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Opinión

El arte de debatir

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beatriz campillo

beatriz campillo

Grandes diferencias vimos entre el primer y el segundo ejercicio de debate que distintos medios de comunicación y la academia están haciendo en las regiones con los candidatos presidenciales, y no en razón a los protagonistas quienes por obvias razones son los mismos, ni siquiera podemos decir que alguno de ellos mejoró o empeoró sustancialmente del primer al segundo ejercicio. Simplemente podemos decir que aunque ambos espacios se llamaron “debate” solo segundo mereció este título, nombre que de por si es atrayente. En el primero hubo empate porque no hubo debate, el formato no lo permitió, a lo sumo hubo una suerte de entrevista conjunta, una exposición de visiones, pero nada más.

Yo celebro el ejercicio de ayer en Barranquilla porque ya era hora que viéramos y disfrutáramos en Colombia de un debate de esta altura como el que se desarrolló en la Universidad del Norte y que trasmitió Telecaribe en asocio con otros medios, los buenos debates políticos (y con mayor razón los presidenciales) requieren la interacción entre los candidatos, dar tiempo a la exposición de ideas, y son esenciales figuras como la réplica y contrareplica porque permiten defenderse pero también poner el dedo en la llaga, permite la sorpresa y sagacidad de la pregunta, pero también el comentario inteligente, muchas veces sorpresivo e inesperado.

El ejercicio de hacerse preguntas entre ellos mismos permite sacar al otro de la zona de confort, pero también se corre el riesgo de que en la respuesta se vea evidenciado lo que popularmente llamamos “tener rabo de paja”, preguntar también es exponerse, es literalmente un juego de estrategia, de oportunidad, de apuesta, incluso de medir fuerzas; por eso no es raro que se busque poner a prueba al que se considera el competidor más fuerte, por cierto un arma de doble filo. Preguntarle mucho a una sola persona es indirectamente reconocerle como el más fuerte, si se logra su caída será la victoria para el oponente y este se catapulta, pero si por el contrario logra salir airoso de varias batallas se perfila cada vez más como ganador del torneo y se pasa del reconocimiento oculto a la demostración pública de esa fuerza. Por eso hay que medirse.

El arte de debatir es un ejercicio duro y muy exigente para todos porque es exponerse al gran público y no quedarse con los “comités de aplausos” que tienen en sus sedes de campaña o en la plaza pública cuando se presentan ante sus seguidores, aquí el reto está en contestarle al contradictor, lo que implica controlar nervios, tener datos claros, medir hasta qué punto se debe hablar o no, cuando exaltarse y cuando guardar la calma, lograr controlar su lenguaje corporal incluso cuando no se está en uso de la palabra, etc. El oponente (que no enemigo) nunca será suave, irá justamente tras la caída del otro, como en una buena competencia y los temas sensibles quedan expuestos, por eso se torna interesante, no es algo libreteado, es el candidato al desnudo.

Para quienes disfrutamos de la política, no hay nada más emocionante que ver como un candidato es acorralado por el otro y como en su respuesta se logra salir o no de la situación compleja en la que lo ha puesto su contradictor, el humor y la ironía entran en juego, y hacen apasionante el ejercicio racional argumentativo. Es igual a una competencia deportiva, uno no sabe el otro que estrategia tiene, solo va seguro de lo que uno mismo ha preparado.

Ahora bien, siguiendo la metáfora deportiva, digamos que al igual que en los deportes de contacto existen reglas, por duros que sean los golpes hay límites, justamente para conservar su carácter deportivo, de juego olímpico y que no se traduzca en una simple pelea callejera. De igual forma en los debates  hay un moderador, hay tiempos, hay temas, y se debe apelar al  juego limpio, que se traduce en no acudir al insulto, o a la amenaza… pero despojar al boxeo, la lucha o el karate del acercamiento entre los competidores es quitarle la esencia; de igual forma hacer un debate político sin la posibilidad de interactuar, sin la posibilidad de “atacar” y “defenderse” de las ideas del otro en el buen sentido de la palabra, es simplemente tenerle miedo a la esencia debate.

Lastimosamente en Colombia hemos creído que tener a los boxeadores resguardados en las esquinas del cuadrilátero con sus equipos de entrenamiento y cada uno hablando de lo suyo con sus barras sin dialogar con el otro, es lo que hace bueno un torneo. Tenemos que aprender más del espíritu olímpico y llevarlo a la política: competencia si, agresión no. Recuerdo una de las frases del profesor Tomás Bolaño experto en deporte “dar lo mejor de sí en la competencia es respetar al otro deportista”, la traducción democrática podría ser que asistir y dar lo mejor de sí en el debate (porque insisto que es un ejercicio intelectual enorme para el cual también se entrenan los políticos), no solo es respetar al otro, aquí además es respetar al elector y respetar al país.

Ojalá sigamos viviendo eventos como estos que fortalecen la democracia, ojalá tengamos periodistas y comunicadores más intrépidos, pero que sepan ejercer su labor con ética, se necesita un punto medio, que no caigamos en ejercicios sosos y aburridos por su pasividad (que a veces raya con el servilismo), pero que tampoco se tornen en tribunales inquisitivos. Reitero que el ejercicio de la Universidad del Norte fue ejemplar en cuanto metodología, supieron lograr ese punto medio que mantiene cautiva a la audiencia y contaron con buenos oradores, que se metieron en su papel competitivo y a veces juguetón. Ahí nos vamos educando en cultura política, ahora falta que entendamos que después de “darse duro en el debate” los candidatos no se fueron a darse golpes tras bambalinas, en otras palabras, que debatir duro no implica ser violento con el otro. Volvemos a la metáfora deportiva, porque allí se presenta el mismo error, mientras las barras bravas se matan entre ellos, los jugadores de futbol se saludan cordialmente. Hay que aprender a ser diferentes y a competir sin agresión.

Finalizo con el único detalle común que no me gusta de estos debates, y lo hago con una pregunta ¿es importante ganar encuestas?… mmm, la verdad es que si, mire a quienes invitan. En una democracia que se precie de llamarse así nunca se deberían excluir candidatos debido a sus resultados en las encuestas, que se supone solo miden una tendencia, pero la realidad es que eso es lo que ocurre y ahí si hay una influencia enorme. ¿dónde está Jorge Antonio Trujillo Sarmiento del Movimiento político todos somos Colombia?, ¿dónde está Viviane Morales del partido somos?, ¿dónde está Piedad Córdoba de G.S.C. poder ciudadano?, incluso ¿dónde están los promotores del voto en blanco étnica “PRE”? Si a todos ellos les permitieron estar en el tarjetón, lo justo es invitarlos en igualdad de condiciones. En Colombia las encuestas se constituyen en un filtro, casi en una primera vuelta oculta, a veces hay candidatos que ni siquiera son mencionados, y la gran pregunta es ¿cómo los vamos a conocer si no tienen un acceso equitativo a los medios?

Apostilla: celebro que Humberto de la Calle haya continuado con su aspiración y se presente a primera vuelta sin alianzas, era lo justo después de la inversión que tuvimos que hacer todos los colombianos en la consulta liberal. No obstante, sería interesante conocer el concepto jurídico del CNE, a manera de precedente.

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