¿Por qué la eutanasia es ser excluyente con uno mismo?

Por: Nubia Leonor Posada González

Hay lenguajes a favor de la eutanasia que llaman la atención por su ambigüedad.

Por ejemplo, se ha señalado este falso “derecho”, como la propiedad que tiene una persona para acceder a una muerte médicamente asistida de acuerdo a sus creencias y sin obstáculos. En esa expresión se confunde un acto evidentemente homicida -adelantar la muerte de un ser humano enfermo-, con un acto médico: cuidar al enfermo entero, incluyendo su vida, integridad, salud, la relación con sus seres queridos y con el equipo con el que se realiza este trabajo.

Para que un ser humano acierte en sus decisiones, actitudes y conductas, debe descartar las creencias que no sean sustentables racionalmente, en las que no encuentra motivos suficientes de credibilidad después de haber procurado consultar y estudiar a fondo la evidencia actual, en vez de valorar tanto, tanto, las creencias, que en nombre de estas sacrifican la vida del que las posee.

La inteligencia es capacidad de enterarse de lo que es y el deseo coherente con el conocimiento, contribuye a reconocer, respetar, conservar, comunicar fielmente, promover, defender y desarrollar, lo que es. Para madurar armónicamente, una persona necesita determinarse de modo responsablemente libre, a alcanzar una gestión asertiva de sus tendencias y deseos, de modo que los aproveche como ocasión para avanzar hacia su pleno desarrollo, el de su familia y el resto de la sociedad.

La eutanasia es un fracaso mortal en la gestión del deseo de huir del sufrimiento y del cansancio, y contradice el acto de lo que en salud se denomina “asistir”. Quienes pertenecemos a los gremios de la salud, sabemos que asistir es cuidar del mejor modo, que es lo que merece todo miembro de nuestra especie, por la perfección de su humanidad, permanente en todas las etapas y circunstancias de su vida.

Descuidar no es asistir, sino que es falta de la debida asistencia, y peor que no asistir, es extinguir a un ser humano, que siempre tiene derecho cuidado necesario para descubrir el sentido de su vida y de todo lo que durante esta le sucede, que es recibir y dar el amor más completo posible, así se muere con la alegría de ver que se ponen todos los medios para lograr el mayor bien para cada uno. Esto incluye la mejor atención en salud que sea posible.

Algunos pretenden justificar la eutanasia señalando que la persona ha muerto de acuerdo con sus ideas, autonomía y dignidad. Estos tres términos son espirituales, hacen referencia a una realidad simple e infinita, en cambio el sufrimiento físico y la muerte, son fenómenos biológicos, fisicoquímicos, caducos. Pero en el ser humano, como realidad constituida por ambas perfecciones, el adelanto de la muerte es la privación infinita de bien espiritual, para sí mismo o para otros, que solo se puede conseguir si el cuerpo está vivo.

Si las ideas no coinciden con lo que es realmente el bien en que consiste un ser humano, que por ser una realidad más perfecta que el resto de lo conocido en el universo, es denominado digno, tampoco la autonomía es plena ni su ejercicio acertado, y nunca cumple su razón de ser, que es el mayor bien posible para la persona. Al destruir a esta son su autonomía, hay una evidente contradicción.

Pretender justificar la eutanasia como “control de la vida misma” es negar que para poder controlar hay que estar vivos y que con la práctica de la destrucción de un ser humano, se quita plenamente toda capacidad de su control: es contradictorio exaltar que se controla la destrucción del control, cuando su efecto es la destrucción de aquel cuyo control se exaltaba.

Hacer que la gente piense que solicitar su propia destrucción es acertar en su autocontrol, es un engaño tan eficaz como macabro, para dominar controlando; si se es consciente de esto, es profundamente irónico despótico y antihumano, engañar mortalmente, también cuando se utilizan las expresiones más evidentemente contradictorias.

Esta forma de aniquilación de un cuerpo personal vivo -parte constituyente de un ser humano en este mundo- es un ataque directo al libre desarrollo de su personalidad que, evidentemente, no se acrecienta en un cadáver: no hay personalidad sin persona.

