Resumen: Llegaron a Medellín sin favoritismos, sin reflectores y sin la etiqueta de potencia. Llegaron con una maleta cargada de sueños, el corazón lleno de fe y una historia que pocos conocían
Llegaron a Medellín sin favoritismos, sin reflectores y sin la etiqueta de potencia. Llegaron con una maleta cargada de sueños, el corazón lleno de fe y una historia que pocos conocían. Así arribó el equipo que representó al departamento de Arauca en la edición 41 del Festival de Festivales – Baby Fútbol, un grupo de niños que antes de pensar en la final, tuvo que pensar en cómo llegar.
Nada fue fácil. Para poder vestir la camiseta del departamento, padres de familia y cuerpo técnico tuvieron que tocar puertas, pedir respaldo económico en semáforos, hablar con taxistas y comerciantes, y hacer colectas improvisadas. El apoyo institucional existió, pero fue limitado: el Inder Arauca, de acuerdo con su presupuesto, solo pudo aportar una parte. El sueño completo necesitaba más de 60 millones de pesos, y lo que se llevó apenas alcanzaba para unas pocas posibilidades. Nadie imaginaba que ese dinero alcanzaría para escribir historia.

El camino no era sencillo. En el torneo esperaban los de siempre: Envigado, Independiente Medellín, Atlético Nacional, grandes estructuras del fútbol formativo, con tradición, respaldo y nombres pesados. Pero Arauca traía algo distinto: una dirección técnica convencida, un trabajo silencioso y un grupo de niños que jugaban con el alma.
Solo los campeones de cada etapa llegaban a Medellín, y allí estaba Arauca, avanzando paso a paso, derribando gigantes. En el camino cayó Envigado, y con cada partido crecía la ilusión. Ya no jugaban solo por competir, jugaban por los padres que vendieron rifas, por los que pidieron monedas bajo el sol, por un departamento que muchas veces solo aparece en las noticias por razones equivocadas.
La figura emergió con fuerza: Camilo Falcao Botello, goleador del torneo con 8 golazos, de cabeza, de penalty, de media distancia, de todas las formas posibles. Más que goles, cargó al equipo al hombro. Cada celebración tenía un destinatario: su entrenador y los padres de familia. Cada partido era una declaración de amor por su tierra.

Al final, cuando el trofeo ya era una realidad, Camilo Falcao lo dijo con el corazón en la mano:
“En Arauca no es solo violencia. Miren estos jóvenes entregados al deporte, luchando por sacar en alto el nombre de un departamento bello, hermoso y de gente maravillosa.”
Y lo lograron. Arauca no solo se llevó la Copa de Campeón, también conquistó los trofeos a Mejor Barra, Mejor Jugador del Torneo, Juego Limpio y el respeto de todo el país.
Esta historia demostró que no siempre es campeón el que tiene los mejores guayos, el uniforme más costoso o la mejor alimentación. A veces, el verdadero campeón es el que tiene actitud, sentido de pertenencia y un amor infinito por su escudo.
Felicitaciones a estos niños que enseñaron que el fútbol también se gana con el corazón… y que desde Arauca, también nacen campeones.

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