Resumen: Es inaudito que las escuelas de conducción, en un alarde de negligencia absoluta, mutilen la formación teórica bajo el pretexto de que "quien conduce carro ya lo sabe todo"
Vencer un miedo de la infancia es, por lo general, un acto de liberación. Hace poco decidió apagar ese temor eléctrico que sentía hacia las motocicletas, esas máquinas que siempre admiré pero que veía con un respeto casi paralizante. Tras años de ser un ciclista urbano y un conductor de automóvil con licencia vigente desde hace dos décadas, obtuve finalmente mi pase de moto. Sin embargo, lo que debía ser una satisfacción personal se transformó en una profunda indignación. He sido testigo excepcional de cómo el sistema de formación vial en Colombia no es más que una farsa peligrosa, una “fábrica de licencias” que prioriza el trámite sobre la vida.
Es inaudito que las escuelas de conducción, en un alarde de negligencia absoluta, mutilen la formación teórica bajo el pretexto de que “quien conduce carro ya lo sabe todo”. Según la norma, un aspirante a categoría A2 debería cursar 28 horas de teoría que abarcan desde ética y seguridad vial hasta mecánica básica y primeros auxiliares. A mí, en cambio, me despacharon con una única sesión de cuatro horas mediocres, donde el instructor estaba más ocupado digitando frente a una pantalla que enseñando la diferencia entre un freno de disco y uno de tambor. Ignoran que la normativa se actualiza y que un repaso de conocimientos no es un capricho, sino un blindaje contra la muerte en el asfalto.
La estafa continúa en el asfalto. Las clases prácticas, que legalmente deben ser de 15 horas de instrucción real, se convierten en jornadas inhumanas y antipedagógicas. Me vi obligado a cumplir bloques extenuantes de hasta seis horas continuas; una locura física para alguien que apenas está asimilando el equilibrio y la coordinación de los mandos. Es como pretendiente que un principiante viaje de Medellín a Manizales en su primer día. El cuerpo se tensa, los sentidos se agotan y la concentración se diluye. Ante este desgaste, la respuesta del instructor no es el rigor, sino la complicidad: “negociar” menos horas para terminar antes, sacrificando la pericia del aprendiz en el altar de la pereza individual.
Lo más aberrante del proceso es la descartada propuesta de fraude que parece ser el estándar del sector. “¿Usted ya sabe manejar?”, preguntan con una naturalidad que asusta. Si la respuesta es afirmativa, le sugerirá al alumno que no asista a las clases, mientras ellos se encargan de engañar a la plataforma estatal validando horas que nunca ocurrieron. Se encontraron conmigo, que no sabía y que exigí mi derecho a aprender, pero ¿cuántos salen hoy a las calles con un plástico en la billetera sin haber tocado jamás un manubrio? Es un asalto a la fe pública y una condena a muerte para el resto de los actores viales.
Me pregunto entonces: ¿dónde están el Ministerio de Transporte y las autoridades competentes? Es urgente que se realicen auditorías internas e inspecciones sorpresa que desmantelen estas mafias de la educación vial. Si conducir un vehículo es la actividad más peligrosa que realiza un ciudadano promedio, ¿cómo es posible que el control sea tan laxo? El aumento desbordado de accidentes de tránsito en Colombia no es una casualidad ni un castigo divino; es la consecuencia directa de un sistema que permite que cualquier persona sin dominio, pericia ni conciencia ruede por nuestras carreteras.
Debemos dejar de ver la conducción como un simple acto mecánico de mover palancas. Hoy, miles de ciudadanos dependen de este oficio para trabajar en plataformas o transporte público; es una responsabilidad profesional que impacta la vida ajena. Manejar exige un conocimiento técnico y ético riguroso que debería ser tratado, como mínimo, como una técnica profesional. No es cuestión de “saber mover el bicho”, es entender la física del riesgo, la mecánica del automóvil y el valor sagrado de la norma. Mientras el proceso sigue siendo un trámite de ventanilla y no una formación académica, seguiremos contando cadáveres.
Hoy guardo mi licencia de moto con un sabor amargo. Me siento capaz porque me empeñé en aprender a pesar del sistema, no gracias a él. Rechazo profundamente que las escuelas de conducción jueguen con la vida de la gente para ahorrar unos litros de gasolina o unas horas de oficina. Reflexionemos: cada vez que usted ve un accidente en el noticiero, recuerde que detrás de esa tragedia probablemente haya un instructor que no dio su clase y una autoridad que miró hacia otro lado. Es hora de exigir que aprender a conducir deje de ser una estafa compartida y se convierta en la garantía de que todos regresaremos a casa.
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