Resumen: En los 90’s generalmente, las noticias se conocían por los colegas de la radio, casi siempre Caracol y RCN, que eran los que tenían el mayor cubrimiento no solo geográfico sino también de fuentes
Inimaginable, casi surreal para los periodistas de hoy, treinta años después del periodismo que nos tocó.
En los 90’s generalmente, las noticias se conocían por los colegas de la radio, casi siempre Caracol y RCN, que eran los que tenían el mayor cubrimiento no solo geográfico sino también de fuentes.
Como no existía Internet ni los teléfonos inteligentes, a los que más duro nos tocaba era a los que trabajábamos en televisión, porque debíamos convertir esas noticias en imágenes reales para dárselas a conocer al país y al mundo.
Solo cuando llegaban las cámaras de la televisión a grabar se conocía la magnitud de las noticias, trágicas y violentas casi en su totalidad en esos tiempos. Eran las épocas más crudas del narcotráfico, el terrorismo, la guerrilla y el paramilitarismo. Los periodistas la pasábamos en las regiones más apartadas registrando masacres y tomas guerrilleras a los pueblos.
Era muy frecuente encontrarnos en la mitad del fuego cruzado o toparnos a cualquiera de los grupos armados en cualquier camino, prácticamente autorizando quién pasaba y quién no.
Los colegas hoy no viven esa realidad. Quizá ni se la imaginan. Ahora no hace falta que un equipo periodístico se desplace a una región para hacer una noticia. Basta con que desde la zona alguna persona, grabe un video y lo suba a las redes sociales, o simplemente las autoridades dan una declaración (la que quieran dar) frente al celular, y eso se publica.
Viajar a cubrir la noticia en aquella época era una aventura de la que no sabíamos si podríamos regresar. En muchas ocasiones, debíamos ir hasta el Urabá a cubrir las masacres de trabajadores de las bananeras, y lo más probable era que no encontráramos un vuelo comercial, porque no había cupos o porque simplemente el horario no se ajustaba a la rapidez con la que debíamos viajar, entonces debíamos alquilar una avioneta lo más urgente posible.
Ya se imaginarán en los aparatos que nos teníamos que montar…, sin saber si eran adecuados, si tenían el mantenimiento, o si el piloto que llegaba trasnochado tenía la experiencia para aterrizar en zonas tropicales en medio de tormentas.
Otras veces salíamos por carretera, sin saber qué íbamos a encontrar ni cuánto tiempo nos iba a tomar, y mucho menos cuándo podríamos regresar.
Transmitir esas noticias o dar a conocer esas imágenes a la opinión pública era una incertidumbre total. Primero no sabíamos si íbamos a llegar hasta el lugar; segundo, si llegábamos no sabíamos si íbamos a conseguir las imágenes, los testimonios, etc; y tercero, si teníamos éxito en los dos anteriores había que regresar hasta una ciudad capital, en mi caso, Medellín (yo era corresponsal de Antioquia, Chocó y Córdoba, en varios noticieros de televisión nacionales y regionales), a la oficina de Telecom para enviar todo a través de un sistema que se llamaba microondas.
Ese era el único sistema posible para que las imágenes y el audio llegara a los noticieros en Bogotá, y la única empresa que lo hacía era Telecom. Ya no existe nada de eso…
Entonces llegábamos, cansados física y mentalmente de dos o tres días de viaje; con la misma ropa, muchas veces sin bañarnos, a Telecom que estaba en Ayacucho con Junín, en el centro de Medellín, y allá teníamos turnos para “rodar” las imágenes mientras con un micrófono contábamos la noticia.
Muchas veces era tal la urgencia de los noticieros capitalinos, que se iban las imágenes solas, sin los textos, sin editar y allá “montaban”, literalmente, una noticia que salía al aire, en la mayoría de los casos, fuera de contexto, sin ceñirse a la realidad de lo que vimos y contamos, confundiendo nombres de los entrevistados con muertos. ¡Un caos total!
Y era lo más triste y decepcionante para los corresponsales que nos jugábamos la profesión, el tiempo y la vida, tratando de hacer una noticia lo más cercana a la realidad para que saliera otra cosa.
¡Nos ponían en riesgo todo el tiempo! Primero las fuentes quedaban bravas con nosotros por las inexactitudes, pero lo más delicado es que los actores armados después nos llamaban a amenazar.
