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Opinión

Ante este Coronavirus …¿Será ético preguntarse si Dios existe?

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Nubia Leonor Posada Gonz%C3%A1lez Bio%C3%A9tica al instante

Percibiendo la insuficiencia de las propias capacidades ante algunos retos crecientes como los que está viviendo la especie humana con ocasión de la difusión del Coronavirus en su variante COVID-19, preguntas como ésta pueden aparecer con mayor frecuencia en el horizonte existencial. Y detrás viene otra: ¿Con qué cuento para hallar una respuesta?

Como siempre, es más fácil aplicarse a lo de afuera y se acude a las respuestas cosmológicas: el Universo compuesto por partículas de energía, que por sus características garantizan que todo lo que se compone con éstas, se descompone, no explica por sí mismo ni su causa -todo ser limitado es causado por otro-, ni su propia continuidad, ni su razón de ser.

No sería lógico adjudicar a lo limitado características que solo corresponden a lo no causado. La alternativa de una supuesta secuencia infinita de seres limitados, llevaría al mismo punto de partida: ninguno de ellos da razón de su existencia porque ha recibido el ser por participación, y se mantiene la falta de respuesta a la causa de lo que no pudo haberse causado a sí mismo.

Tampoco es razonable renunciar a la indagación acerca de la causa, eso equivaldría a cerrarse en la propia ignorancia. La investigación científica, que es uno entre múlitples modos de conocer, es una búsqueda de otras perfecciones de los seres, que parte directa o indirectamente, de lo percibido por los sentidos y transita la ruta del pensamiento sistemático y la acción ordenada, hasta corroborar las conclusiones con los seres indagados y sus similares.

Solo quien es Él mismo el Ser -entendido el término como “perfección”-, puede participar de lo que es, causando otros seres, sin contar con algo o alguien diferente a su propio ser, y puede mantenerlos en el ser dándoles continuidad según su constitución simple, por lo tanto infinita -sin partes no se descompone, no termina-, o según su conformación de partículas de energía.

Es el caso del universo constituido por energía de la que la materia es solo una de sus manifestaciones, que podemos conocer y aprovechar. Las leyes de la física y la química expresan su origen en un ser inteligente, que manifiesta su capacidad del orden -adecuada proporción de las partes en un todo-, que se evidencia en la gradación armónica de las perfecciones del universo, de variadísima belleza, y que garantiza la continuidad de los efectos del primer movimiento o cambio de la posibilidad a la realidad de cada ser participado y de la creación en su unidad, totalidad y continuidad.

Lo primero limitado fue causado de tal modo, que hay conservación y novedad en lo posterior, que está constituido igualmente por el respectivo comienzo de su ser que le fue participado, y su diferencia respecto de los demás seres.

Pero también hay que aplicarse a lo difícil, lo de adentro, que supone un reto mayor. Habitualmente es más fácil conocer y gestionar con acierto el mundo físico, que el personal. ¿Por qué? Es posible caer en el error de valorar más la percepción de sí mismo, que a sí mismo tal cual se es.

Eso, incluso, es valorar poco la autopercepción, porque su aprecio depende realmente del que se tenga por el ser que percibe y el que es percibido, pero sin estas diferencias en las valoraciones entre un ser y un aprecio, la persona corre el peligro de quedar en una situación de ausencia de referencias, a merced del capricho egoísta y el impulso ciego, y ante el riesgo de padecer la misma situación respecto de otras personas.

A la vez, se es consciente de que hay una ponderación de “poder” cuando uno se plantea haber tenido origen más allá de dos células que aportaron sus progenitores, y se percibe como realidad corporeoespiritual. ¿Por qué se podría vivir cierto temor o resistencia a indagar más sistemáticamente la existencia de Dios? Tal vez porque se es consciente de una expeciencia común: quien se propone algo, la ejecución de los medios tiene como finalidad alcanzar su meta. Por ejemplo, “voy a preparar una comida para…”

Lo anterior podría resumirse en una frase: quien da el ser, da el fin o razón de ser. Se puede percibir cierta competencia ventajosa, por la que se podría afirmar “si recibí ser, yo no me doy la finalidad para la que existo, sino que fue decidida por mi causante y ningún invento mío la cambiará.”

¿Cómo se puede afirmar que el causante de cada ser humano mantendrá la finalidad que se propuso al causarlo? El espíritu que, con el cuerpo, es una perfección también constituyente de un ser humano, al ser una realidad simple, no termina y eso significa que una vez se inicia el ser en que cada uno consiste, el deseo de la continuidad de éste no está subordinado a lo que él haga o al querer de terceros o a sus valoraciones, porque de todos modos no termina, ha sido deseado para que permanezca siempre: es simple, es amado.

Si el amor es lo que ha detonado la derterminación de la razón de ser de los seres personales, hacer realidad el para qué determinado al causarlos tendrá siempre y solo, como efecto, un amor más grande, y no hay un bien o perfeccion que lo supere.

El Coronavirus y todo lo demás que suceda, será solo la ocasión; lo importante es no dejarse dispersar por la ocasión, centrándose en ella, sino saber aprovecharla al máximo para amar mejor, que es abrirse lo máximo posible al bien en que consisten uno mismo y otros seres personales, y procurar, de modo constante y creciente, su mayor bien o perfeccion: nada estimula más el pleno desarrollo humano personal, familiar, empresarial y social, de la generación actual y las futuras, y el cuidado del universo, que aprovechar lo de cada instante para amar mejor.

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