Esta y otras acciones características de lo que hace decenas de años fue sintetizado universalmente con el término “cultura de la muerte”, son promovidas a través de la inclusión legal de la matanza de seres humanos, bajo pretextos como los de no querer sufrir (eutanasia) o que otros no quieren sufrirlos (aborto y criptotanasia o práctica homicida a escondidas, causando la muerte de un ser sufriente), o de sentir sin los límites de la responsabilidad de valorarse y de cuidar solidariamente el impacto social de las propias acciones (conductas aisladas, aficiones o incluso adicciones, que contradicen los derechos fundamentales a la vida, la salud, y el deber de autocuidado).

También merecen ser escuchados quienes concluyen que todo esto puede ser coincidente con el desprecio a un ser humano, pretendiendo justificarlo con un falso aprecio a su libertad, propiedad que, por supuesto, también desaparece por medio de estas estrategias de ataque letal.

El ser humano sí es capaz de hallar un sentido al sufrimiento, pero, contradiciendo el Artículo 11 de la Constitución Política de nuestro país –“El derecho a la vida es inviolable”, la Corte y el Gobierno prefirieron usar también esta estrategia antihumana de solucionar los problemas destruyendo a seres humanos, justificando en el deseo la destrucción de un ser humano y con esta, su capacidad de desear.

Es evidente que, quien se sabe limitado, si se cierra al estudio de realidades distintas a lo limitado, solo producirá respuestas insuficientes, siempre más imperfectas que su autor, porque, al ser una acción suya, no abarcan ni superan el bien que es, ni coinciden con el sentido de su propia libertad, de su existencia, del sufrimiento inherente a su sensibilidad y de la caducidad de todo cuerpo biológico, y demás fenómenos inherentes a su ser y a sus decisiones.

Cuando se procura trabajar profesionalmente la Bioética, al ser un conocimiento global, no se evaden subtemas expresados por los protagonistas de los hechos que se analizan, incluso si estos manifiestan argumentos religiosos con los que expresan sentirse coherentes. Hay que estudiar, en lo posible, las fuentes primarias en las que sustentan lo que expresan.

A causa de esto, la Bioética no es laicista porque no pretende ser excluyente con los que profesan creencias religiosas, ni con Dios, como tampoco lo somos la mayoría de colombianos cuando decidimos conocerlo en la Torá, la Biblia (https://www.vatican.va/archive/index_sp.htm), el Corán y demás fuentes de acceso en internet, y autónomamente ser amigos de Él, y tampoco es excluyente de Él nuestra Constitución Política, que en su Preámbulo señala: “El pueblo de Colombia, invocando la protección de Dios, y con el fin de fortalecer la unidad de la Nación y asegurar a sus integrantes la vida”. La eutanasia no le garantiza la vida a ningún integrante al que se la practican, porque su efecto es matarlo.

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Lo que sí potencia al máximo la solución a todo lo que nos sucede, es aprender a procurar el bien mayor para cada ser humano, por encima de todo sentimentalismo que es una de las expresiones más comunes de inmadurez afectiva y que se extiende como una pandemia a costa de la vida de miembros de nuestra especie. La eutanasia es como un sacrificio de sí mismo, ofrecido a la “divinidad” de sus propios sentimientos y quienes la practican también obran como idolatrando esos sentimientos, a costa de destruir a la persona y, con ella, a los sentimientos que poco antes habían rendido culto: “por encima de la persona”.

¿Por qué camino se ha llegado a ese extremo de ceguera? Por valorar más el deseo que al ser que desea. Esta es una gran descontextualización respecto de sí mismo y de los demás, que requiere una interdisciplinariedad más amplia y profunda en el trabajo bioético.

Colombia necesita una educación escolar y universitaria, más rica en contenidos sobre Antropología de la afectividad y de la integración de la familia, porque este grupo humano, al constituirse por amor y para ayudarse siempre, sabrá encontrar las mejores soluciones, rectificaciones, rehabilitaciones y paliaciones, a las fragilidades y a los retos que tienen sus miembros, en la ruta de su pleno desarrollo, especialmente en los momentos de sufrimiento y cansancio.