Las intimidaciones eran muy frecuentes. Los periodistas regionales vivíamos todo el tiempo con eso. ¡Era el pan de cada día! Recuerdo que una vez, después de dar una noticia sobre el atentado que sufrió un reconocido dirigente deportivo de la época –que posteriormente fue asesinado– en mi audio yo decía: “el propietario del equipo, el empresario deportivo, el accionista mayoritario, etc”, y cuando terminó el noticiero recibí una llamada supuestamente del grupo que cometió el atentado, donde me decía que tenía que corregir la noticia porque ese “bandido no era ningún dirigente deportivo sino un narcotraficante”.
En otra ocasión, se registró un asalto a una finca en la parte alta de Envigado, fui hasta el lugar, hice la nota y que sorpresa cuando veo por la noche que salió la noticia con mi nombre, pero con la voz de un periodista del noticiero en Bogotá, diciendo que el hecho se trataba de una vendeta entre grupos de narcos. Llegué a pensar que, si a un corresponsal lo asesinaban, le daba “rating” al noticiero.
Las nuevas generaciones de colegas no están enfrentadas a esas presiones, hacer noticias ahora es muy fácil, no hay que ir hasta el lugar de la noticia, no hay que ponerle la cara a nadie, todo se hace desde un estudio con celulares. No digo que eso sea malo ni lo critico porque la tecnología así lo permite hoy, pero sí es muy diferente a como era antes.
¿Cuál periodismo era mejor, el de antes o el actual?
No lo sé, los dos se dan en tiempos históricos completamente distintos. Los cambios en la humanidad y los avances científicos juegan un rol fundamental. Antes teníamos una preparación profesional, ahora es otra. Los nuevos colegas tienen unas fortalezas muy grandes como los estudios, los idiomas, el manejo de las herramientas tecnológicas, pueden ser diferentes en su actitud hacia la vida y el mundo.
Nosotros aprendimos a escribir en máquina, destrozando toneladas de papel por minuto y los cables de noticias llegaban vía fax. Las salas de redacción eran ruidosas y la gente corría de un lado para el otro, como si el mundo se estuviera acabando.
Ahora esas salas de redacción son un disfrute. Ya no están los pitidos estridentes del fax, ni los ruidos de las teclas de las viejas máquinas, ni los de los radios a todo volumen. Ya no hay papel. Todo es ahora más silencioso. ¡Creo que yo me quedaría dormido escribiendo! No existían los directos como ahora.
Antes éramos formados diferente, era común que los periodistas de radio comenzaran en una emisora y se pensionaran allí mismo. Todo eso se ve reflejado en las convocatorias laborales; las empresas e incluso las periodísticas, piden mucho manejo de redes y herramientas tecnológicas, poca ortografía eso sí, raras veces requieren un periodista.
Creo desde las facultades de comunicación social y periodismo hay que comenzar por un replanteamiento total de las materias, fortaleciendo mucho la ética, la redacción y la ortografía, con experiencias de campo reales, no la típica salida a tomar fotos a los parques.
También considero que los estudiantes que quieran tomar el camino del periodismo puro, la universidad debería hacerles un énfasis especial durante los últimos dos o tres semestres, dedicados exclusivamente a la prensa como tal; a estudiar los géneros periodísticos, el reportaje, la crónica, la entrevista, etc. Y quienes quieran irse hacia la comunicación organizacional o las relaciones públicas y demás. la universidad debería hacer lo mismo.
Les diría a los estudiantes que acaben con los vicios que hay en los medios hoy. Los periodistas ahora condenan desde los micrófonos, ligeramente, por algún interés o ideología del medio al que representan. Los periodistas no somos jueces ni fiscales. No podemos condenar. Debemos ser rigurosos con la información, tratar de escuchar a todas las fuentes, a los actores involucrados en una noticia, pedir pruebas de las supuestas denuncias que nos llegan. Eso, más que la objetividad misma, porque no creo en ella, ya que siempre llevamos alguna carga que nos hace inclinar hacia determinado lado. Sin embargo, debemos tratar de redactar una noticia de la manera más transparente posible, presentando todas las caras de la moneda y permitiendo que el lector se forme una opinión propia.
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