El Agro es el templo de la paz

En una deliciosa conversación con Katherine Hooke (una ciudadana sueca cuya organización apoya proyectos en Latinoamérica, y que además ama al idioma español y a nuestra literatura), con quien coincidí como jurado de ronda final en un concurso de poesía para niños y niñas campesinas de Centro y Suramérica, cuyo tema era El campo y la vida rural, me decía que para ellos, el campo es casi que sagrado y que la gente, en buena parte de Europa, acostumbra trabajar en la ciudad y vivir en los campos cercanos. “Los campos son la paz, la tranquilidad y el florecimiento de la vida”-me decía. “Es doloroso ver como en esta parte del mundo, el campo es el escenario preferido para la guerra y para cosas ilícitas”-me agregó. No quise terciar más en el asunto, y la llevé al terreno de la literatura, que en Colombia y en América, no es barbecho; es terreno cultivado con esmero, gusto y oficio, como ella bien lo sabe.

Nuca olvidé la conversación en materia del campo que tuvimos, por una razón muy sencilla: yo soy amigo del campo; creo que en el fondo, todos los colombianos (o casi todos, tenemos ancestros campesinos y amamos secreta o abiertamente al campo, a nuestro agro), estimamos que el campo es un espacio de paz, donde la naturaleza y el trabajo agropecuario o agroindustrial, no solamente produce réditos económicos; sino, también, espirituales.
Consecuente con lo anterior, desde hace algún tiempo, me he dedicado a estudiar temas del campo, a monitorear noticias, a rastrear la página web del Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural y a escribir sobre el campo. Como feliz consecuencia, he cosechado buenos amigos que han aplicado toda su vida a proyectos agroindustriales y a vivir en el campo. Esta semana, un gran amigo del corregimiento de Santa Elena, que representa a un grupo importante de empresarios (más bien muy importante por su constante generación de empleo, el trabajo social, la producción agropecuaria y el jugoso aporte de impuestos al municipio de Medellín), me decía con pleno convencimiento y una filosofía hermosa y deseable para toda Colombia lo que pensaba del campo, de los trabajadores del agro, de los insumos, de la producción y del trabajo del agro como forma de vida.

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Sus palabras apasionadas, llenas de horas de desvelo, trabajo, sudor, esfuerzo, a más de amor por el agro y sus comunidades, “me devolvieron el alma al cuerpo”, como decía mi abuela Ana María. Sin lamentos, ante las adversidades que padecen nuestros productores del agro, ante las dificultades, ante la lucha permanente por seguir produciendo y desarrollando el campo colombiano, me decía mi amigo, en un tono de convencimiento, sabiduría y decisión: “De lo que no sufrimos, es de miedo; y queremos al agro”. “El oficio más descansado es gastar plata”. Y en mis ojos adivinaba que yo le respondía: “sí, señor. Lo difícil es trabajar honradamente para producirla y lograr bienestar personal y social”. “Con plata no han llenado a nadie”, -decía. “Sí, señor.

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Mientras más tienen aquellos que no trabajan para generar riqueza propia, social y nacional, quieren más y no los llena nadie”, pensaba yo. “Si la empresa no genera riqueza, si no genera bienestar para todos, no sirve. Nosotros tenemos que darle un poco más al trabajador”, -continuaba mi amigo.

Y ni qué decir de los proyectos que tienen en mente, la visión de desarrollo y el apego al agro, a la producción, a la paz, que es otra forma y otro medio de producir.

Veo, desde el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, una apuesta juiciosa que mira verdaderamente al campo colombiano; veo una propuesta de Paz con legalidad muy coherente, que piensa el campo como un santuario de paz. Veo a muchos empresarios del campo, con una visión realista, pragmática, pero también con una visión humana, un sentido de respeto por la legalidad y un noción nueva de patria en la medida que piensan que generar riqueza y bienestar social, es la mejor forma de construir paz y de construir patria.

Espero que muy pronto, cuando vuelva a tocar el tema del campo a mi amiga Katherine Hooke, en algún evento (ojalá en un concurso de declamación como el anterior, que terminó como una fiesta de hermandad de países de Centro y Suramericanos), recordando a mi amigo de Santa Elena, pueda decirle que para nosotros, el campo es casi que sagrado, y que en Colombia, “Los campos son la paz, la tranquilidad y el florecimiento de la vida”.

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