Resumen: Fuad Gonzalo Chacón lamenta el cierre de librerías icónicas de Madrid como El Aleph, víctimas de la gentrificación que expulsa la cultura.
Guardo mucho cariño por la librería El Aleph de Madrid, no sólo porque durante cuatro años, volviendo a la oficina de almorzar, chismoseé sus vitrinas en busca de los más recientes lanzamientos de literatura asiática (su particular especialidad de la casa), sino también porque al poco de llegar a la ciudad, y durante un paseo con mi novia hacia el Templo de Debod, tuve oportunidad de encontrar entre sus pilas de papel el volumen compilatorio de “Cartas Escogidas” de William Faulkner. Un descubrimiento fortuito que de manera igualmente inesperada se convirtió en una de mis lecturas favoritas de 2021 y en el mejor debut que pude desear para mi introducción al género epistolar que, hasta entonces y no con poco temor reverencial, había evadido inconscientemente.
Por ello el reciente anuncio de su cierre fulminante a finales de diciembre, tras 30 años en la misma esquina de las calles Ferraz y Luisa Fernanda, duele por partida doble. Primero, porque con su desvanecimiento inminente no sólo muere un estandarte literario del barrio Argüelles, sino también porque, segundo, su desaparición se lleva consigo un trozo bonito de mis propios recuerdos. La carestía de un heredero voluntarioso que tome las riendas trémulas de un negocio convulso como lo es una librería independiente, ha obligado a su dueño a bajar la reja por última vez y para siempre. Sobre su cabeza ya merodean los buitres inmobiliarios, listos para montar el próximo café de especialidad o local de brunch para extranjeros de la Plaza de España.
Esta estremecedora noticia cae en el peor de los momentos y se inserta como otro clavo en el ataúd de la cultura madrileña, la misma que ha tenido un 2026 para el olvido con la clausura adicional de dos de sus librerías icónicas a lo largo del año. El campanazo de alerta lo dio “Tipos Infames” a finales de febrero, tras 15 años organizando algunas de las tertulias con mayor calibre de toda la ciudad, y luego le siguió “Pérgamo”, que el 17 de noviembre dirá adiós a su ubicación eterna desde hace ocho décadas en la calle General Oráa 24. El ocaso de los titanes guiado por la gentrificación, por culpa de la cual tener de inquilinas en tu local a las obras más importantes que ha dado la humanidad no es tan rentable como alquilárselo al restaurante de ramen de moda o la tienda de trufas esa que está ahora en todas partes.
Y es que el problema principal de los libros como negocio es su extrema honestidad mercantil, pues ellos valen lo que valen y ese precio es el mismo los compres donde los compres. No hay forma de inflarlos artificialmente espolvoreándoles pistacho por encima o exponiéndolos con juegos de luces para que parezcan productos de lujo, como sí puedes hacer con los cafés o la bizcochería, y así venderlos a precios absurdos a los incautos que sólo buscan una buena foto para su Instagram. Mientras los gastos de funcionamiento incrementan desproporcionadamente, ellos sólo pretenden mantenerse accesibles, sin engaños ni apariencias. Autenticidad que el mercado está castigando.
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