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Opinión

¡Campaña presidencial, entre el temor y el odio! Por: Nelson Hurtado Obando.

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Cada día se profundiza más la polarización del país nacional, al agite de jingles y arengas del país político.

Nelson Hurtado Obando

Nelson Hurtado Obando

Cuando aparecieron en las relaciones entre el presidente Santos y el expresidente Uribe, los primeros escarceos, muchos creyeron que el panegírico, además lírico y patriótico, que el presidente Santos tuvo a bien pronunciar en su discurso de posesión, en reconocimiento al Dr. Uribe, a escasos 4 minutos de haber ingresado al club de expresidentes, no iban a trascender, por aquello de “la palabra empeñada” y la prez que brinda el honrar la palabra.

Avanzados los tiempos, cuando ya se había enrarecido el ambiente y cierta calentura se sentía afuera de las sábanas, escribí, que lo peor que la podía pasar al país nacional y al país político, sería que este último, alentara la división de los colombianos, entre: uribistas y antiuribistas.

La temperatura seguía subiendo, cual “calentamiento global” y pude escribir, que ojalá la fisura relacional entre Santos y Uribe, no se convirtiera en una brecha, a través de la cual, sobre tapete hiciera su avance, la insurgencia y formalizada la división entre los colombianos de a pie o “alpargatócratas”.

Lo que sucede en Colombia, ahora en el 2014, no es que no tenga antecedentes históricos, porque sí los tiene en otros escenarios de la vida nacional, como lo son la llamada “guerra de los mil días” hacia 1898 y 1904 y entre 1928 y 1938; en el primer lapso, la confrontación fue dirigida, alentada, impuesta y sostenida por el gran caudillo Rafael Uribe Uribe, la que fue si se quiere, la causa determinante del despojo de Panamá, a manos de los EE. UU., pero esencialmente a manos del rico banquero, adquirente de los derechos franceses y de las acciones de la Compañía del Canal y que como con profundos fundamentos lo sostiene Alvear Sanín, es injusto que dicho despojo se le atribuya como un acto de felonía al presidente Marroquín. El segundo episodio, tiene que ver con la Constitución de 1936, en la cual, se introduce la función social de la propiedad privada, con su antecedente en la “Masacre de las bananeras” y otra serie de revueltas populares, constitución que acoge las tesis de León Diguit, que no son precisamente tesis socialistas, ni comunistas, pero que permitieron al poeta Silvio Villegas, tildar de comunistas al gobierno de López Pumarejo y al congreso y de señalarlos como los responsables de la entronización en Colombia por vía democrática, del comunismo, como triunfo indiscutible en américa, de los bolcheviques rusos.

Obvio, que entre 1898 y 2014, son innegables los cambios que han ocurrido en el orbe: socio culturales, económicos, políticos, ambientales, alimentarios, energéticos, militares, de crímenes trasnacionales y de terrorismo internacional, etc., que han determinado nuevos contextos y si se quiere una nueva morfología y topografía de los conflictos globales, ante los que los propiamente nacionales o locales, pierden esa significación e interés nacional, pues su importancia está dada en la medida que impactan a escala global, la SEGURIDAD HUMANA, en todas sus aristas.

Muchos han enloquecido, con creer habitar y vivir en la sociedad del conocimiento, otros en la sociedad de la información y casi nadie, al menos desde las políticas públicas, aborda la actual era, como la sociedad del riesgo, de los peligros inminentes, y contundentemente, como la verdadera sociedad del temor, del miedo y de las incertidumbres.

La actual campaña presidencial, no solo ha polarizado al país nacional, entre uribistas (anti santistas) y anti uribistas (no necesariamente santistas), en los que los pivotes pendulares, de la práctica discursiva, van entre el temor y el odio y no precisamente entre la paz y la guerra, desde la propia construcción de un ángulo de doble visual del santismo, que incluye, para excluirla, la visual unifocal del uribismo, aunque sea parte inherente, del mismo paisaje.