Es antihumano que en los colegios y universidades no se enseñe lo que la humanidad ha alcanzado a conocer sobre la dignidad de todo miembro de nuestra especie, que hace posible que se entienda que cada uno, sin excepciones, es merecedor de los mejores cuidados cuando sufre, enferma y vive el proceso natural de morir, y que está siempre ligado a su originante, que lo trasciende y da la correspondiente continuidad a todo.

Son muchas las demostraciones históricas de que, sin Dios, el ser humano acaba haciéndose daño y causándolo a otros, porque comete los mayores y más peligrosos errores, derivados de absolutizar lo parcial, dogmatizar lo que es aparente y otorgarse lo que solo es derecho de Dios.

No se es justo con un ser humano destruyéndolo, sino estudiando lo necesario para concluir racionalmente el sentido de la existencia de cada uno, respetarlo, aceptarlo, tratarlo, confiar en el bien que es y ayudarle, también cuando sufre.

Así se aprende mejor que el sentido de la vida se alcanza procurando el mayor bien posible para sí mismo y los demás, de modo constante y creciente, en coherencia con la propia dotación natural, y no desconociéndola, maltratándola ni mucho menos acabando con la vida propia o ajena.

En Bioética no hay evidencia científica para negar lo que no se conozca ni para despreciar lo que tiene la perfección de ser y por eso se le denomina bueno. Es claro que no basta ejercer la libertad para alcanzar a ser asertivo, a lograr lo que más le conviene un ser humano según lo que lo constituye. Es necesario esforzarse siempre por adquirir el conocimiento suficiente para acertar en las decisiones, actitudes y acciones.

Para destruir no hace falta mucha cultura, pero para lograr el pleno desarrollo sí se requiere aprender el mejor modo de ejercer la propia libertad, porque esto conlleva liberarse también del error y sus efectos, de enfermedades y muertes evitables, de la infelicidad y el desamor, de la desunión en la familia y la desintegración de la sociedad y del individualismo extremista que encadena a las personas en la oscuridad creciente de su egoísmo, forma de ceguera desde la que quienes la padecen alaban el daño que causa, adjudicándole a sus efectos todos los nombres que significan lo contradictorio del despojo que el egoísta hace de su capacidad de amar.

El egoísta no alcanza a ver que su “felicitad” es el modo como enmascara su actitud antitética de lo que significa esta palabra ni ve que pone el nombre de “libertad” a lo que le impide conocer, aceptar sus condiciones, desear, alcanzar y acrecentar, una libertad muy superior a la que puede percibir y que es la que sí sacia sus deseos más profundos, la que se conoce mejor con cada decisión perfeccionante del sí mismo real, no del que él se reinventa en su propia miopía.

Pero no solamente los individualistas extremistas están en riesgo de ser víctimas al alcance de los promotores de la cultura de la muerte. ¿Qué sabe, entiende o le interesa, de lo anterior, a un ciudadano que pide ser excluido del universo conocido con la práctica de la eutanasia, cuando está cansado del sufrimiento que le causa su enfermedad crónica o, sencillamente quiere que lo maten porque “no le encuentra sentido” a vivir?

Por ejemplo, en la noche del viernes 7 de enero de 2022, en Cali, a Don Víctor Escobar Prado se le practicó eutanasia “legal”, entre comillas, porque no hay Ley a favor de la eutanasia: el Congreso de la República de Colombia, ejerciendo cabalmente sus competencias constitucionales, ha defendido la inviolabilidad del Artículo 11 de nuestra Constitución Política que señala “El derecho a la vida es inviolable”.

Cuando se relativiza esta afirmación, también se relativiza la destrucción de seres humanos y este fue el peor error de la Corte Constitucional, el que debe corregir cuanto antes, porque no es jurisprudencia, sino “jurisimprudencia”.

