Resumen: Uno suele creer que con la autosuficiencia y la independencia se puede transitar la vida, pero la realidad se encarga de demostrar que no es así
Uno suele creer que con la autosuficiencia y la independencia se puede transitar la vida, pero la realidad se encarga de demostrar que no es así. El ser humano siempre requiere a los otros; en algún momento necesitamos el favor de un tercero, porque somos radicalmente dependientes del apoyo, la compañía y la reciprocidad de quienes nos rodean. Esta lección elemental, que a menudo olvidamos en los terrenos de la ambición personal, suele manifestarse con crudeza en los momentos de alta tensión política, recordándonos que nadie se basta a sí mismo cuando se trata de construir estabilidad.
Esta dinámica quedó crudamente expuesta durante la reciente y sorpresiva elección del nuevo presidente del Senado. Contra la mayoría de los pronósticos y con 56 votos a su favor, el senador Honorio Henríquez, del Centro Democrático, se alzó con la victoria superando los 45 votos que logró Alfredo Deluque. Este pulso no solo marcó el final de una pelea legislativa intensa, sino que dejó al descubierto las profundas y tempranas diferencias dentro de la propia coalición de gobierno.
El traspié cobró mayor relevancia porque Deluque representaba la apuesta personal del presidente electo, Abelardo de la Espriella, quien se negaba tajantemente a respaldar a Henríquez, líder indiscutible de la bancada mayoritaria del uribismo. Ojo, el “tigre” no puede pretender arrancar a las abejas en solitario; bajo esa misma lógica, Abelardo no puede gobernar desde la soberbia y la prepotencia. El ejercicio del poder exige sumar voluntades, tejer puentes y entender que la imposición vertical suele despertar resistencias insalvables.
Detrás de este ajedrez político se evidencia un movimiento tan pragmático como inesperado: desde la semana pasada, Álvaro Uribe y Gustavo Petro intercambiaron gestos y guiños públicos que pocos vislumbraron en su momento, pero que se materializaron con precisión quirúrgica en la llegada de Henríquez a la mesa directiva. Dos fuerzas suelen oponerse, como el Centro Democrático y el Pacto Histórico, confluyeron tácticamente para contener una nueva hegemonía en ciernes, replicando una vieja práctica guerrerista y política que también corroe los vínculos en círculos laborales y familiares cuando estallan los choques de ego y autoridad.
La derrota de Deluque significa un golpe sensible al primer gran pulso del presidente entrante, especialmente porque el congresista guajiro no solo es su amigo cercano, sino la ficha que él mismo impulsaba con vehemencia. Esta jugada pudo haber desgastado prematuramente parte del capital político de De La Espriella. Sin embargo, el propio abogado intentó bajarle el tono a la controversia al manifestar públicamente que nunca estuvo obsesionado con dicha dignidad y que su interés primordial era respetar la institucionalidad y la separación de poderes, un pronunciamiento con el que, al menos discursivamente, logra salir de la incómoda zona del perdedor.
A pesar de este bache, el futuro político del país dependerá de la cintura con la que se maneje la gobernabilidad. Si el presidente electo persiste en la idea de fracturar o minimizar al Centro Democrático, se encontrará frente a un Pacto Histórico dispuesto a fungir como oposición fehaciente, pero también listo para capitalizar cualquier fisura legislativa como un aliado estratégico de la izquierda en todo momento.
La política nacional vuelve a confirmar que los liderazgos mesiánicos y aislados están destinados al sobresalto. Ningún gobernante, por más ímpetu que posea, puede darse el lujo de prescindir de los acuerdos mínimos ni de despreciar a sus aliados naturales. Gobernar es, ante todo, un ejercicio de convivencia donde la soberbia cede ante la necesidad inexorable del otro.
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