Pero, a pesar de la magnitud de los hechos y sobre todo de los hechos sociales, el santismo, como el uribismo, en la única “verdad” en que coinciden, es que en ambos extremos, las únicas verdades son las incertidumbres, el temor y los odios y tanto en unos, como en otros, el temor es el eje desde el cual se traza el círculo vicioso, por un guijarro atado a la cuerda, que gira cada instante más velozmente, sin considerar que puede romper y perder su órbita.

Una buena aproximación al tema de la seguridad humana, que es la que está en juego, en la futuridad colombiana, es la de un país nacional, no libre frente al temor y no libre frente a la necesidad, es decir sin los ámbitos de libertad inherentes al principio fundante del Estado social de derecho, democrático y participativo. Vale decir, libertad y democracia, sin vida, no existen, a la par que vida, sin libertad y democracia, tampoco, por la ausencia del sustrato fundante de la dignidad humana.

Ahora bien, lo que sí tiene verosimilitud, es que gran parte de ciudadanos, tiene temor de la paz de Santos, jamás por la paz misma, como valor, sino por lo dicho por el novel filósofo paisa, -que dizque anda en trance de candidatura presidencial-, de que “serán los medios los que justifiquen el fin”, mismo principio para que otra gran parte de ciudadanos tenga temor de la paz de Zuluaga (uribismo), por aquello de que “El Estado de opinión, es la fase superior del Estado Social de Derecho, democrático”, lo que por ambos extremos, como que nos pone a tono con el filósofo mayor de Venezuela, cuando sentencia que: ”Hay una mitad que es mayoritaria y hay una mitad que es minoría”.

Y es que el país nacional, y esto sí, como verdad absoluta, desconoce absolutamente todo sobre los medios para lograr a lo sumo el armisticio, lo que es más que incertidumbre y origen de justificado y exacerbado temor, personal, colectivo e institucional. Así, es claro, que si son los medios los que justifiquen el fin (la paz), no puede ser más evidente, que los diálogos de la Habana, preacuerdos, el “nada está acordado, hasta que todo esté acordado”, llevarán a que los medios, justifiquen la “paz negociada”, mediante referéndum, plebiscito, etc., ni más ni menos, que el hombre colombiano, el ciudadano colombiano, eje del Estado Social de Derecho, no libre frente a la necesidad y no libre frente al temor, termina siendo un medio de conclusión, un instrumento, mero instrumento de una “paz negociada”, sobre cuyos términos ni antes, ni después conoce nada, de la que no conoce nada, desde su determinación finalística, ni desde sus contenidos deontológicos y menos desde los axiológicos En este escenario, la paz no es un valor, ni el fin es su entronización en la vida colombiana y deviene igual como un medio, un instrumento de mera agitación política electoral, lo que podría flanquear la puerta de acceso, a un moderno “Caballo de Troya”, al menos, desde lo expuesto, en el supuesto video que circula en las redes sociales, con iguales incertidumbres sobre su fidedignidad, por lo que esta paz de concretarse, que es deseable, no será más que al decir de la ciencia, “un cisne negro” o una serendipia del santismo y si llegada, adviene su fracaso, este no pasará de ser el fruto de una elección “libre y democrática”, cuya responsabilidad histórica será situada políticamente en la autoresponsabilidad, propia, única y exclusiva de la masa de ciudadanos – instrumentos y ante ello, solo podrían exclamar los colombianos algo así como: ”Nos equivocamos, pero nos equivocamos democráticamente”. La historia no puede desandarse.

Que Uribe, (como podría ser la percepción de una mitad que es mayoría o de la otra mitad que es minoría), sea el dios de “la guerra sin fín”, en términos del santismo, nada nuevo agregaría al paisaje, salvo su ascensión al olimpo nacional de los dioses de la guerra, que no son pocos y en el que quedaría en proceso de “beatificación”, los del bando contrario de la misma guerra, que no serían pocos. En una cosmovisión de la paz, esa tampoco es una verdad absoluta. Lo que sí debe tener ya claro el expresidente Uribe, es que de ser elegido el candidato de su movimiento, éste ha de ser el presidente de todos los colombianos, solo sometido a los mandatos de la Constitución y las leyes de la República de Colombia, a las que deberá su única lealtad y más teniendo en cuenta que el voto programático, solo “opera” respecto de las autoridades de elección popular de orden territorial.

