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¿Cómo va el cambio en primera?

Por: Iván de J. Guzmán López

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A juzgar por las circunstancias reales, «el cambio en primera» que pregonaba el señor de El Tricentenario, no entró. El tren que nos iba a llevar a los medellinenses por senderos insospechados de progreso social y económico, no arrancó; el gobierno cohete que iba a llevar a los jóvenes y a los miles de desheredados de la fortuna y las oportunidades, no despegó. Su lanzamiento se quedó en burocracia, nepotismo y amiguismo, porque los barrios y el centro de la ciudad se convirtieron en basureros a cielo abierto (ni qué vaina de rellenos sanitarios, no); los prostíbulos, a la luz del dia y de la luna, se encuentran en toda la ciudad, y los barrios, hasta hace poco los más pulcros y tradicionales como El Poblado y Laureles, llevan la peor parte.

Sectores completos de la ciudad, pasaron a ser centros en donde, bajo la vulgar ostentación de la delincuencia, incluido whisky y aire acondicionado, se negocia y decide sobre la vida de jovencitas y personas de todas las clase sociales, raza o condicion educativa, sin que Quinterito lo sepa o quiera saberlo, cosa que me lleva a  evocar al más lírico de nuestros poetas, a nuestro barba Jacob, cuando dice: “hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña obscura de oscuro pedernal. La noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, en rútilas monedas, tasando el bien y el mal».

Pero si en Medellín llueve hace dos años y medio en el barco del alcalde Quin (a quien algunos denominan alegremente y coloridamente como  Pinturita por salir a ocultar las embarradas de la primera linea criolla), en Colombia no escampa: se dijo que con Petro iban a correr ríos de leche y miel; y que con su inseparable y ganadora compañera de fórmula, la muy votada representante de los nadies y las nadias íbamos a vivir sabroso; pero la cosa no es así. A cuarenta y cinco días de mandato, las afugias con la canasta familiar son espantosas, la violencia se metió hasta a los templos, y sus ministros más parecen humoristas de un circo novato y pueblerino, lleno de dromedarios, lagartos, pericotes, micos y camaleones. Los ministros, que deben ser compromisarios de soluciones inteligentes e innovadoras, más parecen hacer parte del reparto de sábados felices: una de sus ministras, al parecer su «ñaña», aparece tan patética en nuestra tele como actriz de telenovela, lanzando propuestas de volver al paleozoico, como esa de que decrezcan las grandes economías del mundo para beneficiar a los países en desarrollo como Colombia, o que el país se abastezca con gas de Venezuela (en plena guerra ruso – ucraniana y en un escenario de reordenamiento geopolítico y de la economía mundial) o confundiendo un hueco de 10 billones con otro de 10.000 billones. Tan cómica aparecio la doña, que hasta Navarro Wolf dejó caer su prótesis, porque no soportó contener la carcajada.

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O un ministro de justicia que cree vivir en Dinamarca, cuando propone que los raponeros no vayan a la cárcel, devuelvan el celular robado envuelto en abrazos y besos para el agredido y de ñapa le paguen seis meses de cuotas a las generosas y amigables empresas de telefonía móvil. O la solución «novedosa» de aumentar el precio de la gasolina, sacando de casillas a su antiguo compañero de luchas proletarias, el experimentado y eterno senador Jorge Robledo, a tal punto que le dio tarima electoral para afirmar, con su buena diccion acostumbrada y cara de libertador, que a los colombianos nos quieren meter la mano al bolsillo, cobrándonos el combustible a precios internacionales, como si no fuésemos productores de petróleo y sostenibles en materia energética.

Y qué decir de la reforma, propuesta como la arcadia libertaria para los pobres: a los gobiernos anteriores, los hoy gobernantes les quemaban el rancho usando la primera, la segunda, la tercera, la cuarta y la quinta línea, por una reforma de 20 billones de pesos, pero ahora se les ocurre que esas nismas líneas van a soportar una jugada exactamente igual, que también se llama reforma, pero con el doble de recaudo a que aspiraban los denominados gobiernos enemigos del pueblo.

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El ministro Prada, por su parte, se quedó viviendo en la campaña pasada, porque amenazó  incluso con la movilización popular, para decirle al Congreso que «necesitamos plata para salir de esta».

Ávaro Leyva, quien ha estado de componedor en las 32 insurrecciones que promovió el coronel Aureliano Buendía, y conoce uno a uno a todos los guerrilleros de Colombia, Venezuela y el resto del mundo, protagonizó una salida en falso y vergonzosa ante el mundo, al ausentar a Colombia de la audiencia extraordinaria de la Organización de Estados Americanos (OEA) en la que se analizaron las violaciones de Derechos Humanos, bajo el régimen de Daniel Ortega en Nicaragua. En ese encuentro,  huelga decir, solo se ausentaron dos países: Nicaragua, por supuesto, y Colombia.

Ahora se pide como garante de los diálogos de paz, nada menos que a Venezuela, o mejor, a Maduro, cuando desde allá lo que se ha promovido es todas las violencias habidas y por haber.

El cambio en primera no se pudo dar, y parece que el alcalde Quintero dañó la caja al intentar hacerse el piloto aventajado de la nave. En definitiva, como dice Enrique Gómez: “Con los ministros de Petro no se sabe si reír o llorar, sus propuestas son cada vez más espantosas”; más cómicas, diría yo.

Ante este panorama sembrado de vientos (y que ojalá no sean cosecha de tempestades), para seguir con el inolvidable Barba Jacob, digamos que: “Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonría. La vida es clara, undívaga y abierta como un mar”. Es decir, nos queda la esperanza de otras elecciones. ¡Para eso tenemos democracia! Pero mientras tanto,  ¡Dios nos ampare!

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