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Maria y Pepa no tienen quien les hable en la Italia confinada

Maria está jubilada y pasa el confinamiento sola con su perra Pepa en su casa del barrio de Esquilino, en Roma. Su hijo se fue hace años a trabajar a México y ella no tiene más familia en la ciudad. Maria vive justo enfrente de mi piso y hasta ahora yo no sabía de su […]

Publicado por: Minuto30

Maria está jubilada y pasa el confinamiento sola con su perra Pepa en su casa del barrio de Esquilino, en Roma. Su hijo se fue hace años a trabajar a México y ella no tiene más familia en la ciudad. Maria vive justo enfrente de mi piso y hasta ahora yo no sabía de su existencia.

Durante las primeras jornadas de aislamiento, Italia salió todos los días a sus balcones a cantar el himno oficial y otros “himnos” oficiosos, como “Azzurro”, de Adriano Celentano.

Fue ahí cuando muchos vecinos se conocieron, y empezaron a interesarse los unos por los otros. Una de esas vecinas fue Maria, que sacó a Pepa a bailar a su ventana.

Tras ese momento, cada tarde nos asomamos y nos ponemos al día de la situación del coronavirus: ella me cuenta los últimos datos de Italia y yo hago lo propio con los de España. Cuenta, orgullosa, que desde que se compró un ordenador hace poco se entera de todo.

“Yo estoy sola, pero estoy bien, cada día aprovecho para leer y para ver películas. El problema es que hay mucha gente que no sabe estar sola”, explica Maria, en una entrevista que hacemos de una forma poco habitual: a gritos desde una ventana a la otra.

Intentamos imponer la voz sobre el ruido del tráfico, que no desaparece en la caótica Roma a pesar del cierre total del país en el que llevamos inmersos desde hace más de una semana.

La entrevista es en español, idioma que ha aprendido a través de un curso online, y que se suma a la larga lista de lenguas que habla, junto con el italiano, el inglés, el francés o el croata.

Este último es el idioma de su familia materna, originaria de Croacia y que emigró a Italia cuando ella era pequeña. La otra parte de su familia es italiana, así como su exmarido, que justamente vive en su mismo edificio.

“Aunque lo tenga cerca, como comprenderás no me apetece mucho hablar con él”, dice riendo y señalando hacia la ventana contigua. Fue él quien le regaló a Pepa, una perra salchicha de 9 años.

“Es muy viejita, no quiere salir mucho”, explica. Aunque es una de las privilegiadas que tiene la posibilidad de salir a pasear una mascota, Maria saca poco a Pepa y cuando vuelve la mete en la ducha y le desinfecta las patas, por temor a que coja el virus.

Asegura que los primeros días de confinamiento fueron los peores, más que nada por las noticias que iba viendo y que le impedían concentrarse en las actividades que hacía antes, como aprender idiomas por internet. Ahora vive “más o menos normal”.

Antes de jubilarse, Maria, que ahora tiene “muchos, más de 60”, era profesora de filosofía en la Universidad Magna Grecia de Catanzaro, en Calabria. Ahora reparte su tiempo entre Roma y la ciudad costera de Anzio, donde pasa los meses de verano.

“Solo echo de menos una cosa: nadar. El mar”. Cuando todo era “normal”, Maria iba desde junio hasta octubre a Anzio y cada día bajaba a la playa para nadar. En Roma, lo hacía en una piscina, ahora cerrada, como cualquier actividad no indispensable.

Su hijo aprovechaba para venir a verla durante esos meses de verano, algo que parece que tampoco va a poder cumplir. Aún así, hablan todos los días por teléfono, igual que lo hace con las “muchas amigas” que tiene.

Cada día se llaman para preguntarse por su estado de salud y comentar la situación de Italia, donde en los últimos días el crecimiento de contagiados y fallecidos con el coronavirus está tomando un ritmo dramático.

“Aquí veo las imágenes de Bérgamo, donde los muertos no caben en el cementerio, y me da mucho miedo. Espero que en España nunca lleguéis a eso”. Maria me pregunta todos los días si voy a salir a la calle, con algo de preocupación. Solo voy al supermercado, le digo para tranquilizarla.

Después de más de una semana de confinamiento, las conversaciones como esta con Maria se han multiplicado por toda Italia. Los vecinos a los que solo separaba una pared se han conocido por primera vez, y los saludos y cantos de balcón a balcón han pasado a ser el día a día de un país bloqueado, pero que no ha perdido las ganas de compartir.

EFE

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Minuto30 Agencias

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