La noticia literaria de la jornada, curiosamente, es todo menos literaria y va más sobre un lugar que sobre un autor o un libro en particular. Y es que, tras varios meses de cierre por reformas, que empezaron por allá en octubre, el legendario Café Gijón, el de toda la vida en el icónico número 21 del Paseo de Recoletos de Madrid, ha vuelto a abrir sus puertas bajo la debutante administración del mallorquín Grupo Cappuccino. Lo que siempre se supo desde el momento mismo en que se anunció su cambio de dueño y eventual reinauguración era que el histórico espacio de tertulias cambiaría, aunque bajo la promesa de mantener su espíritu, pero lo que no se sabía era cuánto… y vaya si cambió.
Aunque en Colombia nos suene de poco y nada, el Café Gijón ha sido desde 1888 uno de los centros más pulsantes de la cultura literaria española, pues míticos fueron los encuentros que allí sostuvieron algunos de los autores castizos más influyentes del siglo XX, entre ellos titanes del calado de Camilo José Cela (Nobel 1989), Ramón María del Valle-Inclán, Pío Baroja o Benito Pérez Galdós (todos ellos sublimemente inmortalizados por Francisco Umbral en “La Noche Que Llegué al Café Gijón”). Además de entregar cada año desde 1950 su tradicional premio de novela, el cual ha encumbrado a colosos de las letras como Leonardo Padura (1995 y Princesa de Asturias 2015) o Luis Mateo Díez (1974 y Princesa de Asturias 2023).
Pues a partir de esta semana poco queda de aquella mística sofisticación, equiparable a la del “Café de Flore” o “Les Deux Magots” de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir en París, ya que el Café Gijón 2.0 con el que amanecieron los españoles más parece una trampa para el turista extranjero que un espacio diseñado para su clientela de antaño. Si bien la estética se mantiene en su mayoría, su alma ha sido extirpada en nombre de la máxima monetización posible por metro cuadrado, lo que ha dejado un cascarón sin vida que, aunque desde afuera todavía simula la estética de los bares narrados por las generaciones del 98, del 14 o del 27, por dentro ha perdido su magia por obra y gracia de la gentrificación.
La carta, por supuesto, tampoco se ha salvado. Con copas de vino que arrancan en nueve euros están más cerca de precios de Nueva York que de Madrid y siendo las croquetas de jamón el único rezago de la dieta mediterránea que se mantiene incólume ante el advenedizo aluvión capitalista, el resto del menú es una mezcla tex-mex para que los visitantes de otras latitudes no se sientan abrumados por los enrevesados nombres castellanos: “entrecôte ‘Café de París’”, “curry vegano de tofu”, “poke bowl hawaiano”, “fish & chips”, “omelette bio”, “pizza margherita”, “spicy tuna roll”, “nachos con guacamole” o “sándwich California Club”, entre otras aberraciones gastronómicas.
Eso por no mencionar el “service not included” sólo legible para angloparlantes en la factura que inaugura una nueva época de respetables (aunque cuestionables) decisiones empresariales para el Café Gijón.