
Nube de contaminación en Madrid, España.
Las evidencias son claras: la polución lastra el desarrollo cognitivo de niños y niñas. Los científicos piden planes anticontaminación en colegios y parques y, mientras estos llegan, recuerdan lo que dicen sus datos: se inhala menos porquería caminando que en vehículos a motor. Si tiene que llevar a sus niños en coche, intente no crear atasco frente a la escuela. Sus hijos respirarán y pensarán mejor.
Un número creciente de investigaciones demuestran que el aire contaminado es tóxico para el cerebro de los niños y lastra el desarrollo cognitivo. Los expertos reclaman medidas para proteger colegios y zonas infantiles, algo que ciudades como Madrid y Barcelona aún no contemplan pese a haber iniciado ambiciosos planes anticontaminación.
Respirar aire contaminado causa y agrava enfermedades respiratorias y cardiovasculares. La Agencia Europea del Medio Ambiente (EEA) atribuye a la contaminación la muerte prematura de 30.000 personas en España. El efecto sobre el cerebro de fetos y niños aún no se traduce en números en un informe y se conoce desde hace menos tiempo. Pero las evidencias son contundentes.
Como suele ocurrir en los estudios sobre la influencia del ambiente en el organismo –ya sea el nexo entre tabaquismo y cáncer o entre dieta y enfermedad cardiovascular–, es complejo demostrar una relación causa-efecto entre el humo del tráfico y la ralentización del aprendizaje en niños. Pero los estudios observacionales muestran una correlación tan clara y abundante que los expertos no dudan en apelar al principio de precaución.
Durante la primera década del siglo XXI empezaron a acumularse evidencias de lo que dos expertos en salud ambiental, Phillipe Grandjean y Philip Landrigan, describieron en 2014 en The Lancet Neurology como una “pandemia de neurotoxicidad” en niños.
Ambos médicos detectaban un “aumento en la incidencia de autismo, trastorno por déficit de atención e hiperactividad, dislexia y otros problemas cognitivos”, y lo atribuían a un conjunto de conocidos neurotóxicos, como el plomo, el metilmercurio o el tolueno. Pero también advertían de la posible existencia de más compuestos dañinos para el desarrollo del cerebro, aún sin identificar. Varios indicios apuntaban a que al menos parte de ellos podrían proceder del tráfico.
Un trabajo de 2008 hallaba inflamación en el cerebro de niños y perros en Ciudad de México, y culpaba a la alta contaminación. Efectos similares se observaron poco después en ratas expuestas a tubos de escape de motores diésel. Las partículas generadas por los motores, en especial los diésel, son tan pequeñas que podrían pasar de los pulmones a la sangre y llegar al cerebro, generando inflamación.
En 2010, un grupo de investigadores liderados por Jordi Sunyer, del CREAL –hoy ISglobal–, en Barcelona, decidieron buscar un posible vínculo entre contaminación del tráfico y aprendizaje infantil. Su proyecto BREATHE fue financiado con casi 2,5 millones de euros del Consejo Europeo de Investigación (ERC). “Postulamos que la contaminación del tráfico, en particular las partículas ultrafinas (…), obstaculiza el desarrollo cerebral”, explicaron los investigadores.
Pronto esa hipótesis de partida se vio respaldada. Un trabajo publicado en 2015 en PLOS Medicine mostraba que el desarrollo cognitivo de los niños que van al colegio en zonas de alta contaminación es más lento. En un año los escolares expuestos a poca polución mejoraron un 11,5% su memoria de trabajo, mientras que en los colegios con aire de peor calidad la mejora fue de solo un 7,4%.
El estudio consistió en medir durante un año habilidades cognitivas de 2.715 niños de 7 a 10 años de 39 colegios de Barcelona, descartando en lo posible el efecto de factores que se sabe que influyen en el desarrollo, como la clase social. “El deterioro de las funciones cognitivas tiene consecuencias para el rendimiento escolar”, dijo Sunyer en 2015. “Los niños de las zonas con mayor contaminación podrían estar en una situación de desventaja”.
Otros resultados de BREATHE han ido en la misma línea. Los investigadores estudiaron también, a lo largo de un año, la relación entre niveles de contaminación dentro y fuera de las aulas y la capacidad de atención de los niños y niñas. “Los incrementos en los niveles ambientales procedentes del tráfico se asociaron a una disminución en todos los procesos de atención en las aulas”, explicaron los autores en 2017 en la revista Epidemiology.
Los días de más polución los niños mostraron “un retraso equivalente a más de un mes en la mejora natural de la velocidad de respuesta” esperable por la edad. “Es una evidencia más de la necesidad de evitar la contaminación atmosférica en el entorno de los centros escolares, y especialmente la de los vehículos diésel”, declaró Sunyer.
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