Si la PAZ es un valor, como construcción social, ella no puede ser, en términos de democracia, un medio para determinados e inmediatos fines, pues queda más cercana y casi reducida a un asunto de lonja, de repartos de ámbitos de poder, sometida a la incertidumbre de que no le falle la pila a la calculadora.

Una PAZ digna, no lo es per se, la PAZ, como valor, no puede ser nada distinto a la realización de la dignidad humana, inmanente al hombre, a las sociedades, a los pueblos y a la cual todos los Estados y su poder público, deben estar sometidos.

Así, tanto la paz que se negocia en La Habana, “para poner fin a la guerra”, como para “derrotar” “la guerra sin fin”, ambas visiones únicas del santismo, como para la visión que expone que: “paz, sí, pero sin impunidad”, están concebidas en escenarios de altas incertidumbres, independientemente de su rigurosidad “técnica”, que deviene accesoria y no fatal, por la naturaleza misma de los valores. La paz es un valor y en Colombia se ha instrumentalizado.

En el escenario mundial existe consenso, respecto a que la humanidad, en el estadio actual de la civilización, vive, habita, en un mundo inseguro, en un mundo cada día más inseguro, donde se exacerban todos los riesgos: naturales, económicos, políticos, militares, criminales de nivel trasnacional, terrorismo internacional, por cualquier causa, un mundo donde la ciencia, “ha dejado de ser productora de certezas” y donde las incertidumbres y fundamentalmente el temor y la necesidad, inhiben la dignidad humana, la libertad. Así, es perceptible que la masa instrumental (una mitad que es mayoría y la otra mitad que es minoría), acudirán a la elección presidencial, más en la creencia de hallar y tener por fin, una solución a la “inseguridad personal”, más que en respuesta a un propósito humano nacional, de coexistencia.

Desafortunadamente, en el escenario local, la paz, por la fuerza misma de las circunstancias, ha terminado siendo instrumentalizada, convertida en un medio, a través del cual, no se tiende ni siquiera a construir una bella utopía, sino a enfrentar un futuro, cuyo camino está empedrado de incertidumbres infinitas, con una circunstancia adicional de agravación, que del temor, se ha pasado además a inocular, buenas dosis de odio, sin que quepa a la hora presente decir como en otra época, “La Patria por encima de los partidos”, pues el debate electoral, ha estado huérfano de propuestas, planes, proyectos, programas, ideas, fundamentalmente huérfano de libertad, de democracia.

Aquí lo fundamental no es el paradigma de la seguridad nacional, ya superado por el actual paradigma de la seguridad humana, que postula más o menos que: “Ningún país del mundo, podrá estar seguro, si cada uno de sus ciudadanos no está seguro”. Muy similar el embrollo colombiano, a lo acontecido en EE. UU., bajo el presidente W. Bush, en relación con Hussein, Al Qaeda, los negocios de los magnates petroleros y los medios, sobre todo la TV y que bien documenta Al Gore, cuando señala que la decadencia de la democracia, se origina en el desprecio y en “El ataque a la razón”.

Solo desea uno, en esta hora convulsionada de la vida nacional, cuando el alma y la vida de cada conciudadano, es presa de las incertidumbres, del temor y algunos odios, cuando su libertad, está suprimida por la necesidad, el temor y el miedo, que quien resulte elegido presidente, convoque a la unión a todos los colombianos. Dios quiera que no sea el artículo 216 de la C. P. la razón de más confrontaciones fratricidas. La dignidad humana, la vida, la libertad, la paz, la democracia, las elecciones libres, no lo son en escenarios de incertidumbres, de temor, de miedo, de terror y menos de odios. @abogadohurtado

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