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    sábado 4 - abril 2020

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    Camino, caigo, vuelvo a caminar

    Por: Rafael Nieto Loaiza


    Fin de año. Logros alcanzados. Metas incumplidas. Tareas a media marcha. Propósitos que se quedaron ahí, en el papel, en los que no se dio ni un paso adelante y, que, casi siempre, vuelven a plantearse como objetivos para el año que comienza para, de nuevo, muchas veces, tampoco avanzar.

    Es la naturaleza humana. Planear, ejecutar, evaluar. Equivocarse. Reconocer que a pesar de fijarse propósitos, con la mejor de las intenciones, se fracasa, y se debe volver a empezar. Somos una dualidad consciente y en tensión permanente. Nos debatimos sin cesar entre nuestra naturaleza instintiva, animal, amarrada en lo más profundo a los monos, nuestros primos, y el ser pensante, lúcido, trascendente. Entre nuestras compulsiones y nuestras razones. Entre hacer lo que queremos y lo que debemos. Hacer el bien o darle rienda suelta a esa faceta oscura, que también tenemos. El hombre, solo el hombre, es capaz del bien más sublime y también de la más tenebrosa de las maldades. De hecho, somos los únicos animales capaces de ser crueles. Todos los demás animales actúan siguiendo sus instintos.

    Y sin embargo, también por eso, por tener que vivir decidiendo, por el libre albedrío, somos mejores que ellos, que los monos y que los demás animales. Mejores también que Adán y Eva en el paraíso, antes del Conocimiento, insulsos, insípidos, sin gracia alguna. Es en nuestra capacidad de escoger, de decidir, donde está lo más noble y puro del ser humano. De hecho, es nuestra libertad la que nos hace humanos. Somos seres racionales para decidir. Y aún en nuestras equivocaciones hay un rastro de humanidad o, mejor, son la prueba de ella.

    Así se nos van los días, uno tras otro, y se nos van los años, como este que se acaba, y se nos va la vida, en la tarea de escoger, de decidir, de fallar, de caer, y de volver a levantarnos. Somos libres y, por tanto, responsables. Responsables aún cuando nuestras decisiones hayan sido resultado, a veces sin verlo, sin saberlo, de ese lado animal, compulsivo, que también tenemos.

    Año agridulce. Retomé mi hábito de correr diariamente, diez o más kilómetros, que había abandonado casi del todo por cuenta de andar el país una y otra vez en esa seguidilla de campañas del 18. Correr es mi momento de introspección. Curioso, dirá alguno, si es por definición una actividad física (aunque cualquier maratonista matizaría: las largas distancias son más fuerza mental que capacidad corporal). Pero para mi correr es mucho más que la dopamina del ejercicio aeróbico. Es el silencio, la concentración, la oportunidad de ver desde otros ángulos los problemas y las soluciones. Me queda pendiente retomar la bicicleta.

    Volví al ejercicio de mi profesión y de mis oficios, abandonados también por cuenta de la política, ese monstruo devorador y desagradecido que todo lo exige y todo lo consume. Creí que saldría manchado de las campañas por esa pésima reputación que tienen los políticos. Y sí, algunos me odian por mis ideas, aunque no hayan cruzado palabra conmigo, pero también he recibido la confianza de muchos y tengo nuevos clientes a quienes estoy profundamente agradecido.

    Sigo con mis columnas, que nunca dejé, opino en radio y televisión, debato con tanta altura y respeto con mis contradictores como me es posible. Casi 80 mil personas me siguen en twitter, y no dejo de asombrarme y de agradecer que tanta gente, un estadio entero, encuentre interesante lo que tengo para decir.

    Leo menos de lo que quisiera, pero mucho más de lo que podía hace un año. Descubro a Steven Pinker, Hans Rosling y Matt Ridley, optimistas irredentos, y encuentro en Luc Ferry una mirada de escepticismo. Releo a Álvaro Gómez en la edición impecable de Villegas Editores. Vuelvo a Alice Munro, Ishiguro, Ginzburg, Oé, y gozo con la literatura negra de Pierre Lemaitre y de Gillian Flynn.

    Decepciono a algunos de los que más quiero y lamento ver los estragos que causo. Sufro porque hago daño, me culpo y confío, quizás en vano, en que algún día tenga perdón. Y, sin embargo, el destino me regala una mujer estupenda, maravillosa, a la que quiero arrancarle una sonrisa todas las noches y con la que espero envejecer. Mis hijos van creciendo y me empiezan a ver con mis vastos defectos y pocas virtudes. Así tendrán que quererme. Camino, caigo, vuelvo a caminar.

    Vivo. Y deseo que este 2020 traiga vida, mucha vida, a todos mis lectores.



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