Resumen: El reciente debate presidencial, con Abelardo De la Espriella como una de sus figuras centrales, volvió a poner sobre la mesa una concepción de derecha asociada a la libertad individual, la seguridad, la iniciativa privada, el desarrollo económico, la defensa de la vida y determinados valores familiares y cristianos
Que quede claro: no todo el que termina un video diciendo “¡Viva Cristo Rey!” es de derecha ni necesariamente actúa de acuerdo con los principios que dice representar.
Las redes sociales se han convertido en uno de los escenarios más relevantes —y más crudos— del combate político. Conseguir seguidores y conectar con ellos a través de ideas simples, frases contundentes y emociones fuertes adquiere cada vez mayor importancia. El problema es que, en medio de esa batalla, comienza a ser difícil distinguir, por las formas, a los activistas de izquierda de los de derecha. Por eso creo necesario preguntarnos cuáles son las diferencias y, sobre todo, cuáles deberían ser los límites que demarcan el accionar de unos y otros.
Lo primero, desde la visión clásica de la izquierda y de quienes en la batalla ideológica reciente conocemos como “mamertos”, es que parecen permitirse una mayor amplitud en las formas de confrontación, bajo una premisa que históricamente ha sido asociada a determinadas corrientes revolucionarias: “Toda forma de lucha es válida”.
Y es que la derecha ha hecho suyo un poderoso eslogan: “¡Dato mata relato!”. La frase pretende reivindicar la evidencia frente a las narrativas políticas y obliga, al menos en teoría, a que quien defiende sus ideas desde la derecha construya sus argumentos con rigor para después convertirlos en mensajes de fácil consumo en las redes sociales. En resumen: si la derecha reclama para sí la defensa de la verdad frente al relato, sus comunicadores deberían tener un compromiso especial con la búsqueda y exposición de los hechos.
Claro que sería ingenuo pensar que quienes se identifican con la derecha no van ampliar sus propios límites morales. Precisamente ahí está el desafío: conseguir las victorias políticas sin reproducir las formas de aquellos adversarios a quienes se critica y, muchas veces, se desprecia.
El reciente debate presidencial, con Abelardo De la Espriella como una de sus figuras centrales, volvió a poner sobre la mesa una concepción de derecha asociada a la libertad individual, la seguridad, la iniciativa privada, el desarrollo económico, la defensa de la vida y determinados valores familiares y cristianos, junto con la idea de un Estado más eficiente, austero y menos invasivo. No es, desde luego, la única expresión posible de la derecha, pero sí una de las que hoy disputa con mayor fuerza ese espacio político.
Por eso resulta llamativo que nuevas figuras políticas y de opinión hayan comenzado a reivindicar para sí la etiqueta de “nueva derecha”, como si se tratara de un descubrimiento reciente. Hay, sin embargo, una historia intelectual mucho más larga detrás de buena parte de esas ideas. Hayek, Mises y Friedman pertenecen a tradiciones liberales y económicas desarrolladas durante el siglo XX, mientras que Adam Smith, una de sus referencias históricas más importantes, publicó La riqueza de las naciones en 1776.
En Colombia, además, no es necesario inventar una tradición para explicar la existencia de una derecha política. El Centro Democrático y Álvaro Uribe han ocupado durante años un espacio central dentro de ese espectro y han defendido, con sus propias particularidades, banderas como la seguridad, la inversión privada, la austeridad y la reducción de determinadas formas de intervención estatal. Precisamente por eso resulta tan significativa la disputa que hoy se libra por definir quién representa auténticamente a la derecha colombiana.
En esa disputa, algunos de los nuevos actores han empezado a presentar al Centro Democrático y a Uribe como socialdemócratas, tibios o incluso cercanos a la centro izquierda. Enrique Gómez, por ejemplo, ha cuestionado públicamente la orientación ideológica de Uribe y ha calificado al expresidente de “socialdemócrata”, mientras Salvación Nacional avanza en la construcción de una alternativa política propia hacia las elecciones territoriales de 2027.
Y allí aparece la paradoja que da título a esta columna.
Mientras se reclama para sí el monopolio de la pureza ideológica, parte de ese nuevo activismo político parece comenzar a utilizar las mismas herramientas que durante años se le reprocharon a la izquierda: la descalificación personal, la simplificación del adversario, la acusación sin pruebas, la construcción del enemigo y la idea de que todo vale mientras sirva para conquistar el poder.
Los ejemplos recientes son difíciles de ignorar. Vincent Ramos llegó a publicar que había que “reducir el Centro Democrático a cero”, mensaje que posteriormente eliminó. Alejandro Bermeo, por su parte, acusó a Álvaro Uribe de querer “matar” al influencer Santiago Giraldo y lo llamó “viejo patriarca”; después borró el mensaje y ofreció disculpas al expresidente y a sus seguidores.
Aquí es donde la discusión deja de ser simplemente una pelea entre influencers, senadores, partidos y expresidentes. Se convierte en una pregunta por la coherencia.
Si “dato mata relato”, ¿qué hacemos cuando el dato no existe? Si defendemos la verdad, ¿qué hacemos con la acusación que se lanza primero y se comprueba después —o nunca se comprueba—? Si defendemos la libertad, ¿podemos convertir al adversario político en un enemigo al que hay que destruir? Y si defendemos unos principios cristianos, familiares y morales, ¿qué lugar ocupan la prudencia, la verdad, la caridad y el respeto por la dignidad del contradictor?
El problema no es que exista una nueva derecha y que quiera disputarle espacio al uribismo. La competencia política es legítima y necesaria. El problema aparece cuando para construir una nueva identidad se necesita destruir al que hasta ayer pertenecía al mismo campo ideológico.
Y mientras la derecha se pelea consigo misma por las etiquetas, las banderas y el liderazgo, la izquierda observa. La disputa por el control del espacio de la derecha ya no es una hipótesis: Centro Democrático, Salvación Nacional y otros sectores se encuentran hoy en una confrontación política e ideológica que tendrá uno de sus principales escenarios en las elecciones territoriales de 2027.
Tal vez la verdadera paradoja sea esta: quienes durante años denunciaron el “mamertismo” por convertir al adversario en enemigo, por anteponer la emoción al dato y por justificar cualquier método en nombre de una causa, corren el riesgo de terminar haciendo exactamente lo mismo.
Porque la política también tiene límites.
Y cuando la ambición rompe el saco, el bien mayor termina sacrificado por el interés particular. Entonces ocurre la ironía más dolorosa: de tanto despreciar las formas de la izquierda, algunos terminan usando las mismas herramientas que durante años llamaron ‘mamertismo’.”.
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