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Capítulo 8: Las travesuras del colegio y la venganza con pica pica

Cada uno de estos recuerdos forma parte del tejido que compone la historia de Uramita

lenin cardona puerta
Capítulo 8: Las travesuras del colegio y la venganza con pica pica

Resumen: Cada uno de estos recuerdos forma parte del tejido que compone la historia de Uramita. Las travesuras del colegio, la emoción de la llama olímpica, la voz inconfundible de doña Orlanda al contestar el teléfono, la pesca de leña y los Corroconchos del río son fragmentos de una infancia y juventud vividas en comunidad

Este resumen se realiza automáticamente. Si encuentra errores por favor lea el artículo completo.

El colegio en Uramita no solo era un lugar de aprendizaje, sino también el escenario de muchas de nuestras travesuras. Recuerdo especialmente una ocasión en la que mis amigos y yo decidimos tomar revancha contra tres compañeras que nos habían delatado con la profesora, lo que nos costó una mala nota y un buen regaño. No podíamos dejar pasar ese acto de traición sin una respuesta acorde.

El plan fue sencillo pero efectivo: conseguimos pica pica, ese polvillo irritante que provoca una picazón insoportable al contacto con la piel, y lo esparcimos estratégicamente en sus asientos. El resultado fue inmediato: después de regresar del descanso, en cuestión de minutos, las chicas empezaron a retorcerse, rascándose desesperadas sin entender qué estaba pasando. Nosotros, con la risa contenida, disfrutábamos del espectáculo hasta que, por supuesto, el profesor Ovidio sospechó y terminó descubriéndonos. No recuerdo exactamente el castigo, pero valió la pena por la satisfacción de haber equilibrado la balanza de la justicia escolar.

Hoy, cuando hablo con Gloria Duarte, Claudia Monsalve y Julieth Gutiérrez, aún lo recuerdan con una mezcla de risa y picardía, pero sin rencores. Y cuando me encuentro con Felipe, Tatola, Pitaya y Congolo, los cómplices de aquella travesura, revivimos ese momento como si hubiera sido ayer.

La llama olímpica en Uramita

Uno de los momentos más emocionantes de mi juventud fue cuando tuve el honor de correr con la llama olímpica en un relevo desde Dabeiba hasta Uramita. No recuerdo con exactitud el año ni para qué juegos era, pero sí sé que la antorcha se dirigía hacia Medellín y, por alguna razón, mi nombre apareció en la lista de relevistas y también, como se puede evidenciar en la foto, el nombre de mi compañero a quien apodábamos “Calderon” estaba ahí.

Para mí, que siempre he sido amante del deporte, fue una experiencia inolvidable. Correr con la llama en las manos, sintiendo el peso simbólico de ese fuego que ha viajado por tantos lugares del mundo, fue un privilegio. A lo largo del camino, la gente salía de sus casas para ver pasar la antorcha; algunos aplaudían, otros simplemente observaban con curiosidad, mientras los relevistas nos seguían en la volqueta del municipio. Fue un momento de orgullo, no solo personal, sino también para Uramita, que se convirtió en parte de ese recorrido histórico.

Doña Orlanda, la telefonista del pueblo

Antes de que la telefonía móvil y el internet llegaran a nuestras vidas, comunicarse con alguien fuera del pueblo no era tarea fácil. En Uramita, ese puente con el mundo exterior era doña Orlanda, la telefonista.

Su pequeña oficina estaba llena de papeles, cables y un enorme aparato telefónico lleno de botones y switches con el que conectaba llamadas a diferentes lugares. Para hacer una llamada, uno tenía que llegar, darle los datos y esperar pacientemente a que lograra la conexión. A veces tocaba insistir varias veces porque la señal no era buena, y en otras ocasiones, había que regresar más tarde. Para recibir las llamadas, algunos niños del pueblo ayudaban a doña Orlanda corriendo a dar la cita casa por casa y asignando turnos, y en más de una ocasión, se formaban filas porque varias llamadas estaban programadas a la misma hora.

Doña Orlanda conocía prácticamente la vida de todos los habitantes de Uramita, pues muchas veces era ella quien recibía los mensajes antes de pasarlos a sus destinatarios. Y aunque en un pueblo pequeño el chisme era moneda corriente, ella siempre fue una mujer seria y reservada, guardando con discreción toda la información que pasaba por sus manos, pero aquellos aparatos viejos tenían muy mala recepción y se escuchaba muy poco entonces los que se encontraban en la comunicación debían hacerlo en altavoz casi gritando y no faltaba quien estuviera merodeando el lugar para escuchar y esparcir los chismes por todo el pueblo.

La pesca de leña en el río

Los ríos siempre han sido parte fundamental de la vida en Uramita. No solo eran el lugar donde nos bañábamos y jugábamos de niños, sino también donde aprendimos sobre la naturaleza y la supervivencia.

Uno de los recuerdos más vívidos que tengo es la pesca de leña, una actividad que muchos en el pueblo realizaban durante una creciente del río. Nos ubicábamos en el puente con lazos y ganchos para atrapar los troncos y hasta árboles completos que bajaban arrastrados por la corriente. Era una práctica necesaria para muchos hogares, pero también se convirtió en una de las diversiones más típicas del pueblo. La competencia por recoger el trozo de leña más grande era intensa, y en esta actividad siempre se destacaban los hijos de Sisco “Pacho”, “Colo”; los Mellizos Milton y Héctor Tamayo y “El Buey” quienes ocasionalmente quedaban atrapados con los lazos y por la fuerza de la corriente y el peso de los troncos terminaban en el Río luchando por salvar su vida.

Un pez llamado Corroconcho

En el río también descubrimos muchas criaturas fascinantes, pero uno de los más recordados era el Corroconcho, un pez de caparazón dura y carrasposa, con una apariencia extraña y la habilidad de adherirse a las piedras con su boca.

Para los jóvenes del pueblo, pescar un Corroconcho era todo un desafío. Requería paciencia, agilidad y, sobre todo, mucha suerte. Pasábamos horas en el agua tratando de atraparlos y, cuando finalmente lo lográbamos, lo mostrábamos con orgullo como si fuera un trofeo. Algunos los dejaban ir, otros los llevaban a casa y los mantenían en posetas llenas de agua como pequeñas mascotas… aunque al final casi siempre terminaban en nuestros platos. Y vaya que eran un verdadero manjar. Recuerdo a Belisario Arenas y a James Góez compitiendo para resistir bajo el agua para sacar el corroconcho más grande que se aferraba con fuerza en las piedras.

Reflexión final

Cada uno de estos recuerdos forma parte del tejido que compone la historia de Uramita. Las travesuras del colegio, la emoción de la llama olímpica, la voz inconfundible de doña Orlanda al contestar el teléfono, la pesca de leña y los Corroconchos del río son fragmentos de una infancia y juventud vividas en comunidad.

A través de estas historias, quiero seguir compartiendo ese Uramita que muchos recordamos con cariño, un Uramita que, aunque ha cambiado con los años, sigue vivo en nuestra memoria y en nuestras raíces.

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Redacción Minuto30

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