A veces uno ve ese gentío de candidatos en el tarjetón y se pregunta: “¿Será que todos estos señores tienen tantas ganas de servirle al pueblo o es que el servicio es para ellos?”. Y es que, viendo las cifras frías, uno empieza a sospechar que en la política criolla existe un fenómeno muy raro: el negocio a veces no es ser presidente, sino simplemente ser candidato. Saque usted su cuenta, porque la plata sale de su bolsillo y del mío.
Hablemos de la famosa “reposición de votos”. Para 2026, si un candidato a la presidencia no pide plata prestada por adelantado al Estado y se lanza “con las uñas” (o con sus propios medios), cada voto que usted le dé le va a representar $8.613. ¡Hágame el bendito favor! Si ese candidato saca un millón de votos, aunque no gane ni la rifa de un pollo, tiene derecho a reclamar miles de millones de pesos. Así, no perder no suena tan mal, ¿verdad?
La cosa se pone más color de hormiga con las famosas consultas de marzo. ¿Sabían que el valor del voto ahí subió un 224%? Pasamos de pagar unos $2.500 en 2022 a tener que bajarnos de $8.287 por voto en 2026. Es como si la inflación en el mundo de los políticos fuera distinta a la de la leche y los huevos. Con esos precios, llenar plazas y repartir lechona no es generosidad, es una inversión que el Estado (o sea, nosotros) les devuelve con creces.
Ahora, fíjense en los candidatos que “puntean”. En 2022, hubo quienes se llevaron para su campaña más de $30.000 millones de pesos. Dicen que es para pagar las deudas del transporte, la publicidad y los asesores, pero uno se queda pensando: si para ganar un puesto que paga un sueldo de congresista o de presidente hay que gastarse semejante millonada, ¿de dónde sale el resto? ¿O es que el negocio es tan bueno que la reposición es solo la “propina”?
En el Congreso la vuelta es igual. Un senador que mueva 80.000 votos puede reclamar más de $670 millones. Claro, ellos dicen que la campaña les costó tres veces eso. Y aquí es donde usted tiene que prender las alarmas: si la reposición no les alcanza para cubrir lo que gastaron, ¿quién les dio el resto de la plata? ¿A quién le quedaron debiendo el favor? Porque en esta vida nadie regala nada, y menos en política.
Mi invitación hoy no es a que deje de votar, ni mucho menos. Al contrario, es a que abra los ojos. Mire bien a ese candidato que aparece hasta en la sopa, que empapela la ciudad y que sale en televisión cada cinco minutos. Analice si su intención es transformar el país o si simplemente está armando un “emprendimiento” electoral para que el Consejo Nacional Electoral le firme un cheque jugoso apenas se cierren las urnas.
La próxima vez que vea un desfile de 16 candidatos divididos en consultas, así como lo veremos este 8 de marzo, no se coma el cuento de la “democracia vibrante” así de fácil. Reflexione, pregunte y, sobre todo, saque sus propias conclusiones. Porque mientras nosotros nos peleamos en redes sociales por si este o aquel es mejor, ellos están contando votos que se convierten en billetes. ¿Es política o es una caja registradora? Usted tiene la última palabra.
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