Resumen: Buenaventura mueve casi la mitad del comercio exterior del país, pero sigue sin agua potable todo el día y con pobreza que duplica la media nacional.
¿Cómo puede la ciudad por la que entra y sale buena parte de la riqueza nacional tener a tantos de sus habitantes viviendo con lo justo? Buenaventura es esa paradoja hecha territorio, y vale la pena mirarla con datos y sin rodeos.
Las cifras del puerto impresionan. Por sus muelles pasa entre el 42% y el 45% del comercio exterior de Colombia (El Tiempo, s.f.), y solo en 2024 movilizó 20,6 millones de toneladas de carga de todo tipo (La República, 2025). Es, sin exagerar, el corazón logístico del Pacífico y una pieza de la que depende buena parte de la economía nacional. Cada contenedor que entra o sale representa ingresos para todo el país.
Pero basta alejarse unas cuadras de las grúas para encontrar otra ciudad. Con datos del DANE de 2018, la pobreza multidimensional en Buenaventura llegaba al 41%, frente a un 19,6% nacional; es decir, más del doble (Banco Interamericano de Desarrollo, s.f.). Ulloa (2024) agrega que el desempleo alcanzaba el 24,6% y que más del 43% de los estudiantes obtenía niveles insuficientes en las Pruebas Saber. Detrás de esos porcentajes hay hogares que no logran cubrir lo básico y jóvenes que ven el puerto como un vecino cercano, pero ajeno.
Quizá la imagen más difícil es la del agua. En una de las zonas más lluviosas del planeta, la mayor parte de la ciudad no tiene servicio de agua potable durante todo el día, y las obras estructurales del acueducto quedaron proyectadas para 2026 (El País, 2025). Ningún desarrollo es sostenible si una familia debe organizar su vida alrededor de unas pocas horas de agua. Las madres cargan baldes, los niños faltan a clase por enfermedades y los pequeños negocios pierden clientes; la falta de agua no es solo un problema técnico, sino de dignidad.
Nada de esto significa que el puerto sea el problema. Al contrario, es la principal fuente de empleo formal y una oportunidad enorme. El reto es que esa riqueza no solo pase por Buenaventura, sino que se quede en ella. Para lograrlo, propongo tres prioridades. Primero, terminar las obras del acueducto con plazos públicos y veeduría ciudadana. Segundo, vincular la actividad portuaria con la formación de los jóvenes, para que los empleos calificados de la logística sean ocupados por bonaverenses. Tercero, diversificar la economía hacia la agroindustria, el turismo y la cultura, aprovechando la identidad de una población donde el 86,7% se reconoce como afrocolombiana (Fuertes-Bucheli et al., 2024), con un patrimonio musical y gastronómico que el país apenas empieza a valorar.
Buenaventura ha demostrado que sabe organizarse y proponer. El paro cívico de 2017 dejó claro que la ciudadanía no pide favores, sino condiciones justas. Si el puerto crece, la ciudad debe crecer con él: con agua, empleo digno, colegios de calidad y seguridad en sus barrios. Ahora corresponde al Estado, a las empresas portuarias y a la ciudadanía construir juntos. Colombia le debe mucho a su principal puerto; ya es hora de empezar a saldar esa cuenta.
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