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    lunes 17 - febrero 2020

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    Brexit de las Farc

    Por: Abelardo De La Espriella


    El pasado viernes el gobierno de Gran Bretaña, en cabeza de Boris Johnson, cumplió con el mandato que el pueblo británico extendió en junio de 2016, cuando cerca del 52% de los ciudadanos votaron a favor de que su país se retirara de la Unión Europea. Reza el viejo adagio popular que “la voz del pueblo es la voz de Dios”. Cuatro meses después del referendo británico, los colombianos concurrimos a las urnas para pronunciarnos, a través de un plebiscito, respecto del acuerdo entre el tartufo Santos y los cabecillas de las Farc.

    El 50.2% de los votos fueron por el NO. Ambas consultas populares, tanto la británica como la colombiana, se definieron por un estrecho margen. Pero, en democracia, no se gana por poquito o por muchito, sino que se gana o se pierde. Y, para garantizar la salud de las instituciones y de la libertad democrática, los resultados de las urnas, al margen de gustos o disgustos, tienen que ser acatados con grandeza republicana. En su análisis de los discursos de Tito Livio, Maquiavelo incluyó un capítulo cuyo título lo dice absolutamente todo: La multitud es más sabia y constante que un príncipe.

    Las reglas de juego deben respetarse. Después de hacer los ajustes correspondientes, el gobierno del Primer Ministro Johnson cumplió con la orden emanada del pueblo, y hace dos días Bruselas registró oficialmente la salida del Reino Unido -aquel imperio en el que otrora nunca se ocultaba el sol- de la Unión Europea.

    Algo va del talante democrático británico a la arbitrariedad del estafador político Juan Manuel Santos, que desconoció arbitrariamente el resultado del plebiscito, apoyado por una pléyade de políticos corruptos y amparado en el cuestionable Nobel de Paz, que oportunamente le regaló el gobierno de Noruega -país que sirvió de garante del pacto de impunidades acordado con las Farc en La Habana-.

    Si el tartufo Santos y su camarilla no hubieran pisoteado a la democracia colombiana de la forma como lo hicieron, la realidad de nuestro país sería muy distinta. De entrada, no tendríamos que padecer a la JEP (ese insoportable monumento a la impunidad) ni a los responsables de los máximos crímenes de lesa humanidad que ha conocido nuestro país, pavoneándose por las calles, haciendo desafiante ostentación ante la sociedad, en general, y sus víctimas, en particular.

    La paz estable y duradera no se construye a las malas ni a través del desconocimiento abusivo de la voluntad de los gobernados. Hagamos una reflexión de un instante, imaginándonos el caos que se habría generado en el mundo entero si el resultado del Brexit hubiera sido a favor de permanecer en la UE y, a pesar de ello, el Primer Ministro, Boris Johnson, feroz crítico de la Unión, hubiera retirado al Reino Unido. En un país serio aquello resultaría inadmisible.

    En Colombia, por cuenta de la monstruosa trampa del tartufo y sus cómplices, hemos quedado en una situación espeluznante: la democracia gravemente herida y, lo que es peor, la sociedad irremediablemente fracturada, pues más del 50% de los ciudadanos, día a día tenemos que soportar que nuestra voz fuera desoída y que la voluntad que emitimos a través del sagrado voto, haya sido alevosamente desconocida.

    Ahora, cuando empieza a configurarse una ampliada coalición de gobierno al rededor del presidente Duque, bien valdría la pena que, en la agenda política de ese entendimiento, se incluya una revisión integral del acuerdo con la banda terrorista Farc y se identifique la manera inteligente de cumplir con el mandato que el pueblo selló aquel 2 de octubre de 2016.

    Nada bueno puede salir de una trampa orquestada para arrodillar a la patria, en detrimento del Estado y a favor de aquellos que tienen las manos manchadas de tanta sangre inocente.

    La ñapa I: No me cabe duda de que el fiscal Francisco Barbosa hará una gestión impecable al frente del ente acusador: no solamente tiene la capacidad jurídica para ello, sino también la solvencia moral y la determinación para lograrlo.

    La ñapa II: Aplauso de pie para ese extraordinario ciudadano que dio de baja a tres delincuentes que pretendían asaltarlo en la ciudad de Bogotá. Ese debería ser el fin de todos esos bandidos.

    La ñapa III: La “calladita” ahora es Cecilia Orozco Tascón, que, desde que se le cayó el montaje de las supuestas “chuzadas” a la Corte, no ha dicho ni mu; tampoco han abierto su boca los Félix, los Coroneles, los Bejaranos y tantas otras “bellezas” de la desinformación. Esta es la verdad: la señora Orozco hace rato dejó de ser periodista para convertirse en una calumniadora profesional.

    La ñapa IV: El mundo está completamente deschavetado: se busca, por todos los medios, frenar la explosión demográfica para, entre otras cosas, combatir el cambio climático y garantizar el futuro de “nuestros hijos”. Abortos, eutanasia, planificación familiar, entre otras herramientas para ese fin, están a la orden del día. Pero, ahora, justo cuando el coronavirus amenaza con borrar del mapa media humanidad, todos andan a las carreras para encontrar cómo curarlo y así garantizar la conservación de la especie. ¿Quién entiende este embrollo? Sabrá Mandrake.



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