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El cambio SÍ es imparable

Por: Daniel Mauricio Meléndez Márquez

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El país político no se enfrenta a polarizaciones o lucha de clases sino al hambre, desempleo, violencia y muerte imperantes en Colombia. Y el país nacional reacciona.

Tras el fragor de la contienda electoral y una vez terminado el escrutinio de votos, algo es claro: ante la arremetida de las llamadas fuerzas alternativas, el statu quo defenderá sus privilegios hasta el último aliento. Décadas de hastío ante una clase dirigente cómplice o negligente con los casos de corrupción en las altas esferas del gobierno nacional están pasando su factura.

El mapa electoral colombiano cambió con respecto a 2018. Las fuerzas vivas se alinean, se reestructuran y cierran filas alrededor de modelos económicos y políticos de país y el caudillismo que seguimos alimentando. Todo esto sucede en medio de un desempleo rampante, inflación y devaluación en aumento, terrorismo, violencia y muertes al alza.

Con este balance de un gobierno que empeoró estos problemas y la posibilidad del continuismo, de tener más de lo mismo con un candidato sin propuestas de acciones concretas que habla mucho y no dice nada, Colombia quiere un cambio. Y a este cambio, el consentido del statu quo lo llama “polarización” y “lucha de clases”.

¿Cómo puede hablar de “polarización” un candidato que tiene al statu quo, los medios masivos de comunicación, los partidos tradicionales, los gremios, grupos de interés, los grandes grupos económicos y al partido de gobierno a su favor? ¿Qué “lucha de clases” puede haber en un país donde 2,4 millones de hogares no comen tres veces al día y el 52,4% de sus habitantes se acuestan sin comer?

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Hoy en Colombia tenemos 61% de pobreza y 42,5% de pobreza extrema. Pasamos de un 9,7% de desempleo en 2018 a 12,9% en 2022 y 70% del empleo es en la informalidad. A este panorama desolador se suma una devaluación del 14,2% y una inflación anual del 8,3%, la más alta desde 2016. Para colmo de males el más reciente informe de la FAO advirtió el riesgo de hambre aguda que se cierne sobre Colombia para 2022.

No nos engañemos. Más que una pretendida “lucha de clases”, en Colombia padecemos de clasismo. No es “polarización”; es el gobierno, medios y gremios apoyando un único candidato. Quienes protestan en las calles no son “resentidos”; son cientos de miles que se sienten maltratados por una clase dirigente que legisla en beneficio propio para perpetuarse y mantener sus privilegios. Millones de compatriotas tienen ira y hambre.

Y, por cierto, señalar las fallas y delitos de funcionarios, gobernantes o empresarios no es “promover el odio” sino ejercer el derecho a la información clara, objetiva e imparcial. Porque además de las cifras de hambre, pobreza, inflación y desempleo en Colombia, las masacres y desplazamientos también aumentaron estos últimos cuatro años.

En 2018 se registraron en Colombia 16 masacres y pese a los intentos de disfrazarlas como “homicidios colectivos”, 2021 cerró con 72 masacres, para un total de 219 masacres, 757 líderes sociales asesinados y 64.860 desplazados en los últimos tres años. Ese es el saldo del gobierno Duque, débil en la paz y en la guerra.

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Porque en la lucha contra el terrorismo prometida por Duque en campaña, las disidencias de las FARC triplicaron su presencia de 60 municipios en 2018 a 180 municipios en 2022; el Clan del Golfo pasó de tener presencia en 180 municipios en 2018 a 241 en 2022 y el ELN duplicó su presencia de 90 municipios en 2018 a 184 en 2022. Y como solución, el candidato Gutiérrez propone más barbarie hablando de “cárcel o tumba”. ¡Vaya diferencia!

Ante el hastío general de la población colombiana, decepcionada tras confiar en un gobernante del que decían era “el que es”, y la posibilidad del continuismo con un candidato apoyado por “los mismos de siempre” para seguir con “más de lo mismo”, es lógico intentar otras opciones. Porque los mismos métodos jamás consiguen resultados diferentes.

Entre quienes aspiran a la Presidencia de Colombia pocos tienen claro el diagnóstico del país y qué debe hacerse para cambiarlo. Personalmente, resalto a Enrique Gómez, Rodolfo Hernández y, gústenos o no, Gustavo Petro. No hay cómo saber si implementarán lo que proponen, pero el sólo hecho que sean diferentes a lo que tenemos los hace mejor opción.

Colombia no quiere más de lo mismo. Decenas de millones queremos un cambio. Y en este orden de ideas, el cambio SÍ es imparable.

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