La dignidad de Jineth Bedoya

Por: Iván de J. Guzmán López

El presidente Iván Duque, anunció, en su calidad de gobernante de Colombia y de ciudadano, que “acata la condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, CIDH,  contra Colombia, por el caso Jineth Bedoya, “quien fue víctima de una violación de los derechos a la integridad personal, libertad personal, honra, dignidad y libertad de expresión”. Lo anterior, como resultado de los hechos ocurridos el 25 de mayo del año  2000, cuando la periodista fue interceptada y secuestrada a las afueras de la cárcel La Modelo, de Bogotá, por un grupo delincuencial, “y sometida a un trato vejatorio y extremadamente violento, durante el cual sufrió graves agresiones verbales, físicas y sexuales”, según reza el comunicado de la Corte. Igualmente, el jefe de Estado celebró que el Alto Tribunal ordenara la creación de un centro de memoria y dignificación contra mujeres violentadas.

Los gobernantes pasan, pero los hechos quedan, y es el Estado el que debe cargar, en cualquier momento, con asuntos tan lamentables como el de la colega Jineth Bedoya. Desgraciadamente, persisten en el mundo, con fuerza inusitada, los atropellos contra la información y los periodistas, sin distingo de medio. Por eso es necesario resaltar la labor de los buenos periodistas colombianos, encargados, en virtud de su deontología, de informar oportuna y verazmente, develar las cosas oscuras que se esconden tras la “transparencia” que algunos predican, y opinar certeramente, siempre en la búsqueda de una sociedad más informada, equitativa, plural y justa. Y es por ello que saludamos especialmente a nuestra Federación Colombiana de Periodistas, Fecolper, que, sabemos, trabaja permanentemente por el bienestar de los periodistas, la reparación  integral para aquellos que han sido víctimas del conflicto y el apoyo a los familiares de quienes, desafortunadamente, fueron asesinados en el ejercicio profesional. Además de exigir a la Fiscalía General de la Nacional respuestas sobre las investigaciones de tantos hechos repudiables contra el gremio.

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A propósito de la tarea que desarrolla la Fecolper; y en Antioquia, el Círculo de Periodistas y Comunicadores Sociales de Antioquia, CIPA, en defensa de los periodistas, y en especial de sus agremiados, hemos leído con fruición y dolor el libro Matar a un periodista. El peligroso oficio de informar, del periodista  norteamericano Terry Gould, nacido en 1949, en el barrio Brooklyn de Nueva York. En él, usando un lenguaje sencillo, directo, y con notables recursos literarios, “en un ejercicio excepcional de periodismo narrativo”, según opinión de algunos colegas, nuestro autor reconstruye las vidas y el trabajo (y las muertes) de unos  periodistas honestos “cuyo único crimen fue contar lo que sabían”.

El libro, Premio José María Portell a la Libertad de Expresión, 2010 (Asociación de Periodistas Vascos), Premio Tara Singh Hayer al Mejor Libro en Defensa de la Libertad de Expresión, 2009 (Asociación de la Prensa Canadiense) y  Premio al Mejor Libro de No Ficción, 2009 (Asociación Canadiense de Escritores de Novela Policíaca), narra las historias de Anna Politkovskaya (esa valerosa periodista rusa, famosa por denunciar los horrores y crímenes de la Rusia de Putin) y de otros seis periodistas de Colombia, Rusia, Filipinas, Bangladesh e Irak, las mismas que fueron investigadas por Gould, en el país y lugar donde ocurrieron los hechos, por espacio de cuatro años.

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Matar a un periodista. El peligroso oficio de informar, dice Joel Simon, director ejecutivo del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés), “nos recuerda que el periodismo puede ser un oficio bello y cargado de significado, que su capacidad de combatir la injusticia es enorme y que en todo el mundo sigue habiendo periodistas dispuestos a dar sus vidas por contar la verdad”. Hoy, cuando el monstruo encubierto contra el periodismo ataca en el mundo entero, nada mejor que leer libros tan valientes y aleccionadores como el del colega Terry Gould.

No veo lejano un buen libro que narre lo que padeció (y padece) Jineth Bedoya; que cuente los horrores  que padeció, pero que también pondere, en grado sumo, nuestro oficio profesional y la dignidad de Jineth Bedoya.

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