que sabe lo que hace. Que estudia. Que observa. Que detecta detalles invisibles para los demás. Que puede llevar al futbolista a un nuevo escalón de rendimiento.

Cuando eso ocurre, el grupo ya no obedece: cree. Y cuando cree, compite de otra manera. No por temor al castigo, sino por lealtad a una idea compartida.

Tal vez el fútbol necesite menos vigilantes y más maestros. Menos reglamentos exhibidos como trofeos y más conocimiento ofrecido como puente. Porque, al final, el jugador no se rinde ante la severidad ni ante el grito. Se rinde ante la evidencia de que su entrenador lo hace mejor futbolista.

Y ese respeto, el único que perdura, no se impone. Se enseña.

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Redacción Minuto30

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