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Opinión

Colombia y su deidad a la Corrupción

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juan jimenez

juan jimenez

El fallecido maestro Miguel Ángel Bastenier, decía con total acierto que «si Colombia no existiera, habría que inventarla para los periodistas». Y quizá le asista toda la razón. En el país de Macondo, no salimos de un escándalo, casi siempre de violencia mezclada con corrupción, para meternos en otro. Y a veces son tantos de manera simultánea, que hasta nos queda faltando el tiempo para exprimir hasta el último detalle, e incluso, satirizar nuestra cruda realidad que nada le envidia a la ficción.

Mientras los empresarios y la clase política, hacen un festín con los dineros de la salud, de las obras públicas, de la educación, alimentando los titulares de prensa en medio de los Odebrecht, los Reficar o los Carruseles de la Contratación. Que se repiten en igual o mayor escala en cada rincón del país; los jóvenes vemos impávidos, quizá entre el conformismo y la resignación, como se desangra el país frente a nosotros, sin hacer más que escribir indignados en una red social.

El excesivo apego a las nuevas tecnologías, o lo que algunos expertos han bautizado como ‘disfunción narcotizante’, también deriva, sin una explicación aparente, en el precario activismo social y el desinterés por lo colectivo. Creemos que es suficiente estar medianamente informados, cuando en realidad sólo respondemos a ciertos estímulos para “participar” detrás de una pantalla o supeditados a un teclado.

Hace dos décadas los protagonistas de la corrupción eran otros, pero las prácticas eran las mismas, o incluso peores. En pleno gobierno de Ernesto Samper, la opinión pública conoció que su campaña presidencial recibió dineros ilícitos provenientes del Cartel de Cali, dándole pasó al tristemente célebre Proceso 8.000. Allí todo quedó en nada, o para no ser tan pesimista, en muy poco: el presidente fue absuelto, la justicia emitió algunas sentencias aisladas y otros personajes quedaron condenados al ostracismo. Hoy dos décadas después del «todo fue a mis espaldas» de Samper; al «me acabo de enterar», de Santos, refiriéndose a los dineros de Odebrecht que entraron a su campaña en 2010, la realidad es la misma. La corrupción sigue siendo la peor forma de violencia, ese monstruo de mil cabezas que, parece, nos quedó grande derrotar.

Ya lo decía el senador Jorge Enrique Robledo en un reciente debate, al advertir que los implicados en los grandes escándalos de corrupción se camuflan en infinidad de cortinas de humo para esconder la verdad y que el problema sea olvidado con el paso del tiempo o por la aparición de un escándalo más grande.

Los casos de Odebrecht y, recientemente de Reficar, son una muestra de que en materia de saqueo, sobornos y coimas, siempre podemos ir más allá. Hacen un manejo inadecuado de los recursos otorgados por el Estado, se valen del cabildeo o el lobby con empresarios y políticos para ocultar sus oscuros intereses. No importa si los escándalos se gestaron en el gobierno anterior, sus adeptos no tienen memoria, y los que tiran las riendas del poder ahora, acomodan el espejo retrovisor: todos son responsables, nadie tiene la culpa, todos tiran la primera piedra porque se creen libres de pecado. El cinismo y el descaro, son el lugar común en el que habitan unos y otros.

En Colombia nuestros políticos trafican sus influencias junto a otros para guardar debajo del tapete las “travesuras” que cometen con nuestros impuestos. La oposición y el gobierno se regodean en el mismo fango, no para encontrar un responsable de lo ocurrido, o para decir a los colombianos lo que verdaderamente ocurre con la infinidad de escándalos, sino para decir que un funcionario público es más corrupto que el otro, defienden sus intereses propios así tengan que manchar el nombre de otros.

Y mientras tanto la justicia parece más un enfermo terminal, que un robusto poder dispuesto a ponerle freno a todo este fenómeno imparable que durante décadas nos ha arrollado a nosotros, a nuestros padres, a nuestros abuelos, a nuestros campesinos, a nuestros indígenas, a nuestra clase trabajadora, a todos.

Ahora, ¿qué podemos hacer nosotros como jóvenes? tenemos que evitar que esos recursos tengan paraderos desconocidos y que todos lleguen a donde tienen que llegar y a donde deben ser invertidos para mejorar nuestra calidad de vida. Que verdaderamente se financien las obras públicas con los costos adecuados, que nuestros servicios públicos sean manejados por empresas nacionales y que todo el dinero para la educación verdaderamente llegue a los colegios y universidades; no a los bolsillos de los poderosos de siempre.

Colombia es un país violento y corrupto desde antes de constituirse como el Estado social de Derecho del que tanto nos ufanamos, pero podemos luchar juntos para dejar de pensar que la felicidad colectiva es una utopía y convertirla en realidad. Tenemos que hacernos sentir como generación, tenemos que hacernos sentir como la Colombia del siglo XXI, como los verdaderos dueños del futuro.

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