Don Víctor fue el primer paciente no terminal en Latinoamérica, destruido “legalmente” con esta práctica. No siempre lo legal coincide con lo justo, aunque se incluya y repita, en un sistema que supuestamente es “de justicia”. La repetición del error lo agrava, nunca es causa de acierto ni de derecho.

No siempre coinciden lo justo y la costumbre. La víspera de que, parece que con la aceptación de él, sin saberse con qué calidad de información pidió que acabaran con su vida, expresó lo que probablemente no llegue a decir un individualista extremo: “[…] no digo adiós, sino hasta luego y poco a poco nos iremos encontrando donde Dios nos tenga. (https://www.eltiempo.com/colombia/cali/eutanasia-a-victor-escobar-decidio-donar-sus-organos-643787).

El individualista extremo, también “hasta el extremo” -aquí vale la redundancia-, ha excluido a Dios de su corazón y, sin argumento racionalmente bien sustentado, desprecia a quien no conoce, lo descarta de sus intereses y, a veces, lo ataca.

Aquí parece notarse nuevamente la ambigüedad de los lenguajes a favor de la eutanasia; don Víctor hablaba de un encuentro con Dios y parece haber dado por hecho que tenía un lugar preparado no solo para él cuando lo destruyeran, sino también para las personas a las que él se estaba dirigiendo por ser un programado futuro aniquilado voluntario. No se trataba de un laicista, sino de un creyente que, en el citado video de El Tiempo, mencionaba una y otra vez su amor y agradecimiento a sus parientes y a los cómplices que lo destruyeran.

En un país en el que la inmensa mayoría de ciudadanos profesa credos religiosos que aceptan y enseñan los 10 mandamientos, “No matarás” suele reconocerse como un imperativo puesto por Dios en el segundo libro revelado judeocristiano más antiguo. En su conciencia, además de esta revelación del mandato dado por Él, son capaces de concluir que, si ellos se consideran un bien, deben valorar y respetar a los demás de su especie.

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Se suele difundir culturalmente que el bien que es cada ser humano, es algo que debemos tener en cuenta para acertar en el ejercicio de todos los derechos incluyendo el de ejercer la libertad de modo que también con esta capacidad logremos el pleno desarrollo humano.

También al día siguiente de la muerte de don Víctor, fue destruida otra persona de educación judeocristiana, doña Martha Sepúlveda, con la práctica de la eutanasia ilegítimamente “legal”, con comillas por su falta de unidad con lo justo, convirtiéndose en la segunda ciudadana que, sin ser enferma terminal, había obrado como si Dios, que ordenó el quinto mandamiento, se hubiera contradicho y estuviera de acuerdo con que la mataran por solicitud de ella.

En una entrevista del año pasado a doña Martha, se escucha al periodista: “La gente que dice ‘¿Pero por qué no lucha más?’, ¿Tú qué les contestas?” Ella expresó: “Cobarde seré pero no quiero sufrir más, estoy cansada”. Él amplía: ¿Pero te vas sin remordimientos? Ella respondió: “Totalmente”. Él continuó: ¿Cómo hace uno para llegar a ese sentimiento de tranquilidad espiritual? Ella dijo: “Yo pienso que es Dios el que me fortalece en todo momento”.

Esto podría significar que, en medio de su cansancio y su deseo de no seguir sufriendo, testimonia públicamente que experimenta la ayuda de la fortaleza de Dios, signo de comenzar a vivir una intimidad mayor con Él, ya en esta vida. Pero sabiendo que está vivido este regalo de fortaleza, decide que la maten.

No existe el derecho a juzgar la conciencia de un ser humano, solo plenamente conocida por su Autor. Cada uno es un misterio, nadie termina de conocerse. Esto no significa que no se puedan analizar las palabras y las obras, que son externas, para identificar lo que se puede identificar y aprender de estas experiencia. En doña Martha se observó la contradicción entre procurar su muerte y el mandato divino “No matarás”, y entre la fortaleza que ella testimonió que recibió de Él y el hecho de rechazar este regalo, ayuda que era suficiente -divina- y que no le quitó su libertad, con la que podía crecer como persona -espiritualmente-, también en medio del sufrimiento y el cansancio inherentes a la condición humana.

