En los pueblos antioqueños, septiembre no llega solo con el cambio de clima. Llega con papelitos doblados, dulces, bromas, risas y la expectativa de descubrir quién está detrás del famoso “amigo secreto”.
Celebrar Amor y Amistad en mi pueblo es comenzar la fiesta varias semanas antes. Es sacar un papelito de una bolsa, leer un nombre a escondidas y empezar a imaginar qué detalle puede sorprender a esa persona.
Es esperar los dulces, las bromas y esas pequeñas ocurrencias que hacen que una jornada de trabajo, una clase o una reunión familiar tenga algo diferente.
En la escuela, podía ser el profesor quien sacaba el papelito; en la oficina, el jefe de turno; en la casa, la mamá, el papá o cualquiera de esos seres queridos que hacen parte de nuestra historia. Y mientras pasan los días, crece la curiosidad por descubrir quién nos escogió.
Porque el verdadero encanto estaba precisamente en esperar.
Llegaba el día señalado y aparecía el detalle: unos dulces, una tarjeta, una flor, un pequeño regalo o cualquier cosa comprada con cariño. No importaba tanto el precio. Lo importante era saber que alguien había pensado en uno.
Así se celebraba a lo antioqueño: con sencillez, picardía y afecto.
Con el paso de los años, la celebración también cambió. El amigo secreto de la escuela y del trabajo se convirtió para muchos en una oportunidad para salir en pareja, compartir una cena, viajar, bailar o buscar un espacio de intimidad. Para algunos, incluso, septiembre terminó convertido en un fin de semana de motel.
Pero detrás de todas esas transformaciones permanece algo que no debería perderse: la necesidad humana de sentirse querido, recordado y acompañado.
Amor y Amistad no debería medirse por el tamaño del regalo ni por el lugar donde se celebra. Una llamada inesperada, un abrazo, una conversación pendiente, una visita a los padres o sentarse a compartir un café también pueden convertirse en el mejor detalle.
Son fechas que dejan huella porque nos recuerdan a quienes caminaron a nuestro lado: el amigo de infancia, el compañero de colegio, el vecino, el profesor, el jefe, la madre, el padre, los hermanos y ese amor que alguna vez nos hizo sentir que el mundo era un poco más bonito.
Septiembre también es una oportunidad para reconocer a los verdaderos amigos, esos que aparecen cuando no hay fiesta, cuando llegan las dificultades y cuando más necesitamos una palabra sincera.
Y están los amores infinitos: los que no necesariamente terminan cuando cambia la vida, porque permanecen en la memoria, en una fotografía, en una canción o en un recuerdo que los años no consiguen borrar.
Quizás por eso Amor y Amistad sigue siendo una fecha esperada.
Porque más allá del amigo secreto, de los dulces, de las bromas, de los regalos, de la cena o de ese fin de semana especial, celebrar esta fecha es celebrar la vida, la compañía y esos vínculos que nos hacen sentir que no estamos solos.
Y en los pueblos antioqueños, donde todavía se conserva el valor de saludar al vecino, compartir un tinto y preguntar “¿cómo está?”, septiembre tiene un significado especial.
Porque al final, el mejor regalo no siempre viene envuelto.
A veces tiene nombre y apellido, llega en forma de abrazo y se llama amistad.
Y otras veces simplemente se sienta a nuestro lado y nos recuerda que todavía tenemos razones para celebrar la vida.
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