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Estrato, género y cambio climático

Por: Santiago Preciado

Santiago Preciado Inclusion

Uno de los grandes desafíos que tenemos como humanidad es adaptarnos al cambio climático, para ello es necesario entender varios elementos:

Existe el cambio y la variabilidad climática. El primero está asociado a una variación de la temperatura que es de largo plazo, traducidos en, milenios y siglos de cambios graduales que han requerido de años de seguimiento, registro y estudio para ser constatados. La segunda hace referencia a un comportamiento “anormal” del clima que se presenta con cierta frecuencia, aunque es temporal, ejemplos de esta puede ser el fenómeno de la niña que se caracteriza por un calentamiento inusual de las aguas del océano pacífico en la zona ecuatorial, lo cual genera una serie de efectos en la atmósfera, en el océano y en las zonas continentales.

Colombia está ubicada en la zona intertropical, razón por la cual no tiene estaciones, pero desarolla un régimen bimodal de lluvias, por lo que las consecuencias de la variabilidad climática presentan unas características diferentes a las de otros países, por ejemplo, el fenómeno del niño que genera nubes y precipitaciones en Perú y Ecuador, pero en Colombia cambia la circulación de los vientos, que desplazan las nubes y disminuye los posibilidades de lluvia, lo que disminuye la disponibilidad de agua, y genera condiciones de sequía.

En los últimos tres siglos, el desarrollo del capitalismo, el aumento de la actividad humana, la quema de combustibles fósiles para la generación de energía para la producción, el cambio de coberturas vegetales y la transformación de las características de la superficie terrestre, han generado cambios en la composición de la atmósfera con el aumento de gases de efecto invernadero, alterando el balance de radiación del planeta, es decir, alterando la entrada y salida de la energía y la luz del sol, generando un incremento de la temperatura de la atmósfera planetaria.

El calentamiento global ha generado el denominado cambio climático y sus consecuencias se evidencian en el aumento de eventos de lluvias fuertes, el incremento en la frecuencia de ciclones, tormentas, heladas y huracanes en el trópico, sequías más prolongadas y la intensificación de los fenómenos asociados a la variabilidad climática, como el niño y la niña.

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Frente a ello, es evidente que una de las consecuencias más graves y dolorosas es el deterioro del planeta Tierra y la naturaleza. El mayor problema que sin duda afrontamos como civilización, es que nuestras sociedades no están preparadas para asumir las consecuencias del cambio climático, que generará el derretimiento de los glaciares y nevados que abastecen las ciudades y poblados, cambios en los ciclos de floración y fructificación de las plantas de cultivo, entre otros fenómenos que dificultan la reproducción de la vida.

Entre 1950 y 1980 se recogieron datos que demostraron que la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera venía aumentando rápidamente, desde esa época, científicos, científicas y diversas organizaciones vienen advirtiendo a la sociedad en general y a los gobiernos sobre la necesidad de construir políticas y planes que nos permitan adaptarnos al cambio climático, por lo que es necesario tomar medidas conscientes, efectivas, colectivas y vinculantes, puesto que las capacidades estatales en la actualidad no son aptas para afrontar la crisis climática.

Para enfrentar este complejo problema y encontrar medidas efectivas, es necesario entender que sus consecuencias, particularmente en nuestra ciudad afectan de manera diferenciada a las personas según el estrato y el género, como lo confirman ocurrido en los últimos años y meses.

Son los barrios populares, poblados de las grandes masas de trabajadores y trabajadoras, de las y los excluidos, quienes por su condición económica y sus condiciones laborales no cuentan ni con los recursos, ni con la tecnología adecuada necesaria para construir sus casas en las laderas de Medellín de manera que resistan la escorrentía del agua y la inestabilidad del suelo.

Son las mujeres, en una ciudad que ha sido levantada y criada por familias con padres ausentes, quienes en los momentos de riesgo se quedan a proteger a quienes cuidan. Esta es la razón por la que en las cifras de familias que acceder a paquetes alimentarios de atención de riesgo se han atendido 1.670 familias con jefatura femenina y se han entregado un total de 2.178 paquetes alimentarios mientras que se han atendido 842 hogares con jefatura masculina y se han entregado 1003 paquetes alimentarios durante el año 2022, ratificando una vez más la necesidad de tener presente estos riesgos y afectaciones diferenciales para generar acciones efectivas.

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Será necesario entonces que las ciudades, sus gobiernos, las organizaciones y las comunidades en general trabajen de manera colectiva para poner en marcha las acciones que se requieren para adaptarse al cambio climático y mitigar los riesgos que este genera, para ello será necesario contar con recursos suficientes, marcos regulatorios adecuados y capacidades de acción, gestión y articulación.

Sin ser catastróficos , requerimos hacer un énfasis en la adaptación al cambio climático para que la humanidad prevalezca, debemos considerar medidas urgentes para pensarnos una ciudad que genere estrategias y acciones de adaptación para elementos como la gestión del riesgo de desastres, que pueda hacerse valorando el conocimiento de las comunidades, también para la necesidad de avanzar hacia una infraestructura resiliente. Urge generar políticas y procesos para la seguridad y la soberanía alimentaria de nuestra ciudad, mejorar las condiciones de hábitat y vivienda que dignifiquen la vida, así como la salud pública, pues el aumento de la velocidad de la variabilidad genética nos hace cada vez más vulnerables a epidemias.

Los gobiernos deberán materializar en acciones concretas las política y los planes pensados para la adaptación, así como las comunidades y organizaciones deberán poner de su parte, identificando los factores de riesgos en sus territorios y haciendo la autogestión necesaria para mitigarlos. El Estado está en la obligación de reconocer, articular y apoyar todas las acciones de la sociedad y de las organizaciones comunitarias como las JAC, Las JAL, las mesas ambientales y de gestión de riesgo, pudiendo entonces abrir la posibilidad de que se actué desde lo nacional, lo local, estatal, gubernamental y desde la sociedad.

Finalmente, es significativo hacer una reflexión sobre la importancia de la producción del conocimiento científico sobre el clima y su comportamiento, incluyendo los riesgos y las estrategias de adaptación que vienen desarrollando las comunidades, muchas veces en acompañamiento de organizaciones y universidades, ya que constituyen un factor determinante a la hora de tomar decisiones informadas que nos ayuden a garantizar la protección de la vida de las personas y la naturaleza.

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