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Indignación

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beatriz campillo

beatriz campillo

Indignación, por decir lo menos, fue lo que muchos sectores de la sociedad civil sentimos (y me incluyo), al enterarnos de que Timochenko será candidato a la Presidencia de la República sin pagar un solo día de cárcel. Una noticia que se veía venir y que de hecho ya una valla lo había anunciado (o denunciado) directamente el año pasado en medio del debate sobre el plebiscito. Una valla cruda que sin ambages rezaba “¿quieres ver a Timochenko presidente? Vota si al plebiscito”. Un mensaje sin anestesia que algunos criticaron e incluso pidieron su retiro porque supuestamente propagaba una mentira, que Timochenko sería presidente. En realidad, la frase apuntaba a dibujar un posible escenario futuro, probablemente el peor de todos y por eso a algunos les pareció exagerado y hasta hace poco defendían que era falso, parte de una campaña de desinformación, etc.

Desde una visión realista era más que lógico el peligro anunciado, ¿acaso no es el poder lo que busca cualquier partido político?, ¿acaso no era obvio que aspirarían a la presidencia y que buscan ganarla?, a la gente se le olvida que las FARC no estaban negociando simplemente espacios para departir amablemente con sus camaradas acompañados de un tinto y que no los molestaran. Por supuesto que no, su lucha armada era para tomarse el poder e imponer la revolución, siempre el poder ha sido su objetivo, es más, lo que se busca en la política es el poder, así de simple, así de real, y ellos no escapan a este principio básico; lo que cambia son los medios y lo que se haga con ese poder, pero buscarlo, tratar de conquistarlo es algo connatural a cualquier partido o movimiento que se haga llamar político, el poder está en su esencia, en su razón de ser… por cierto, ese es un pedacito que a los románticos suele olvidárseles.

En un sistema como el democrático intentamos ponerle límites al poder y eso es lo que llamamos un Estado de Derecho, normas claras y para todos, lo que se traduce en seguridad jurídica. Y es que la democracia sin duda tiene múltiples beneficios: garantiza libertades, propugna por la defensa y garantía de los derechos humanos, permite el disenso, la pluralidad, el diálogo, el control del poder, en fin, tantísimas bondades que de momento es difícil imaginarse un sistema mejor.

No obstante, hay quienes con realismo preferimos seguir afirmando que se trata del sistema menos malo entre los posibles, pues sus debilidades también son preocupantes -ya en otros artículos he advertido algunas de ellas- por ejemplo que se parte de un estándar muy alto del ciudadano promedio cuando en realidad no se tiene, que no todas las decisiones deben ser tomadas por mayoría porque a veces son muchos los que ignoran la materia que se discute, que a veces la mayoría puede someter y abusar a las minorías, pero que también curiosamente cuando estas últimas tienen el poder puede darse el caso contrario… como recientemente ocurrió en el plebiscito donde a pesar de haber ganado el “No” la decisión del constituyente primario fue literalmente tirada a la basura.

Pero el sistema democrático tiene una debilidad aún más grande, una profunda dificultad que pocos advierten y es que es un sistema que está diseñado para abrirle también la puerta a las dictaduras. Su talón de Aquiles se presenta al olvidar la Constitución, pues fácilmente se desencadena un pluralismo tan sumamente abierto y sin ninguna referencia a mínimos éticos que permite incluso el ingreso y toma del poder a ideologías que arremeten contra la institucionalidad (más aun cuando se actúa bajo la lógica de las guerras de cuarta generación). Con el esquema simplificado y reductivo, según el cual desde que no se opere con violencia todo es posible y toda posición es respetable, se termina abriendo la puerta a ideologías y grupos que operan como un cáncer que daña desde adentro, eliminan lo material (principios, valores) y dejan solo las formas a manera de camuflaje (por ejemplo, asistir a las urnas), otros ni eso.

Para que el lector me comprenda mejor lo que quiero expresar, planteemos un caso hipotético, ¿qué pensaría usted de un partido neonazi que quiere llegar a la presidencia de su país por vías democráticas?, ¿acaso no sería mínimamente sospechoso que quisiera intentar reproducir los abusos y atropellos de Hitler?… pues bien, el caso es que al menos la esvástica, el bigote de Hitler, o el saludo con el brazo extendido, son hoy símbolos que generan repudio en casi todo el mundo por lo que representan y por ello es más sencillo rechazarlos sin ser tildado de “antidemocrático”, pero al otro lado del espectro político la foto del Che se convirtió en un ícono revolucionario que la gente usa por moda y lo hace aparecer como el “lado bueno” a pesar de su historia de sangre y muerte.

