'La Impaciente'

Imaginación y universidad

Por Laura Montoya

En el año 1963, con motivo de la celebración de su tercer año de existencia, York University de Canadá, ofreció una serie de conferencias sobre la imaginación lideradas por el reconocido Científico Jacob Bronowski. Las teorías sobre la especie humana de Bronowski se hicieron populares en los años 70s gracias al documental “El Ascenso del hombre” trasmitido por la BBC en 1973.

La universidad, con toda la autoridad que ostenta en la sociedad contemporánea, es una de las instituciones más conservadoras y resistentes al cambio. Al mismo tiempo es la que mayor luz puede irradiar en la búsqueda de soluciones a los grandes retos de la humanidad. Este dilema conlleva a muchas preguntas que hoy continúan elusivas. La respuesta podría estar en esa cualidad omnipresente en la especie humana: la imaginación.

La imaginación es la fuente primaria de la creatividad. Solo quien puede recrear en su mente esas cosas, ideas o procesos que aún no existen, podrá hacerlos realidad. Entre mejor los recree o simule en su mente, mejor será su desempeño al hacerlos. El proceso de aprender puede y debe seguir la misma lógica. Aprender en todo el sentido de la palabra implica que el conocimiento se forme en la mente del individuo a partir de experiencias -o experimentos- en su propia realidad. Se trata de aprender haciendo.

En el niño este tipo de aprendizaje conlleva a capacidades cada vez más elaboradas para diseñar en la mente, poner a prueba, realizar profundos y expeditos análisis y tomar decisiones concretas. Una gran capacidad imaginativa es una gran capacidad de aprender. Este enfoque sigue siendo incipiente en nuestro sistema educativo. Tan incipiente que aún lo consideramos disruptivo.

Para la gran mayoría de estudiantes este “entrenamiento” imaginativo en la escuela, o en la universidad, es una utopía. La imaginación parece haberse ausentado de las aulas hace mucho tiempo y, en consecuencia, se ausentó también de otros campos del quehacer humano que toman su materia prima de la educación. Quienes lideran el mundo productivo, y más aún la religión o la política pocas veces se destacan por tener una imaginación que trasforme realidades.

La mayor parte de nuestros líderes se obsesiona por competir con sus predecesores y rivales. Su método es imitar o impugnar, al fin y al cabo, compararse, sin llegar elaborar ideas con potencial de transformar. En la ciencia, campo que privilegia las certezas, el uso de la imaginación puede ser fuente de descrédito y esto ha alejado a los científicos de la ciudanía común. Tal vez el arte es la excepción a la regla.

El artista expande nuestra percepción de la realidad. Sin obsesionarse con el significado, la contemplación e interpretación de la obra artística enriquece nuestros procesos mentales y nuestra capacidad de imaginar. “El arte ha sido dispuesto deliberadamente para evitar que tomemos decisiones”. Tal vez con el propósito de recordarnos que hay alternativas para el actuar humano. El arte no emite juicios morales sobre una u otra alternativa, más bien actúa como medio para desafiar la realidad, o el destino.

La ciencia por su parte nos ofrece un único significado, una aproximación concreta e inequívoca de la realidad. En este sentido se complementa con el arte para dotar al ser humano de un elevado sentido de cognición. Con frecuencia ese potencial de unificar o centralizar el significado ha llevado a sobreponer el valor de la ciencia al del arte. La capacidad fáctica de la ciencia supone que no es necesario experimentar sus postulados, basta con aceptarlos.

Nada más falaz y desalentador para la imaginación. Ningún trabajo creativo, del arte o la ciencia, existe para nosotros a menos que nosotros mismos ayudemos a recrearlo, como mínimo en nuestra mente. Al desconocerlo, la educación, obsesionada con el aprendizaje de las ciencias, se convirtió en un escenario plano y ajeno a la imaginación. Al separar razón e imaginación, tal vez por conveniencia de la organización académica, privamos a los niños de grandes oportunidades.

En su tercer año de existencia la Escuela Latinoamericana de Ingenieros, Tecnólogos y Empresarios, ELITE, reúne una comunidad que aspira a ser esa élite emprendedora y con gran capacidad de imaginar futuros deseados, que transforme a Colombia. Un logro que celebro recordando esta brillante reflexión sobre la imaginación y la universidad, expuesta por grandes pensadores hace más de cincuenta años y aún vigente.



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