Resumen: El petrismo no es víctima de la política tradicional. Es su heredero más hipócrita. Se alimenta del mismo oxígeno que juró envenenar: plata concentrada, lealtades compradas, silencios cómplices y una base militante dispuesta a justificarlo todo
El petrismo no vino a cambiar la política colombiana. Vino a ocuparla, a exprimirla y a justificar lo que antes denunciaba con espuma en la boca. La diferencia es semántica: cuando el dinero dudoso financiaba a otros, era corrupción; cuando aparece en su propio círculo, es “financiación reportada conforme a la ley”. Así de simple. Así de cínico.
Las revelaciones sobre la financiación de las campañas de Iván Cepeda y Carolina Corcho no son un error administrativo ni una casualidad contable. Son la radiografía de un proyecto político que se llenó la boca hablando de ética mientras aprendía a mover plata como cualquier maquinaria tradicional. Grandes aportantes, préstamos de amigos del poder, empresas sin solidez evidente, concentraciones obscenas de recursos para consultas internas que nadie pidió. Todo muy “popular”, muy “del cambio”.
Iván Cepeda, el fiscal moral de la República, el inquisidor profesional de la política colombiana, hoy aparece defendiendo esquemas de financiación que hace años habría calificado como captura del poder. Carolina Corcho, la predicadora del purismo ideológico, termina financiada como si fuera una candidata del establecimiento que dice odiar. La revolución financiada a crédito.
Y Gustavo Petro, el gran pontífice de la superioridad moral, guarda silencio. El mismo que exigía renuncias, cabezas y hogueras públicas cuando la sospecha rozaba a sus adversarios, ahora se esconde detrás de tecnicismos legales. Porque en el petrismo la ley no es un límite ético: es una coartada.
No se trata —todavía— de delitos probados. Se trata de algo peor para un movimiento que se vendió como redentor: la evidencia de que su discurso era una estafa emocional. Prometieron dignidad y entregaron contabilidad creativa. Prometieron decencia y repartieron favores financieros. Prometieron “caiga quien caiga” y hoy aplican el “cállese y aguante”.
El problema no es que reciban dinero. El problema es que mintieron. Mintieron cuando dijeron que ellos no eran como los demás. Mintieron cuando señalaron a todo el sistema como podrido mientras aprendían a navegarlo con comodidad. Mintieron cuando usaron la indignación como arma electoral y hoy piden comprensión y paciencia.
El petrismo no es víctima de la política tradicional. Es su heredero más hipócrita. Se alimenta del mismo oxígeno que juró envenenar: plata concentrada, lealtades compradas, silencios cómplices y una base militante dispuesta a justificarlo todo en nombre de una causa abstracta.
La ética del petrismo dura exactamente hasta que aparece una transferencia bancaria. Después, todo es relativo, todo es contextual, todo es persecución mediática. La moral es flexible; el poder no.
Al final, la gran transformación resultó ser un truco viejo: cambiar el discurso, no las prácticas. Y cuando la supuesta reserva moral del país termina explicando sus finanzas como cualquier político tradicional, lo único revolucionario que queda es el descaro.
No es un escándalo de números. Es un escándalo de carácter. Y el petrismo, una vez más, reprueba el examen que él mismo inventó.
@JuanDaEscobarC
- Compartir:
- Compartir en Facebook
- Compartir en X (Twitter)
- Compartir en WhatsApp
- Comentarios
Colombia