En otro sentido, la reflexión es simple, si apoyas cualquier tipo de ideología en la democracia, ¿apoyaría también la creación de un partido Neonazi?, creo que la respuesta es no, y probablemente la razón sea que el pluralismo debe tener sus límites, porque mis ideas no me deben llevar a atacar a otros en su integridad (daño). Ahora bien, parece lógico que de abrirle la puerta a un partido Nazi no me puedo sorprender de ver después a un Hitler en el poder. Sintetizando, y si se me permite la metáfora, tal vez el permitirles a las FARC ser un partido, sin pasar primero por procesos de justicia y encima regalándoles escaños en el congreso, fue abrir una caja de pandora que muy difícilmente se logra controlar y cuyas consecuencias de lo que está en riesgo aun no dimensionamos, solo espero que Dios nos libre de una dictadura y de la generación de nuevas violencias (otros conflictos).

En la democracia pareciera ser que se parte de un sentido de buena fe tan alta que se cree que todos los participantes que pretenden llegar al poder han aceptado unas premisas básicas que permiten el sostenimiento de ella, pero a veces esa fe es ingenua o incluso ciega porque sigue permitiendo la participación del algunos que directamente amenazan la estabilidad democrática. El riesgo que estamos corriendo con las FARC es alto, no solo porque no se respetó el mandato popular del 2 de octubre de 2016, tampoco se han realizado los trámites de justicia, y como si fuera poco no solo conservan su nombre de un “pasado” de terror, a sus líderes con su línea de mando, sino que aplauden una dictadura como la venezolana, por no enumerar otros tantos problemas referidos a menores, narcotráfico, disidencias y deserciones.

De nuestros hermanos cubanos y venezolanos debemos aprender que la situación es aún peor cuando ya se tiene una dictadura instalada y se pretende derrocar por medios democráticos. La intención es romántica, pero muy pocas veces efectiva, y peor aun cuando se pierde la confianza como lo sugería Fernando de Rincón en la entrevista a María Corina Machado, material que sugerí en mi artículo anterior.

La sociedad debe cerrar filas para defender algo tan precioso como los son nuestras libertades, no es un juego, ojalá no empecemos a valorarlas cuando las hayamos perdido. Es importante denunciar incoherencias y protestar ante un diseño de Estado que está siendo construido a la medida de las FARC. Incoherencias como la que en su momento planteó Popeye, alguien que por supuesto no apoyo, pero que debo reconocerle que supo plantear el debate desde su caso, pues es una persona que pagó más de 20 años de cárcel y no lo dejan participar en política, casi que ni a una marcha pudo asistir tranquilo, pero con las FARC no pasa lo mismo, hasta la plaza de Bolívar se les presta sin problema y cuentan con privilegios que ningún ciudadano de bien tiene. Incoherencias como que a los de la parapolítica les cayeron encima para investigarlos -y aplaudo eso-, pero a los de la FARCpolítica hoy los muestran casi como héroes intocables y nunca sabremos quienes eran, ni cómo llegaban, ni quién los financiaba, pues es un tema que probablemente nunca se investigará… y así podríamos citar muchos casos más. De momento hablando de incoherencias e indignación yo cierro con un caso que sirve de ejemplo para expresar lo que siente el pueblo, y que se resume en el trino en Twitter de Luis Alfredo Ramos “Timochenko es candidato con 450 años de condenas, mientras tanto yo sigo esperando mi absolución para presentarme al debate presidencial”.

Dios quiera que en el 2018 se les pueda derrotar en las urnas y que el resultado tenga su efecto debido… pero después de lo ocurrido en el plebiscito, sumado a los sabotajes a las campañas, yo me temo que debemos buscar garantías, como mínimo debemos intentar custodiar más los votos (más veedores, más mecanismos de verificación)… por supuesto hay que seguir defendiendo la línea democrática, pero no será fácil cuando las FARC tienen tantas ventajas, han ido “limpiando” su imagen, cuentan con financiación y por primera vez juegan con los tiempos a favor desde la misma política, tanto que el sistema se mueve según sus solicitudes. Pese a ello y siguiendo la metáfora de Pandora, hay que recordar que cuando ella atinó a cerrar la caja, Elpis quedó allí, el espíritu de la esperanza no escapó. «La esperanza es lo último que se pierde», hay que seguir trabajado.

Apostilla: A propósito de esos mecanismos de verificación y control, en todas las elecciones recientes hago la misma pregunta ¿por qué ya no firmamos planillas, ni ponemos huella al votar, ni se marca el dedo con tinta?… lo dejo por aquí con la esperanza que llegue a oídos de los partidos, la registraduría y algún ciudadano comprometido, qué tan seguras son las votaciones es una reflexión que necesitamos hacer con urgencia como país.

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