Resumen: Hacer las cosas bien, sin embargo, no implica conseguir los resultados que deseamos. El fútbol es cruel en ese sentido: premia y castiga sin pedir ni dar explicaciones
En el fútbol, como en la vida, no siempre gana el que mejor trabaja; pero casi nunca trabaja bien el que no está dispuesto a ser constante todos los días. El trabajo diario no garantiza victorias, pero si construye algo más valioso: identidad. Y la identidad, tarde o temprano, encuentra su lugar en el juego.
Crecer no depende del rol que ocupamos dentro de un grupo. El utilero, el suplente, el analista, el capitán o el entrenador conviven en la misma escena, aunque no en la misma luz. El crecimiento ocurre cuando cada uno honra su tarea con la misma seriedad con lo que otros celebran los goles. Hacer las cosas lo mejor posible cada día no es una consigna romántica: es una forma silenciosa de respeto por el oficio.
Hacer las cosas bien, sin embargo, no implica conseguir los resultados que deseamos. El fútbol es cruel en ese sentido: premia y castiga sin pedir ni dar explicaciones. Pero quizás no se trate de conseguir lo que queremos, sino lo que necesitamos para evolucionar. Porque no siempre ganar nos hace mejores y perder -aunque duela- no logra ocultar las bondades de un trabajo bien hecho.
Las victorias, por eso, también exigen entrenamiento. Hay que saber tramitarlas. Celebrarlas sin convertirlas en un espejo deformante donde el ego se ensancha y la humildad se achica. Ganar puede ser un motor, sí, pero también una trampa: la de creer que el resultado nos pertenece más que el proceso que lo hizo posible.
A veces pienso que en la vida cumplimos un plan. Que el destino, de algún modo, ya está escrito. Vinimos a convivir con las emociones que nos despierta cada experiencia, a jugar un partido donde creemos que decidimos todo, cuando en realidad participamos de una inteligencia superior que ordena lo invisible. El fútbol con su azar y su justicia intermitente, nos lo recuerda cada fin de semana.
El sentido del juego -y de la vida- no está en el resultado, sino en habitar el presente. En entrenar hoy. En jugar hoy. En estar disponibles para lo que toca. Esa presencia nos permite entender que cada experiencia, incluso las que duelen, forman parte de algo más grande. La competencia no es solo una disputa: es un escenario donde recreamos las emociones que nuestras almas necesitan transitar.
Por eso el verdadero triunfo no siempre se mide en puntos o títulos. A veces se mide en coherencia. En la tranquilidad de saber que, pase lo que pase el domingo, el lunes volveremos al trabajo con la misma seriedad. Porque el fútbol -como la vida- no se explica en una noche gloriosa, sino en la suma invisible de todos los días bien vividos.
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