Se polarizó en su sentimiento valorándolo por encima del bien que era ella misma y, en nombre de su deseo a que cesara su cansancio de sufrir, le procuraron, por solicitud de ella, su propia destrucción.

La eutanasia es una forma extrema de ser excluyente con uno mismo, al pedir la propia aniquilación física. Un modo de evitarla es aprovechar lo que sucede, sea lo que sea, para aumentar la intensidad de vida haciéndose feliz convirtiendo las dificultades en ocasiones de centrarse en las personas, en amar aún más.

El hijo de Martha, que puso medios para que la destruyeran con la eutanasia, afirmó en octubre de 2021, cuando parecía inminente que se la practicarían: “Yo lo vi como el acto de amor más grande que he hecho nunca en mi vida porque, a priori, yo necesito a mi mamá, la quiero conmigo, casi que en cualquier condición, pero sé que, en sus palabras, “ya no vive”, sobrevive. Es otra contradicción del discurso de la cultura de la muerte, dar por hecho que es un acto de amor destruir a un ser de nuestra especie, en nombre de la valoración que éste o terceros determinen reconocerle al modo como sucede su desarrollo existencial.

La Bioética es una forma de potenciar el trabajo conjunto de quienes se han preparado en ciencias empíricas, sociales y humanísticas, incluyendo la Teología y la Teodicea, y demanda el esfuerzo de analizar todos los datos que lleven a la mejor valoración y solución.

El nombre “Comité Científico Interdisciplinario para el Derecho a Morir con Dignidad”, es otra evidencia de la contradicción de la cultura de la muerte; es del todo inadecuado que haya revisores técnicos cómplices y, por eso, también de algún modo culpables, que fácilmente llevan a recordar las excusas de los médicos que investigaban con procedimientos homicidas y que fueron condenados por el Tribunal de Núremberg, aunque ellos se justificaban diciendo que obedecían órdenes del Estado. Sus acciones, sumadas a las de otros, tenían como efecto la muerte de seres humanos para la que exigían su acción.

No existe una disciplina científica en la que se pueda demostrar aplicando su propia epistemología, que sea acertado destruir a un ser humano para aliviar su dolor o ayudar a terceros. Matar a un miembro de la familia humana no es un derecho, ni de él -es un bien más valioso que sus deseos- ni de quien lo destruya.

La muerte es digna, no porque sea deseada por quien es asesinado, sino porque el que muere es un ser humano; por eso el trato digno a quien de modo natural -el único digno- muere, es brindarle con amor, hasta el final, los mejores cuidados, también los de alta competencia psicológica, psiquiátrica, espiritual y religiosa si profesa un credo, tratarlo con cariño y facilitarle la mayor cercanía posible con sus seres queridos.

No basta la interdisciplinariedad en estos Comités, hace falta que los constituyan profesionales altamente competentes y proactivos para que jamás, en nombre de las profesiones de la salud, se haga daño a algún ser humano, y menos si es mortal, como sucede con la eutanasia.

Hay que lograr todas las soluciones para evitar la eutanasia. Por ejemplo, en vez de imponer a las EPS que consigan que haya médicos que maten a enfermos, se debe promover, también con medidas educativas y jurídicas, y demás recursos necesarios, que no falten los mejores cuidados a los enfermos crónicos y terminales, incluyendo el máximo alivio de su dolor y demás molestias, y el apoyo que necesitan sus familias y cuidadores.

Ojalá en el equipo de profesionales de la salud, nunca falten quienes tengan posgrado en estudios más directamente relacionados con la familia, grupo humano en el que, por el amor creciente con que fue constituido, se suele asumir también el cuidado de los enfermos y otros necesitados de cariño y ayuda. En Bioética se debe desarrollar más la educación e investigación en Biofamilia.

Quien muere amando, muere feliz y quien ama cuidando al más frágil, vive feliz y tiene en sí mismo el mejor consuelo, incluso en medio del sufrimiento inevitable y el cansancio, por el que también al cuidador se le debe asistir bien.

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